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Kast y la tentación Italiana

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En la política chilena vuelve a circular una tentación conocida: la idea de que existe un modelo externo que permite importar sin pagar costos internos. Hoy ese modelo tiene acento italiano y nombre propio, pues se dice que José Antonio Kast miraría con simpatía la experiencia de Giorgia Meloni. No porque admire la historia de Italia o su cocina (que sería cosa inocua), sino porque Meloni logró algo que obsesiona a toda derecha radical cuando deja la consigna y entra al palacio: parecer normal sin dejar de ser dura.

Ese es, en rigor, el verdadero “modelo Meloni”. No una revolución conservadora ni una refundación nacional con fanfarria, sino algo bastante más prosaico y eficaz, en síntesis, bajar el volumen, enfriar la épica nostálgica y envolver la política identitaria en un lenguaje de estabilidad. La radicalidad no se abandona, sale solo cuando conviene. Eso, para muchos en la derecha europea y latinoamericana, es visto casi como una proeza, o sea demostrar que se puede llegar desde los márgenes ideológicos al centro del poder sin incendiar inmediatamente la casa y sin espantar a al país ni a los vecinos. Vista desde la oposición italiana, esa normalización derechista tiene bastante de maquillaje y algo de truco bien ensayado.

Las críticas que vienen desde el Partido Democrático italiano (el principal partido de oposición, 22% de apoyo) no apuntan tanto a un autoritarismo explícito –eso sería demasiado burdo– sino a algo más incómodo, a un un gobierno que promete orden, pero entrega resultados discretos; que habla de soberanía mientras camina con cuidado de no pisar ningún callo en Bruselas; que levanta banderas culturales cuando faltan respuestas en salarios, precariedad y desigualdad. A este cuadro se suma un elemento que incomoda incluso a sectores moderados: la tentación de juntar más poder en el mismo puño.

El debate que ha abierto Meloni sobre el premierato, con elección directa del primer ministro y refuerzo del Ejecutivo, no es un detalle técnico para especialistas en derecho constitucional, es una clara señal de hacía dónde se quiere marchar. Desde la oposición italiana se ha advertido que el problema no es solo la reforma en sí, sino el reflejo que la anima desde un gobierno se presenta como el único dique frente al caos, al cual los contrapesos empiezan a verse como un estorbo y no como una garantía. Visto así, Meloni aparece menos como una estratega brillante y más como una administradora hábil de expectativas bajas, con un ojo siempre puesto en ampliar su margen de maniobra ejecutiva.

Si Kast mira este cuadro con atención, es probable que vea solo la superficie, una derecha que logra instalarse en el poder sin romper de inmediato las reglas institucionales y sin quedar aislada internacionalmente. Lo que suele quedar fuera del encuadre es el precio de ese camino, una política reducida al control simbólico del conflicto y una inclinación casi natural a creer que más poder siempre equivale a mejor gobierno.

Chile, además y aunque sea una obviedad, no es Italia. Aquí no arrastramos décadas de gobiernos que duran lo mismo que una temporada de moda. Aquí venimos de promesas grandilocuentes, fracasos consecutivos y una ciudadanía que ya desconfía, por reflejo, de cualquiera que asegure tener la receta definitiva. En ese contexto, importar un libreto que combina orden retórico con concentración de poder no suena a solución elegante, sino un déjà vu con acento extranjero.

Pero sería cómodo –y francamente falso– atribuir todo el atractivo de Kast a una moda importada. La derecha radical no avanza solo porque copie modelos ajenos, sino porque aprovecha vacíos internos que otros dejaron abiertos. Seguridad, migración, crecimiento, autoridad del Estado; cuando esos temas se tratan con desconfianza, la derecha hábilmente los recoge.

Ahí la experiencia italiana deja una lección incómoda también para la oposición chilena. No basta con ironizar sobre el “modelo Meloni” ni con denunciarlo como amenaza abstracta. Hay que mostrar que el orden puede ser democrático, que la autoridad no es sinónimo de abuso y que gobernar no consiste en administrar miedos, sino en resolver problemas concretos, sin disfraces ni atajos.

Meloni, vista sin romanticismo, no es ni un ejemplo edificante ni un demonio exótico. Es el síntoma de una época que premia a quienes prometen control cuando el resto ofrece confusión. Si Kast cree que basta con copiar ese libreto, se equivoca. Y si la oposición cree que basta con denunciarlo desde la galería, también se equivoca.

Lo que suele quedar fuera del encuadre es el precio de ese camino, una política reducida al control simbólico del conflicto y una inclinación casi natural a creer que más poder siempre equivale a mejor gobierno

Si uno traduce el modelo Meloni a la política chilena, aparecen al menos cuatro importaciones posibles. Algunas pueden ser razonables en dosis moderadas, otras pueden ser detonantes de futuras crisis. Veamos cuáles son las posibles versiones del modelo italiano en Chile bajo Kast.

En primer lugar un giro duro en migración y orden público. Es el terreno más obvio, pero con el riesgo de que se prometa una solución total, rápida y con matices inhumanos (las minas antipersonales de Camila Flores, senadora electa de la derecha), y que después el gobierno quede atrapado entre el fracaso operativo y la necesidad de mantener su relato. Luego, un presidencialismo reforzado por reformas institucionales. En Italia, el debate sobre el “premierato” y reformas ha sido intenso, con detractores que advierten riesgos para equilibrios republicanos y contrapesos.

En Chile, donde ya tenemos un presidencialismo fuerte, esta tentación sería particularmente peligrosa, no se necesita mucho para tensionar un sistema que aún está cicatrizando su crisis constitucional. Recordemos además que Kast señaló que usaría al máximo la potestad reglamentaria del ejecutivo, vale a decir, el uso in extenso de la herramienta de los decretos. En otro aspecto, una política económica de pragmatismo restringido. Meloni ha debido moverse dentro de marcos europeos y restricciones fiscales, ello la ha obligado a cierto pragmatismo. En Chile, Kast también tendría límites: regla fiscal, mercados, inversión, empleo.

El punto es que el pragmatismo económico convive mal con su retórica de campaña, lo que le pasará la cuenta con sus filas y apoyos más duros. Por último, una estrategia comunicacional de polarización selectiva, o sea elegir conflictos que no cuestan presupuesto, que ordenan la identidad del bloque derechista y que desplazan la conversación desde lo material hacia el campo valórico y simbólico (familia, patria, género, etc.). Aquí el riesgo para Chile es directo, azuzará confrontaciones impetuosas con la cultura de inclusión y tolerancia que se ha ido afianzando en los últimos tiempos.

Más que buscar inspiración en el marketing de Meloni o en la retórica de campaña de otros, lo sensato sería practicar un eclecticismo audaz y con los pies en la tierra. Observar experiencias diversas, claro que sí, pero no para imitarlas a la pata de la letra, sino para extraer lo que funciona, lo que resiste el paso del tiempo y lo que no convierte al Estado en rehén de otros modelos. Hay ejemplos útiles en varios países donde se ha logrado combinar autoridad con deliberación democrática, crecimiento con cohesión, y seguridad sin faramallas verbales (léase Matteo Salvini, aliado principal de Meloni).

Porque al final, en política como en el teatro, lo que importa no es el libreto ajeno, sino construir algo propio que valga la pena ser representado para el bien del país.

Post scriptum. Si de mirar modelos derechistas externos se trata, al menos Meloni ofrece un gobierno relativamente estable. En cambio, Milei ofrece caos, payaseo y motosierras (deplorable la fotito en Buenos Aires); y Trump más caos con aroma imperial y salidas imprevistas de alta peligrosidad. Ahora bien, si Kast debe elegir entre un modelo sin mayores expectativas y otros con demolición a gritos y patadones, es más fácil, para tranquilidad de todos, preferir el primero.

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