Chile vive un periodo complicado de violencia delictual, agresiones de todo tipo, femicidios, asaltos; desde hace unos años la convivencia en el país se ha enrarecido, predomina hoy la irritación, peleas frecuentes entre choferes de autos, motos ruidosas e imprudentes, migrantes violentos, agresiones entre vecinos, en la calle, entre familias. Hoy conviven: más percepciones de enojo social, desconfianza y polarización; la sensación de inseguridad ha aumentado sosteniblemente. Los estudios coinciden en algo: Chile no es necesariamente “más violento” en todos los indicadores, según parámetros de America latina, pero sí es una sociedad más tensa, irritable y desconfiada que hace 20 años.
Podríamos decir que vivimos una “irritación social” como estado emocional colectivo, en psicología social se habla de algo cercano a un estado de activación emocional crónica, mayor reactividad (la gente “salta” más rápido), menor tolerancia a la frustración y la tendencia a interpretar al otro como amenaza, refiriéndose a un estado en que grandes grupos de personas experimentan emociones intensas, simultáneas y contagiosas, por ejemplo, ira, miedo, frustración, que influyen en percepciones, decisiones y conductas sociales. No es simplemente “más emoción”, sino una amplificación social de lo emocional que puede desbordar los mecanismos habituales de regulación.
En ese contexto me parece relevante ir al rescate de la “cooperación”, uno de los conceptos y acciones presentes desde el origen de la humanidad, fundamental para la vida en sociedad y que representa un acto constante y mayormente frecuente en el planeta, que está siendo invisible porque no es noticia atractiva.
Muchos coinciden en que el conflicto, el odio o la destrucción suelen atraer más atención y se torna más visible. Hablan del “sesgo de negatividad”. Los estudios indican que el cerebro humano presta más atención a lo negativo que a lo positivo, afirman que los eventos negativos generan más impacto emocional, se recuerdan más tiempo. Demostrado queda a diario en todos los medios de comunicación, incluyendo las plataformas virtuales, que, en su competitividad absoluta, muestran horrores y normalizan la violencia.
El biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana (“Emociones y lenguaje en educación y política”, 1990) desarrolló una de las ideas más influyentes sobre el origen de la humanidad. Para él, la base de la sociedad no es la competencia sino la “cooperación”. Explicó dicha afirmación desde sus análisis definiendo al amor como fundamento de lo humano y como la emoción que permite la aceptación del otro como un legítimo otro. Así se originaría la convivencia humana, la confianza, el lenguaje y en definitiva la cooperación y solidaridad.
En esa misma línea el filósofo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) habló de conceptos que enriquecen la cooperación. Estudió la teoría social contemporánea, la comunicación racional, el diálogo libre, la voluntad y la democracia. Determinó que los seres humanos utilizamos el lenguaje para entendernos mutuamente y lograr objetivos y consensos. Destacó la racionalidad, lo público y social y la importancia de la condición de libertad entre quienes se reconocen como legítimos interlocutores.
La violencia escolar no es solo un problema disciplinario sino un problema de formación humana incompleta
Aparentemente estas teorías y sus conclusiones no están siendo tomadas en cuenta, además debemos constatar que la consolidación del paradigma individualista en Chile se ha acentuado por el modelo neoliberal. La conexión entre mayor individualismo y mayor irritación o violencia en Chile es una de las líneas más interesantes —y discutidas— en la psicología social y la sociología reciente. No plantea que el neoliberalismo “cause violencia directa”, sino que cambia las condiciones emocionales y relacionales que la hacen más probable. El efecto psicológico se traduce en sobrecarga laboral, un estrés constante y la sensación de abandono por parte del Estado, al cual ven como responsable de dicha situación. Una de las tantas explicaciones que dan del estallido social de 2019 y su aspecto violento.
Recientemente hemos vivido un asesinato muy doloroso como insólito en Chile, la muerte de una paradocente en un colegio de Calama; los heroicos jóvenes que en el mayor acto de humanidad intentaron evitar el inexplicable y violento ataque, exigen un cambio radical en el currículo escolar, no basta con la nueva ley de convivencia, ni el de aula segura, ni talleres focalizados, ni los portales para detectar armas. Es urgente que todo el ciclo escolar desde jardines infantiles a cuarto medio gire no solo con contenidos académicos, estadísticas, Simce, Pisa y otros; se necesita formar transversalmente en convivencia democrática, ética relacional, ciudadanía activa, educación socioemocional obligatoria, aprendizaje cooperativo estructural, cohesión social, rúbricas socioemocionales, recuperar la autoridad de los docentes y de la familia, involucrando a estos últimos a las problemáticas de la escuela.
La violencia escolar no es solo un problema disciplinario sino un problema de formación humana incompleta. Debemos recuperar la tradición de la cooperación y solidaridad en la vida cotidiana; todos los chilenos pasamos por la escuela, esa es la mejor herramienta para avanzar en cambios sociales y culturales profundos.
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