Estados Unidos e Israel (o Donald Trump y Benjamín Netanyahu, si usted prefiere) han creado e iniciado una guerra en contra de Irán. Se supone que cuando Estados Unidos bombardeó a Irán en junio de 2025, “destruyó toda la capacidad iraní para tener armas nucleares”, o al menos eso dijo Trump en su momento. Al parecer, esas declaraciones fueron una más de las mentiras a las que Trump nos tiene acostumbrados, ya que el eventual poderío nuclear de Irán se ha esgrimido ahora para justificar el inicio de esta guerra, junto con el cambio de régimen.
Con la presente reflexión no tengo la menor intención de apoyar al, para mí, detestable régimen iraní, a propósito del peligroso —para todo el planeta— conflicto bélico que sacude por estos días a Oriente Medio. Como usted sabe, Irán es una teocracia, donde el Ayatolá es un clérigo que hace de líder supremo de la nación, todo ligado a la religión islámica. Es un régimen que ha sido profundamente nocivo para su propio pueblo, recurriendo incluso al asesinato de numerosos civiles en las protestas callejeras contra el sistema, demostrando un desprecio absoluto por la libertad y la vida de sus ciudadanos.
Ahora, si bien es cierto Estados Unidos e Israel se definen a sí mismos como “democracias”, (a diferencia del régimen iraní que, como dijimos, es una “teocracia”), hay momentos en los que uno se pregunta: “¿quiénes son los teocráticos?”.
En febrero de este año, el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee (el de la foto), concedió una entrevista al comentarista de política Tucker Carlson. En dicha entrevista, Carlson le preguntó al embajador respecto al pasaje bíblico de Génesis 15, donde Dios le habla a Abraham describiendo la famosa “tierra prometida”. Tomé la Biblia que tengo en mi biblioteca personal, y el texto aludido dice: “A tu descendencia daré esta tierra, desde el torrente de Egipto (el río Nilo) hasta el gran río Éufrates”. En la actualidad, ese territorio es prácticamente todo Oriente Medio, e incluye partes de Jordania, Siria, Líbano, Irak y Arabia Saudita.
El entrevistador le preguntó al embajador si aquel relato bíblico que aludía a la “tierra prometida” constituía, acaso, un “título de propiedad” y si Israel tenía derecho sobre todo ese territorio. La respuesta de Mike Huckabee, el representante de la Casa Blanca en Israel, fue: “Estaría bien si se lo quedaran todo” (“It would be fine if they took it all”, dijo textual).
¿Cómo es posible que un funcionario de una democracia moderna, en pleno siglo XXI, se exprese de esta forma, respaldando el expansionismo territorial de Israel, y basándose para ello en una cita bíblica?
Demás está decir que los fundamentalistas religiosos de Israel (que están en la población y también en el gobierno) celebraron estas declaraciones. Que el embajador de la mayor potencia del mundo (y su aliado) haga afirmaciones como estas es un total espaldarazo a su fanatismo religioso, para el cual no hay tratado de la ONU ni frontera internacional que tenga validez, sino que la Biblia es un documento geopolítico vinculante. Las “sagradas escrituras”, para ellos, están por sobre las leyes humanas.
Al final, cuando las bombas caen sobre civiles y las ciudades arden bajo la justificación de un mandato divino, la distinción entre democracia y teocracia se vuelve dolorosamente irrelevante
Solo días después de estas desafortunadas declaraciones, comenzó la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Esta convergencia entre la política exterior de la mayor potencia nuclear del mundo y el misticismo territorial de los sectores más radicales de Israel marca un precedente muy preocupante. Al validar el Génesis como un título de propiedad sobre naciones soberanas, la diplomacia estadounidense no solo traiciona sus propios principios de secularismo, sino que dinamita el sistema de derecho internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Si la Biblia es el nuevo “atlas” de las fronteras, entonces ya no hay espacio para el diálogo, sino solo para la conquista y el uso de la fuerza.
Esta degradación moral no es nueva; es la continuación de una conducta que ya ha horrorizado a la humanidad. El hecho de que Israel acabe de cometer un genocidio en Gaza, a vista y paciencia de todo el mundo, no solo constituye un crimen de dimensiones históricas, sino que aleja definitivamente a Israel de ese mundo civilizado que buscamos construir.
El resultado es una paradoja trágica: en el intento de derrotar a una teocracia como la iraní, Estados Unidos e Israel parecen haber adoptado su misma esencia. Estamos ante un choque de fundamentalismos donde la racionalidad política ha sido desplazada por el fervor religioso. La actual guerra está matando por miles a la población civil iraní, es decir, a las mismas personas que, supuestamente, quieren liberar del régimen teocrático.
Al final, cuando las bombas caen sobre civiles y las ciudades arden bajo la justificación de un mandato divino, la distinción entre democracia y teocracia se vuelve dolorosamente irrelevante. En este siglo XXI que imaginamos de ciencia y progreso, pareciera que las fronteras se están volviendo a trazar con la tinta de profecías bíblicas milenarias y la sangre de quienes hoy habitan la “tierra prometida” de otros.
Es la victoria del fanatismo religioso por sobre la civilización.
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