Durante años se nos ha dicho que la democracia es el mejor sistema posible. No el perfecto, sino el menos malo. El problema es que esa frase, repetida hasta el cansancio, se ha convertido en una excusa para no corregir nada. Como si cuestionar el funcionamiento real de la democracia fuera un gesto antidemocrático.
Hoy ocurre lo contrario: no cuestionarla es lo que la está debilitando.
Las democracias están perdiendo credibilidad. No por culpa del voto, sino por lo que ocurre después. Promesas que no se cumplen, recursos mal administrados, personalismos que se eternizan en el poder y una sensación generalizada de que el sistema funciona mejor para quienes gobiernan que para quienes votan.
Cuando eso sucede, la historia es clara: la gente deja de creer. Y cuando la gente deja de creer, aparecen los atajos autoritarios. No porque sean mejores, sino porque prometen orden, rapidez y castigo, tres palabras que siempre seducen en tiempos de frustración.
En este contexto, la inteligencia artificial ha sido presentada como una amenaza. Se habla de control total, de máquinas gobernando personas, de distopías tipo Skynet. Pero ese miedo es más cultural que político. La verdadera discusión no es si la inteligencia artificial debe gobernar, sino si puede ayudar a que nadie gobierne demasiado.
El problema central de nuestras democracias no es la falta de leyes, sino el exceso de discrecionalidad. El poder humano, sin límites efectivos, tiende a deformarse. Se personaliza, se vuelve opaco, se protege a sí mismo. No importa si el discurso es de izquierda o de derecha: el patrón se repite.
Pensar la inteligencia artificial como herramienta de apoyo democrático implica algo muy distinto a delegar el poder. Significa usar sistemas capaces de analizar datos, detectar abusos, advertir concentraciones anómalas de recursos y señalar cuándo una política pública deja de beneficiar al conjunto para favorecer a unos pocos.
No decide. No manda. No reprime. Modela escenarios y expone desviaciones.
Una democracia que se niega a incorporar herramientas de control modernas termina convirtiéndose en lo que dice combatir: un sistema capturado por intereses personales, caudillos o redes de poder que se perpetúan mediante el desgaste social
En sociedades latinoamericanas, donde la desigualdad y la mala gestión del dinero público son estructurales, este enfoque resulta clave. Los ciudadanos no solo votan: aportan impuestos, cotizan para pensiones, confían su futuro a sistemas que, demasiadas veces, fallan. Y cuando fallan, nadie responde.
Una democracia que se niega a incorporar herramientas de control modernas termina convirtiéndose en lo que dice combatir: un sistema capturado por intereses personales, caudillos o redes de poder que se perpetúan mediante el desgaste social.
La inteligencia artificial, bien regulada y limitada por principios democráticos, puede ser parte de la solución. No para sustituir la política, sino para obligarla a rendir cuentas. Para reducir el margen del abuso. Para que gobernar deje de ser un acto de fe y vuelva a ser un contrato verificable.
La democracia no es una pieza de museo. Es un proceso. Y los procesos que no evolucionan, retroceden. Hoy el verdadero riesgo no es avanzar con cuidado, sino quedarse inmóviles mientras el sistema se degrada y la gente busca respuestas en soluciones cada vez más peligrosas.
Mejorar la democracia no la debilita. La salva.
Los contenidos publicados en elquintopoder.cl son de exclusiva responsabilidad de sus respectivos autores.
Te invitamos a conocer nuestras Reglas de Comunidad