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Bienvenido, presidente José Antonio Kast

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El triunfo de José Antonio Kast no es solo el resultado de una elección: es también el reflejo de las grietas de la democracia chilena, del desgaste político acumulado y de una narrativa construida durante años a partir del miedo.| 

Después de escuchar a José Antonio Kast afirmar que en Chile existen un millón doscientas mil personas que mueren asesinadas, queda claro que este señor posee una habilidad inquietante: la capacidad de mentir sin pudor y sin el menor compromiso con la ética pública. Durante décadas, Kast ha construido su carrera política sobre una narrativa permanente de catástrofe. Ha retratado a Chile como un país sumido en el caos, como una nación al borde del colapso social, como un territorio dominado por el crimen. Esa imagen, repetida incansablemente, ha sido su principal herramienta política.

No es una estrategia nueva. El miedo es uno de los instrumentos más eficaces del populismo contemporáneo. Cuando la realidad no basta, se exagera. Cuando los datos no acompañan, se dramatiza. Cuando la sociedad no está realmente al borde del abismo, se construye la sensación de que lo está.

Y así, tras años vendiendo la idea de un Chile al borde del desastre, Kast ofrece ahora lo que siempre ofrecen quienes construyen su capital político sobre el miedo: soluciones fáciles, respuestas simplistas, promesas de orden inmediato. Pero las sociedades complejas no se arreglan con eslóganes.

El proyecto político de Kast, además, no se entiende sin observar sus referentes internacionales. Entre ellos destaca el presidente argentino Javier Milei, una figura que ha hecho de la agresión verbal un estilo político permanente. Milei ha construido su notoriedad pública a través del insulto, el enfrentamiento y un discurso que convierte la política en un campo de batalla emocional.

Ese tipo de liderazgo no busca acuerdos ni soluciones de largo plazo. Busca enemigos.

Y en ese ecosistema ideológico se mueve Kast. No es casualidad que sus aliados naturales sean figuras políticas que privilegian el conflicto permanente sobre la construcción institucional. Tampoco es casualidad su cercanía con movimientos como Vox de España, que en Europa han impulsado una agenda marcada por el ultranacionalismo, el rechazo al inmigrante y la confrontación cultural.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué puede esperar la clase media chilena o los sectores populares de un dirigente cuya trayectoria pública nunca ha estado ligada al trabajo social, a la organización comunitaria o a la experiencia cotidiana de quienes viven con salarios mínimos o pensiones precarias?

Kast pertenece a un mundo social muy distinto. Su biografía política no está marcada por la experiencia de quienes deben levantarse cada día para sostener a sus familias con ingresos limitados. No sabe lo que significa vivir con pensiones que apenas alcanzan para sobrevivir, ni lo que implica elegir entre pagar una cuenta o comprar alimentos.

Esto no pretende, por cierto, convertir al gobierno de Gabriel Boric en un modelo intachable. Boric puede ser criticado en muchos aspectos de su gestión. La política democrática siempre exige crítica. Pero hay una diferencia fundamental entre cuestionar a un gobierno y construir deliberadamente una narrativa ficticia sobre el país.

Chile no es una dictadura. Nunca lo ha sido bajo el mandato de Boric. Y sin embargo, Kast habló durante la pandemia de una “dictadura sanitaria”, una expresión que trivializa lo que realmente significa vivir bajo un régimen autoritario.

Las palabras importan. Y cuando se utilizan de forma irresponsable, erosionan la propia democracia que dicen defender.

Otro de los pilares discursivos de Kast ha sido la xenofobia. Su retórica contra los inmigrantes ha sido una constante. Resulta, cuanto menos, irónico que quien promueve esa visión sea hijo de un inmigrante alemán. La historia de Chile, como la de la mayoría de las naciones modernas, está profundamente ligada a la migración.

Eso no significa negar que existan problemas asociados a flujos migratorios desordenados. Toda sociedad tiene derecho a regular sus fronteras y a enfrentar la delincuencia, venga de donde venga. Pero convertir al extranjero en chivo expiatorio permanente es una simplificación peligrosa.

El mismo mecanismo ha operado en el ecosistema digital que rodea a Kast. Durante años han circulado en redes sociales historias grotescas y deshumanizantes sobre inmigrantes, particularmente haitianos. Una de las más difundidas afirmaba que comían perros y gatos. Jamás se presentó una prueba seria que respaldara esa acusación. Sin embargo, la mentira ya había cumplido su objetivo: sembrar miedo, generar rechazo, deshumanizar al otro.

La política del siglo XXI ya no se libra únicamente en los parlamentos o en las calles. También se libra en internet, en ejércitos de cuentas falsas, en redes coordinadas de propaganda. Y en ese terreno el kastismo ha demostrado una enorme capacidad para movilizar narrativas emocionales que poco tienen que ver con los hechos.

En su entorno político aparecen también figuras como Johannes Kaiser, conocido por sus posiciones antivacunas y por declaraciones que han provocado múltiples controversias. La política chilena siempre ha tenido personajes polémicos, pero el problema surge cuando esas voces se convierten en referentes ideológicos dentro de un proyecto de poder.

A eso se suma la influencia intelectual de su hermano, Axel Kaiser, uno de los promotores del libertarismo radical en Chile. Axel Kaiser ha defendido públicamente las criptomonedas como Bitcoin, presentándolas como herramientas de libertad económica frente al control estatal.

Es importante ser precisos aquí: Bitcoin no es ilegal ni necesariamente un mecanismo para evadir impuestos. Se trata de una criptomoneda descentralizada que permite realizar transacciones sin intermediarios bancarios. Sin embargo, precisamente por esa falta de intermediación, algunos de sus defensores la ven como una forma de reducir la supervisión fiscal y regulatoria de los Estados.

El punto, sin embargo, no es técnico. El punto es político: ¿qué tipo de modelo económico se propone para un país con profundas desigualdades sociales?

Porque el problema fundamental del discurso de Kast es que habla constantemente de orden, pero muy poco de justicia social.

No habla de pensiones dignas.
No habla de salarios.
No habla del costo de la vida.

Habla de delincuencia, de enemigos internos, de crisis permanente.

La paradoja es que Chile, con todos sus problemas, no es un país en ruinas. No es una nación al borde del colapso institucional. La delincuencia existe —como ha existido durante décadas—, pero no define la totalidad de la vida social chilena.

Muchos chilenos siguen caminando por sus barrios, trabajando, estudiando, intentando construir una vida mejor para sus familias. Esa realidad cotidiana rara vez aparece en el discurso catastrofista que domina la retórica de Kast.

Por eso su eventual llegada al poder no puede entenderse únicamente como el triunfo de un candidato. Es también el síntoma de una democracia cansada, de un sistema político que durante años no logró responder a las frustraciones sociales acumuladas.

Kast no es la causa principal de esa crisis. Es su consecuencia

Kast no es la causa principal de esa crisis. Es su consecuencia.

Su ascenso se explica, en parte, por un electorado que decidió probar algo distinto después de años de desencanto. Pero también por un sistema electoral que, con sus mecanismos de segunda vuelta, permite que candidatos con apoyos relativamente limitados alcancen la presidencia.

Por eso Kast debería recordar algo fundamental: si llega al poder, lo hace gracias a la democracia. Gracias a las reglas que permiten la alternancia política. Gracias a un sistema que él mismo y muchos de sus aliados han cuestionado reiteradamente.

Quizás por eso su primer gesto simbólico ha sido mirar hacia afuera. Buscar legitimidad en líderes extranjeros, acercarse al universo político de Donald Trump, de Milei o de la derecha radical europea.

UNA VISIÓN ANTIDEMOCRÁTICA

Hay también un detalle personal que revela bastante sobre la relación de José Antonio Kast con la crítica democrática. Quien escribe estas líneas fue bloqueado por el propio Kast en sus redes sociales. No es un caso aislado: miles de chilenos han sido bloqueados por él o por su equipo tanto en Facebook como en X.

Ese gesto, aparentemente menor, es profundamente revelador. Porque un político que aspira a gobernar un país debería ser capaz de tolerar la crítica pública, especialmente cuando proviene de ciudadanos o de periodistas que ejercen su derecho democrático a cuestionar al poder.

En una democracia madura, la crítica no es un ataque: es parte del funcionamiento normal del sistema. Los periodistas tienen derecho a preguntar, a seguir a los líderes políticos, a contrastar sus afirmaciones y a interpelarlos públicamente.

Sin embargo, para Kast la libertad de expresión parece tener una condición implícita: existe mientras no se utilice para cuestionarlo. Cuando eso ocurre, la respuesta no es el debate ni la argumentación, sino el bloqueo.

Ese comportamiento tiene un referente político evidente en figuras como Donald Trump, quien convirtió el ataque sistemático a la prensa en un método político. Cada vez que un periodista cuestionaba sus afirmaciones, la respuesta era acusarlo de “fake news”, desacreditar al medio o directamente negarse a responder.

Por eso resulta legítimo preguntarse cuál es, exactamente, la trayectoria intelectual o social de Kast en beneficio de Chile. Más allá de décadas de discurso político centrado en el miedo, en la inmigración y en la confrontación cultural, resulta difícil encontrar iniciativas concretas que hayan buscado mejorar la vida cotidiana de las mayorías sociales.

Chile es, históricamente, un país de inmigrantes, en su mayoría europeos, que han contribuido a construir su identidad nacional. Sin embargo, el discurso de Kast suele trazar una frontera implícita entre los inmigrantes “aceptables” y aquellos que provienen de regiones más pobres del mundo.

Esa diferencia no es solo política. También refleja una realidad incómoda de la sociedad chilena: la persistencia del racismo y del clasismo.

Otro punto que probablemente marcará el debate político durante su eventual régimen es su postura frente a los crímenes de la dictadura. José Antonio Kast ha planteado en diversas ocasiones la idea de otorgar beneficios o revisar mecanismos de cumplimiento alternativo de penas para militares condenados por violaciones a los derechos humanos que cumplen condena en el penal especial de Punta Peuco.

Ese recinto fue creado precisamente para albergar a ex agentes del régimen de Augusto Pinochet condenados por secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos cometidos durante la dictadura.

La discusión sobre Punta Peuco no es solo jurídica. Es también moral e histórica. Las víctimas de esos crímenes, y sus familias, llevan décadas esperando verdad y justicia.

En ese contexto, el discurso de orden y autoridad que promueve Kast adquiere un matiz paradójico: mano dura para ciertos delitos, comprensión para otros.

Si algo demuestra la trayectoria pública de José Antonio Kast es que su discurso ha sido eficaz para movilizar emociones, pero mucho menos claro a la hora de ofrecer soluciones reales a los problemas estructurales del país.

Gobernar no consiste en señalar enemigos permanentes ni en alimentar el miedo colectivo. Gobernar exige comprender la complejidad social de Chile, un país diverso, atravesado por desigualdades profundas, pero también por una tradición democrática que ha sobrevivido a momentos mucho más difíciles que cualquier campaña electoral.

Pero gobernar Chile no es una performance ideológica internacional.
Es una responsabilidad concreta con millones de personas.

Por ahora, entonces, solo queda decir:

Bienvenido, presidente Kast.

La democracia chilena —esa misma que tantas veces ha despreciado— será la que lo juzgue. Y también será la que, llegado el momento, decida si su proyecto merece continuidad, despedida u olvido.

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