La Democracia Cristiana vive atrapada en un dilema que ya no puede seguir escondiendo bajo discursos tibios: ¿Qué significa hoy ser “centro”? ¿Un refugio cómodo para quienes temen la polarización, o un espacio de audacia política? La respuesta definirá si la DC renace o se convierte en pieza de museo.
El centro reformista
El centro reformista Jaime Castillo lo dijo sin rodeos: la DC debía ser “un partido de cambios con sentido humano”. No hablaba de moderación, sino de transformación. El centro reformista fue capaz de impulsar reformas sociales que marcaron época. Hoy, sin embargo, pareciera que la DC olvidó que el centro no es un living cómodo, sino un taller de cambios. Y cuando un partido olvida su raíz, se convierte en caricatura de sí mismo: un cascarón que repite consignas sin alma.
El centro de vanguardia
Hubo un tiempo en que la DC fue vanguardia: democratización, sindicalismo, derechos sociales. El centro era puente hacia el futuro, no trinchera de conservadores disfrazados. Hoy, en cambio, parece más preocupada de sobrevivir que de liderar. Un partido que se dice de centro pero que no se atreve a incomodar, simplemente abdica de su rol histórico. El problema es que la DC ya no incomoda a nadie: ni a la derecha, ni a la izquierda, ni siquiera a sus propios militantes. Y un partido que no incomoda, sobra.
El centro excéntrico
Bernardo Navarrete incomoda con su idea de un centro excéntrico[i]: un centro que se descentra, que orbita hacia los márgenes para tensionar y renovar. “El centro no es equilibrio, sino movimiento”, plantea. Esa provocación es necesaria. Porque si el centro se queda quieto, muere. La DC necesita sacudirse, romper moldes, incomodar incluso a sus propios militantes. De lo contrario, seguirá siendo un partido que habla de futuro con los ojos clavados en el pasado.
La trampa de la «unidad progresista»
La DC enfrenta una disyuntiva brutal: o se reinventa como centro reformista, vanguardista y excéntrico, o se resigna a ser irrelevante
El gran pecado de la DC fue entregarse al sector chascón, que en nombre de la “unidad de las fuerzas progresistas” terminó subordinando al partido a proyectos ajenos. La ironía es brutal: se invocó la unidad para justificar la rendición. El resultado es grotesco: un partido que se dice de centro, pero que actúa como sucursal de la izquierda más dura. El centro reformista y vanguardista quedó sepultado bajo la obediencia a agendas que no son suyas. La DC se convirtió en furgón de cola, en comparsa. Y lo más mordaz: mientras se sometía a la izquierda, perdía a sus propios votantes. Es como vender la casa para arrendar una pieza en la del vecino… y encima pagar arriendo caro.
El dilema actual
La DC enfrenta una disyuntiva brutal: o se reinventa como centro reformista, vanguardista y excéntrico, o se resigna a ser irrelevante. El riesgo es evidente: un centro vacío, sin relato, sin épica, sin capacidad de convocar. Y un partido sin relato es un partido condenado.
El centro no es un lugar cómodo, es un campo de batalla. Castillo lo entendió: “la política es acción con sentido humano”. Navarrete lo empuja más allá: el centro es movimiento, tensión, excentricidad. La DC debe decidir si quiere ser parte de ese movimiento o quedar como nota al pie en la historia política de Chile. Porque el centro que no se mueve, se pudre. Y el centro que se entrega en nombre de la “unidad progresista”, simplemente desaparece.
El 12 de abril será la fecha de esa definición: el último baile para salir de la irrelevancia y volver a copar el centro. Ese día la DC sabrá si se atreve a recuperar su épica reformista y vanguardista, o si prefiere seguir siendo comparsa de otros. Porque después del 12, ya no habrá excusas: será centro con identidad… o será nada.
[i] Navarrete, B. (2005). Un centro excéntrico. Cambio y continuidad en la democracia cristiana
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