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La era del Caos

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Los recientes acontecimientos en Venezuela confirman la era del caos, forma y estilo moderno de la ley de la selva que vivimos. Dejando muy en claro que toda dictadura debe ser rechazada, lamentablemente dichas acciones establecen que murió el Derecho Internacional y se impuso la ley del más fuerte.

El malestar del mundo moderno no se vive en abstracto. Adopta formas concretas, históricas y dolorosamente reconocibles. El desorden global se superpone con viejas desigualdades, democracias tensionadas y una memoria social atravesada por promesas incumplidas (origen del estallido de 2019). No asistimos solo a una crisis coyuntural, sino a una experiencia prolongada de frustración que se ha vuelto estructural.

Durante décadas se ofreció un relato de modernización acelerada: crecimiento económico, apertura al mundo, estabilidad institucional. Ese relato fue presentado —y con éxito— con avances notorios, todos los indicadores así lo establecen, pero débilmente publicitado y menos defendido. Sin embargo, bajo esa superficie se fue acumulando un malestar silencioso que llevó al endeudamiento crónico, y a la mercantilización de derechos básicos, precarización del trabajo y una desigual distribución del ingreso (el 10% de los chilenos obtiene el 60% del PIB), que en 35 años lamentablemente no cambia. Esto ha provocado una irritación social profunda, confusa, que se aprecia en la vida cotidiana: nos invade la violencia y el caos representado en la ciudad con motos y automóviles manejados por ciudadanos iracundos, ruidosos; ciclistas molestos; clientes de los supermercados peleando; barrios con vecinos afectados y enfrentados entre sí; conflictos que genera el aumento de tenencia de mascotas, estimadas en 18 millones. Observamos un aumento de suicidios en el metro de Santiago. Los celulares activos llegan a 30 millones de unidades; abundan las declaraciones públicas agresivas; los noticieros en televisión muestran larguísimos eventos de violencia. Llama la atención un aviso en un bus: “esta navidad aprovechemos de escucharnos”, poderosa señal.

La política, en su forma moderna, lejos de ofrecer un horizonte reparador, muchas veces ha profundizado el desconcierto. En los últimos años, se ha vuelto evidente la dificultad de transformar el malestar en proyecto. El fracaso de narrativas refundacionales, la fragmentación de las fuerzas políticas y el descrédito institucional han dejado un vacío que es ocupado por discursos simplificadores, punitivos o nostálgicos. Como señala Giuliano da Empoli (“Los ingenieros del Caos”), el desbarajuste ya no es un accidente: es una herramienta de poder. En ese contexto, se produce el triunfo de la ultraderecha en Chile, con consecuencias aún imprevisibles, pero que muchos analistas sostienen que, con solo aplicar el 30% del programa del presidente electo, se profundizarán las desigualdades y la desesperanza.

El silencio de los nueve partidos políticos de centroizquierda que fracasaron en la reciente elección presidencial es notable. Algunos han iniciado el proceso de análisis, pero con muy poca autocrítica. Siempre es más fácil: la culpa la tiene el otro. Como advertía Gramsci, las crisis no nacen por sorpresa: “maduran en silencio”. Al respecto nace la pregunta: ¿por qué ningún dirigente ni representante de estos nueve partidos políticos, los cuales gozan de Centros de Estudios pagados y una considerable participación de intelectuales, no se pronunciaron antes acerca de los elementos multifactoriales que definieron las elecciones? En los viejos tiempos, los dirigentes políticos se hacían responsables en las derrotas y renunciaban. Ahora, frente al horroroso caso G. Gatica, aprovechan de separarse y se termina la coalición de gobierno. Siempre es más fácil discutir entre conocidos que con otros distintos.

El verdadero riesgo no es el conflicto, sino la vida en caos constante, una incertidumbre arraigada y la aceptación de un mundo donde la frustración reemplaza a la esperanza y la violencia ocupa el lugar de la palabra

La autocrítica debe comenzar reconociendo que nuestra izquierda se reconvirtió en una élite cultural, portadora de un capital simbólico alto, pero cada vez más distante del mundo social que pretendía representar. La izquierda sustituyó la pedagogía política por la distinción moral. En lugar de convencer y encantar, clasificó; en lugar de traducir, corrigió. Así, terminó ejerciendo una forma de violencia simbólica sobre las clases populares, a las que exigió adhesión a códigos discursivos ajenos a su experiencia material.

En Chile, esa lógica se expresa en la polarización extrema, el ascenso de liderazgos autoritarios y la reducción del debate público a consignas emocionales. La rabia circula más rápido que las ideas; el miedo moviliza más que la esperanza. La desigualdad no es solo económica (de los 100 mejores establecimientos en la PAES reciente, solo uno es público); es más profunda, porque daña el derecho a existir sin miedo. Pensar críticamente este malestar no es un ejercicio académico: es una urgencia política y ética. En Chile, el verdadero riesgo no es el conflicto, sino la vida en caos constante, una incertidumbre arraigada y la aceptación de un mundo donde la frustración reemplaza a la esperanza y la violencia ocupa el lugar de la palabra. Así en Venezuela, y frente a todo el mundo, el “patrón” del norte lo acaba de demostrar.

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