Marco Rubio, uno de los principales soportes políticos de Trump, pronunció hace unos días un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC), el foro anual de líderes y expertos en seguridad, celebrada ante una sala con jefes de gobierno y cancilleres europeos, además de líderes invitados y otras figuras institucionales, junto a delegaciones de la OTAN, diplomáticos y prensa internacional. Más que un discurso diplomático, fue una verdadera lección de occidentalismo desde su propio prisma, más elaborado que la tosquedad de Donald Trump. El discurso fue recibido con tibieza por la mayor parte de los líderes europeos, si bien Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión de la Unión Europea, dijese que la intervención “fue muy tranquilizadora” respecto a los mazazos que el año pasado asestó a los europeos el vicepresidente J.D. Vance; sin duda una reacción diplomática, que de ingenua ella no tiene nada.
¿Qué fue lo medular del discurso? Diría que el reemplazo del concepto EE.UU. por el de Occidente, que estaría igualmente acosado por enemigos de su grandeza. En buenas cuentas, en lugar de MAGA, esta vez la consigna podría ser la de MWGA: Make West Great Again. Aquí asoma la vieja tesis del declive occidental, enarbolado después de la I Guerra Mundial (Oswald Spengler, La decadencia de Occidente), por adversarios y críticos de todos los colores y, coincidentemente con Rubio, idea coincidente con la retórica antioccidental de Putin, Xi y Kim Jong-un: el primero la usa para presentar a Occidente como un poder agotado que aún quiere mandar; el segundo, para anunciar el relevo de la hegemonía; y el tercero, para convertirla en amenaza permanente a la supervivencia; y sin olvidarnos del integrismo musulmán cuya principal bandera es la ira antioccidental. Esa idea Rubio la plantó sin tapujos: “Nosotros, en América, no tenemos ningún interés en ser los administradores corteses y ordenados del declive organizado de Occidente”. Con lo de “corteses y ordenados” indicó lo que expresó abiertamente: EE.UU. es la versión del puño militar en lugar de la suave y frágil diplomacia, léase Irán, Venezuela, Nigeria, Siria y ahora Cuba.
Ahora vamos a la idea de Occidente de Trump que Rubio ordenó y expuso con notable énfasis y claridad.
Rubio arma un Occidente en modo víctima, asediado por potencias rivales pero también por el Tercer Mundo entrando por la puerta principal, encarnado en el inmigrante demonizado. No lo disfraza, habla de una “ola sin precedentes de migración masiva” que “amenaza la cohesión” de las sociedades occidentales. De ahí pasa al libreto del choque de civilizaciones (S. Huntington, 1996) versión 2026; no tanto un paper, más bien una alarma calculadamente razonada. El integrismo islámico funciona como combustible narrativo, pero la tesis es más amplia: Occidente estaría siendo borrado por fuerzas externas e internas, una especie de “borradura civilizatoria”, teoría que en Europa no ha sido plenamente acogida; de hecho, la encargada de RR.EE. de la comunidad europea Kaja Kallas rechazó explícitamente dicha teoría. ¿Es tan catastrófico el cuadro pintado en Múnich? Hay amenazas reales, obvio, pero convertirlas en destino único es otra cosa. Cuando todo es choque, se vuelve imposible ver el resto del mapa (interdependencia, mezcla, pragmatismo, convivencia). A partir de ese punto la profecía se empieza a fabricar sola.
La reivindicación cultural que propone es bien precisa y excluyente: un Occidente blanco, europeo y norteamericano, armado desde un canon de “grandes nombres” (Dante, Shakespeare, Beethoven, los Beatles, etc.). El dato irrita un poco: ese Occidente casi no conversa con el mundo hispánico del que el propio Rubio desciende, ni con la cultura negra ni con lo indígena que también hoy forman parte del ADN de EE.UU. en parte exportado a Europa. En vez de un Occidente mestizo y democrático, aparece uno enmarcado y escogido con pinzas, en línea con el supremacismo blanco.
Menciona la democracia liberal, pero tan de pasada que confirma una vez más que los valores democráticos y los derechos humanos, para su administración, ocupan el último lugar de su agenda; el primero son los negocios entre países afines o, como en el sueño trumpista, con naciones subordinadas.
La ausencia de regulación legal para la educación superior no equivale a una neutralidad institucional, más bien, la falta de una política explícita constituye, en sí misma, una decisión implícita
Un punto difícil y al debe para la izquierda democrática (también la chilena) ha sido la renuncia a hablar de Occidente por timidez política o por sentido de culpa, asumido por sus pasados transcursos colonialistas y por su preeminencia económica mundial (por otro lado seriamente disputada por China), abandonando su reivindicación en manos de derechas cada vez más retrógradas, que la usan como identidad cerrada y garrote político/militar. Después no sorprende que Occidente termine significando “ellos” y no “nosotros”.
El multilateralismo y el estado de derecho internacional, que debiera ser parte del discurso civilizatorio defendible, queda rezagado como si fuese utopía. Rubio golpea ahí también, diciendo que la ONU “en los asuntos más urgentes (…) no tiene respuestas” y “casi no ha jugado ningún papel”. Si esa crítica prende, no se responde con pura compostura: se responde fundamentando sólidamente el multilateralismo y defendiendo sus principios con el mismo empuje con que hoy lo acorralan. A este propósito me viene a la mente el discurso del Primer Ministro canadiense Mark Carney en Davos 2026, que tanto contrarió a Trump y que lo llevó a duras medidas económicas contra Canadá.
En fin, histórica y geográficamente somos parte del Occidente, pero de una realidad étnica y culturalmente pluralista. Debemos conversar acerca de nuestra idea de Occidente, de sus mejores y mayores valores, para revalorarlo sin convertirlo en trinchera identitaria ni en excusa para atacar arbitrariamente a otros pueblos con la economía como arma o derechamente con intervenciones militares. Porque si Occidente vale algo, no es solo por su lista de genios e invenciones, sino también por haber ido aprendiendo, aun con tropiezos y errores, que la diversidad y la tolerancia no son adornos, son la condición para discutirlo todo sin terminar como enemigos irreconciliables.
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