En agosto de 2014, el expresidente Ricardo Lagos pronunció un discurso en ICARE que, con el paso de los años, ha adquirido un tinte profético. En aquella ocasión, advirtió con inusual crudeza que Chile estaba perdiendo la carrera frente a Perú por consolidar un nodo portuario de clase mundial que conectara a Sudamérica con el gigante asiático. «Ojalá me equivoque», sentenció Lagos ante una audiencia empresarial que, en ese momento, quizás no dimensionó el calado de la advertencia. Doce años después, la inauguración del megapuerto peruano de Chancay —consolidado gracias a una estratégica y millonaria alianza con capitales chinos— confirma que el expresidente no se equivocó. Mientras Chile se hundía en la burocracia y la indecisión, nuestros vecinos aseguraron su posición como el centro logístico indiscutido del Pacífico Sur.
Hoy, la historia parece repetirse con una fidelidad alarmante, pero en un terreno invisible y mucho más crítico: la infraestructura digital.
Chile se encuentra actualmente en el centro de una disputa geopolítica que trasciende nuestras fronteras. La presión abierta de los Estados Unidos para vetar la participación de tecnología china en nuestros proyectos de fibra óptica y conectividad 5G no es una simple sugerencia de seguridad hemisférica. Es, en la práctica, el intento de una potencia por definir el techo de nuestro desarrollo soberano. Lo que está en juego no es solo «quién instala los cables», sino quién tendrá la llave maestra de la economía del conocimiento en el Cono Sur durante las próximas décadas.
Resulta profundamente frustrante observar cómo el debate nacional se agota en discusiones sobre errores de procedimiento, visas revocadas o detalles administrativos de subsecretarías. Estamos perdiendo de vista el bosque por mirar un árbol seco: lo que enfrentamos es un ataque frontal a nuestra soberanía nacional. Si el siglo XX se definió por los «puertos de hormigón» —donde ya sufrimos una derrota estratégica frente a Perú—, el siglo XXI se definirá por los «puertos digitales».
La soberanía de una nación moderna ya no se mide solo por la integridad de sus fronteras físicas, sino por su autonomía tecnológica. Perder la capacidad de decidir con quiénes nos conectamos, bajo qué estándares y con qué socios estratégicos, es renunciar a la base misma de nuestra independencia futura. Chile no puede permitirse ser un tablero de ajedrez donde las potencias muevan sus piezas sin resistencia.
La soberanía de una nación moderna ya no se mide solo por la integridad de sus fronteras físicas, sino por su autonomía tecnológica
Ante este atropello a la dignidad nacional, el silencio del presidente electo, José Antonio Kast, resulta, a lo menos, preocupante. Quien asumirá la conducción de la República en pocos días debe comprender que el liderazgo de Estado se prueba en estos momentos de tensión. El patriotismo no puede ser un eslogan de campaña que se desvanece ante la primera presión de Washington o Pekín; es un imperativo que exige defender los intereses de Chile por sobre las simpatías ideológicas del gobernante de turno.
Chile ya pagó el precio de la miopía estratégica en el sector portuario físico. Permitir que, por una mezcla de servilismo diplomático y falta de visión, se nos arrebate también nuestra independencia digital, sería un error histórico imperdonable. El desarrollo de una nación no se pide permiso; se ejerce.
Esta vez, como sociedad y como Estado, no podemos darnos el lujo de que el tiempo pase y que, en una década más, otro líder tenga que recordar con amargura un nuevo «ojalá me equivoque». La soberanía no se hereda, se defiende todos los días. Y hoy, la defensa de Chile pasa por los cables de fibra óptica que nos unirán al mundo.
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