A modo de reflexión:
La violencia en la escuela y liceos no siempre aparece como golpes visibles o noticias rimbombantes. A veces se cuela en el pasillo con murmullos, miradas que se evitan, burlas que dejan cicatrices y un silencio que pesa más que una amenaza. Gritos de ayuda que llegan disfrazados de ruidos de fondo: la queja constante, la apatía, el cansancio de niños y jóvenes que cargan más de lo que deberían. Muchos de ellos requieren urgentemente acompañamiento, escucha y respuestas que no llegan solo desde el discurso escolar, sino desde la humanización de cada día dentro de las paredes del aula.
Hablemos claro: el problema no es única y exclusivamente de “los jóvenes” o de “los padres”. Es una problemática estructural. La jornada escolar completa, tal como se ha concebido en muchos contextos, puede transformarse en una maquinaria que exige rendimiento, cumplimiento y obediencia, y termina por atrapar a quien necesita espacio para respirar, dudas para expresar y apoyo para sanar. Se convierte, a veces, en una especie de cárcel suave: no ruge una reja, pero sí el peso de reglas, horarios y expectativas que quieren encajar a todos en un molde. Como advierte Claudio Naranjo, “la educación actual está más orientada a la obediencia que a la autorrealización”, y esa tensión nos obliga a repensar la estructura desde la empatía y la presencia.
Para entender mejor lo que ocurre, toma interés la imagen del mito de la caverna: lo que vemos en la escuela a veces son sombras de lo que podría ser una educación verdaderamente liberadora. Las respuestas repetidas, las sanciones, las calificaciones, la presión por resultados pueden convertir el aprendizaje en una representación distorsionada de la realidad. Si la verdadera educación promete liberar, debemos recordar con Paulo Freire que “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”. Una cultura que se aferra demasiado al control puede terminar reduciendo a cada estudiante a una sombra de su potencial: quien pregunta, quien se aparta, quien se queja, quien se desanima ante el peso de la repetición sin sentido.
Desde posiciones críticas en educación, se ha cuestionado fuertemente la insistencia en modelos basados en disciplina, miedo y castigo. Recordemos también a Freire: “enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando”. No se trata de abandonar la estructura, sino de repensarla para que educar signifique acompañar, despertar y sostener la vulnerabilidad como espacio de crecimiento, no de culpa. Una educación que escuche, que dialogue, que reconozca las emociones y que incorpore herramientas para la inteligencia emocional y el manejo de conflictos puede convertir el aula en un lugar de encuentro, no de exclusión.
Hoy hago un llamado a detenernos y mirarnos como espacio de encuentro. A docentes, familias, responsables y personas jóvenes: ¿qué pasaría si cada día empezáramos por escuchar lo que hay debajo de la queja, la rabia o el silencio? ¿Qué pasaría si la convivencia se basara en derechos, escucha y mediación, y no en la vigilancia punitiva? No se trata de negar el orden, sino de situarlo en un marco humano: condiciones de seguridad que protejan, apoyos psicoeducativos que acompañen, y una cultura de aprendizaje que valore la dignidad de cada persona.
Una parte de la conversación también debe abordar las medidas que se proponen para disciplinar y reglamentar los espacios educativos. Propuestas basadas en castigo y mano dura tienden a criminalizar la experiencia educativa, a expulsar o a estigmatizar a estudiantes que ya traen sobre sus espaldas cargas difíciles. Eso no resuelve el conflicto; lo agrava y perpetúa el daño. En vez de endurecer la ley para “garantizar disciplina”, apostemos por marcos de derechos, mediación, apoyo emocional y redes de convivencia que trabajen con la comunidad educativa en su conjunto. La idea es transformar las aulas en lugares donde aprender y sanar sean posibles a la vez.
Los gritos ya existen, lo que necesitamos es la valentía para convertirlos en llamados que nos guíen hacia una educación más humana
Si la escuela fuese, de verdad, un espacio de encuentro, los gritos de ayuda podrían convertirse en voces que piden cuidado, en preguntas que empujan a mejorar, en proyectos que sanen las heridas y permitan que cada joven descubra su potencial sin miedo. El cambio empieza por nosotros: docentes que se detienen a escuchar, familias que acompañan con paciencia, instituciones que invierten en recursos humanos y psicoeducativos, y políticas que priorizan la dignidad y el aprendizaje con cuidado.
Concluyo invitando a la acción concreta: ¿qué harás esta semana para convertir tu aula, tu tutoría, tu pasillo o tu casa en un espacio de escucha y apoyo? ¿Qué pequeña decisión, conversación o práctica puedes implementar para que el diálogo, la presencia y la empatía estén al centro de la educación?
Los gritos ya existen, lo que necesitamos es la valentía para convertirlos en llamados que nos guíen hacia una educación más humana.
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Referencias
– Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
– Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.
– Naranjo, C. (2010). Cambiar la educación para cambiar el mundo. La Llave.
– Naranjo, C. (2004). La revolución que esperábamos. La Llave.
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