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Déficit Fiscal Estructural de 3,55%

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Cada cierto tiempo, el déficit fiscal vuelve al centro del debate público como si se tratara de una anomalía que exige corrección inmediata. Hoy, con un déficit estructural estimado en torno al 3,55 % del presupuesto nacional, la discusión reaparece bajo una pregunta recurrente: si el problema está en el gasto o en los ingresos. Sin embargo, esta formulación, aun siendo legítima, resulta insuficiente para comprender lo que realmente está ocurriendo en la economía. El déficit fiscal no es solo una cifra en las cuentas públicas. Es, en muchos sentidos, el reflejo de un desempeño económico más amplio. Para entenderlo mejor, resulta útil observarlo desde la demanda agregada, entendida como la suma del consumo de los hogares, la inversión privada, el gasto público y el saldo externo. Más que una fórmula, la demanda agregada permite ordenar la conversación y observar cómo interactúan las principales fuerzas que determinan el nivel de actividad y, con ello, la capacidad de generación de ingresos fiscales.

Desde esta perspectiva, el gasto público proyectado para 2026, cercano a los 94 mil millones de dólares en una economía con un producto interno bruto aproximado de 320 mil millones de dólares, no aparece desalineado con el tamaño de la economía. Más aún, en un contexto de inflación contenida en torno al 2,8 % y una tasa de política monetaria aún restrictiva, cercana al 4,5 %, no existen señales claras de sobrecalentamiento que permitan atribuir el déficit a un exceso de impulso fiscal. Las tensiones emergen al observar el comportamiento del resto de los componentes de la demanda agregada. El consumo privado continúa condicionado por un mercado laboral que mantiene un desempleo promedio cercano al 8 %, reduciendo la masa salarial y limitando la capacidad de gasto de los hogares. La inversión, por su parte, enfrenta un escenario complejo, marcado por mayores niveles de endeudamiento empresarial, caída de ventas y procesos de ajuste que han incluido quiebras y despidos. En este contexto, la inversión privada pierde dinamismo y deja de cumplir su rol como motor del crecimiento.

Cuando la demanda privada se debilita, el gasto público asume un rol compensador casi inevitable. No como una opción ideológica, sino como una respuesta funcional para evitar una desaceleración más profunda. El resultado es un déficit fiscal que, si bien es manejable desde una perspectiva macroeconómica, resulta revelador a nivel microeconómico, al exponer las dificultades de la economía para generar ingresos de manera sostenida. Desde esta mirada, la discusión sobre los ingresos fiscales es relevante y debe abordarse, pero difícilmente puede constituir el eje exclusivo del debate. Sin una recuperación consistente del empleo, del consumo y, especialmente, de la inversión, cualquier esfuerzo por fortalecer la recaudación será necesariamente limitado y frágil en el tiempo.

El déficit fiscal no es solo una cifra en las cuentas públicas. Es, en muchos sentidos, el reflejo de un desempeño económico más amplio

El déficit fiscal, entonces, no debiera entenderse únicamente como un desajuste a corregir, sino como una señal que obliga a una reflexión más amplia. Una reflexión que combine responsabilidad fiscal con políticas orientadas a fortalecer la demanda agregada, mejorar las condiciones para la inversión y recuperar el dinamismo del mercado laboral. Solo en ese escenario, acercar el déficit estructural a cero dejará de ser un objetivo contable y pasará a ser la consecuencia natural de una economía que vuelve a crecer con mayor solidez.

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