La ovación al dúo británico en el Festival de Viña del Mar no fue solo un triunfo musical. Fue también un espejo incómodo sobre la desconexión entre consumo cultural, discurso político y performatividad en redes sociales en el Chile que se encamina hacia un nuevo ciclo de poder.
La presentación de Pet Shop Boys en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar superó lo estrictamente artístico. Más allá de la calidad técnica, la puesta en escena o la nostalgia generacional que inevitablemente acompaña a una banda con más de cuatro décadas de trayectoria, el evento dejó una pregunta cultural abierta: ¿qué ocurre cuando un símbolo pop asociado históricamente a la defensa de los derechos LGBTQ+, al cosmopolitismo europeo y a posturas críticas frente al nacionalismo excluyente es celebrado —al menos digitalmente— por sectores que sostienen discursos contrarios a esos valores?
La interrogante no apunta a descalificar públicos ni a convertir un concierto en trinchera ideológica. El punto es otro. Lo interesante es observar la paradoja: perfiles y espacios digitales que en otros contextos amplifican mensajes de corte xenófobo, homofóbico o ultranacionalista celebraron, compartieron y comentaron con entusiasmo un espectáculo cuya identidad pública contradice buena parte de ese discurso.
No se trata de la vida privada de Neil Tennant o Chris Lowe. Se trata de la identidad pública de la banda. Desde los años ochenta, Pet Shop Boys ha construido un imaginario artístico atravesado por referencias a la diversidad sexual, por críticas a la cultura del conservadurismo moral británico y, en tiempos más recientes, por posicionamientos claros frente a conflictos internacionales. Han sido explícitos en su condena a la invasión rusa de Ucrania y han manifestado distancia respecto de gobiernos que consideran autoritarios, incluyendo el de Vladimir Putin. Su archivo público es coherente en ese sentido.
Entonces, ¿qué explica la aparente naturalidad con la que sectores conservadores radicalizados y fanáticos pueden celebrar su espectáculo?
La respuesta no es simple y, precisamente por eso, merece análisis y no caricatura.
Cultura como consumo desideologizado
Una primera hipótesis es que asistimos a una separación cada vez más marcada entre consumo cultural e identidad política. En décadas anteriores, determinadas expresiones artísticas eran asumidas como banderas. El punk, el folk contestatario, el hip hop político o incluso el synthpop con estética queer podían interpretarse como gestos identitarios.
Hoy, en cambio, la cultura pop parece operar bajo otra lógica: se consume como producto emocional, no como manifiesto.
El público puede cantar “It’s a Sin” sin necesariamente interrogar el contexto religioso y social que dio origen a esa canción. Puede emocionarse con la estética sin integrar la dimensión política que la atraviesa. En esa desconexión, la contradicción deja de ser conflicto y se transforma en anécdota.
Pero esa explicación no agota el fenómeno.
La amplificación digital y la performatividad
El segundo elemento clave es el ecosistema digital. Las redes sociales ya no son simples espacios de expresión espontánea. Funcionan como amplificadores, a veces orgánicos y a veces coordinados, de narrativas políticas.
En Chile, como en muchas democracias contemporáneas, existen comunidades digitales altamente ideologizadas que operan bajo lógicas de confrontación constante. La deslegitimación del adversario, la exageración de conflictos culturales y la construcción de enemigos simbólicos forman parte del repertorio habitual.
En ese contexto, la celebración de un evento masivo como el Festival de Viña puede transformarse en un acto performativo: demostrar presencia, demostrar mayoría, demostrar normalidad. No importa tanto la coherencia ideológica como la ocupación del espacio simbólico.
Es ahí donde la paradoja se vuelve más reveladora que escandalosa. No es que necesariamente exista convicción profunda detrás de cada comentario elogioso. Puede tratarse, simplemente, de una estrategia de visibilidad.
Hablar de “granjas de troles” exige prudencia si no se cuenta con evidencia directa. Pero sí es legítimo señalar que la política digital contemporánea ha normalizado la coordinación masiva de mensajes, la repetición sistemática de consignas y la creación de climas artificiales de opinión.
En ese escenario, incluso la cultura pop puede convertirse en territorio de disputa simbólica.
El nuevo ciclo político y el termómetro cultural
El análisis adquiere otra dimensión si se considera el contexto del ascenso de José Antonio Kast y el inicio de un nuevo ciclo político. Sin necesidad de anticipar decisiones de gobierno, es evidente que su figura representa una sensibilidad conservadora fuerte dentro del electorado chileno.
La pregunta no es si el presidente electo debería o no declarar admiración por Pet Shop Boys. Esa expectativa sería más performativa que sustantiva. La cuestión es más profunda: ¿qué dice esta convivencia entre un discurso político conservador robusto y una celebración masiva de un ícono pop asociado a valores progresistas?
Si la cultura deja de interpelar, la política se vuelve más agresiva y la sociedad más indiferente
Podría interpretarse como señal de pluralismo cultural. Chile seguiría siendo un país donde las preferencias artísticas no están subordinadas a la ortodoxia política.
Pero también podría leerse como síntoma de superficialidad ideológica. Una sociedad donde el espectáculo neutraliza la carga política del arte hasta volverlo inofensivo.
Ambas interpretaciones conviven.
¿La cultura ya no incomoda?
Históricamente, determinados artistas generaban tensión en contextos conservadores. La provocación estética era parte del impacto cultural. Hoy, en cambio, la cultura mainstream parece haber perdido capacidad de incomodar estructuralmente.
El capitalismo cultural absorbe la disidencia y la convierte en mercancía. Lo queer deja de ser amenaza y se convierte en marca. Lo contestatario se vuelve playlist.
En ese proceso, la contradicción se diluye. Se puede sostener un discurso duro contra la inmigración y, al mismo tiempo, disfrutar de una banda que celebra el cosmopolitismo. Se puede cuestionar derechos de minorías y corear himnos que surgieron precisamente para visibilizarlas, y más en las galerías del “monstruo” que habita en ese festival plástico y delirante de falsedad.
La tensión desaparece porque la política se vive en el plano declarativo y la cultura en el plano emocional.
Chile como caso de estudio
La presentación de Pet Shop Boys en Viña no prueba nada por sí sola. No define el carácter del próximo gobierno ni anticipa políticas públicas. Pero sí ofrece una escena útil para observar el estado actual del debate público chileno.
Un país puede votar por un proyecto conservador y, al mismo tiempo, llenar un festival con una banda identificada con valores liberales en materia de diversidad. Eso no es necesariamente incoherencia. Puede ser complejidad social o el alto nivel de ignorancia de la extrema derecha, reconocidos como antivacunas y fanáticos de conspiraciones.
Lo inquietante no es la coexistencia de sensibilidades distintas. Lo inquietante sería la banalización total del significado cultural, la conversión de todo en espectáculo intercambiable.
Si la cultura deja de interpelar, la política se vuelve más agresiva y la sociedad más indiferente.
Más que un concierto
En definitiva, la noche de Pet Shop Boys en Viña fue una celebración musical exitosa. Pero también funcionó como espejo. Reflejó una sociedad donde las identidades políticas se gritan en redes sociales, mientras las identidades culturales se consumen sin conflicto.
Tal vez el verdadero termómetro no esté en el escenario ni en La Moneda, sino en la pantalla del teléfono: en esa simultaneidad de entusiasmo estético y radicalización discursiva.
Chile inicia un nuevo ciclo político con un régimen de la extrema derecha. La cultura pop seguirá sonando. La pregunta es si seguirá significando algo más que entretenimiento.
Porque cuando el arte ya no incomoda, no necesariamente hemos avanzado. Puede que simplemente hayamos aprendido a ignorar lo que no queremos integrar.
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