Durante mucho tiempo, se pensó la realidad en dos dimensiones: la natural y la espiritual. Es decir, la de los objetos (natural), y todo aquello que constituye la experiencia humana (espiritual). Hoy, sin embargo, esa distinción parece insuficiente. A esas dos capas se ha sumado una tercera: lo virtual. Y no como simple extensión, sino como un espacio que compite —y muchas veces domina— nuestra forma de habitar el mundo.
El problema no es que exista esta nueva dimensión, sino la manera en que la habitamos. Las redes sociales han logrado algo que pocas estructuras sociales consiguen: hacernos sentir cómodos, reconocidos, “en casa”. Un hogar donde el yo, el consumo y el deseo no solo tienen cabida, sino que son permanentemente estimulados.
Mientras tanto, la discusión pública ha tendido a simplificarse. Frente a la evidencia de daños en niños y jóvenes —a nivel cognitivo, psicológico y social—, la respuesta ha sido restringir su uso en colegios o advertir a los padres. Medidas necesarias, pero claramente insuficientes frente a un fenómeno mucho más profundo.
El dato es revelador: en Estados Unidos, un 65% de la población se informa a través de redes sociales; en Chile, la cifra alcanza el 77%. WhatsApp, Facebook, Instagram y TikTok no son solo plataformas: son hoy estructuras centrales de mediación de la realidad.
No es casual, entonces, que tribunales comiencen a cuestionar su funcionamiento. Un jurado en Estados Unidos declaró responsables a empresas como Meta y YouTube por el carácter adictivo de sus plataformas y sus efectos en la salud de los usuarios. El problema dejó de ser anecdótico.
Para entender por qué estas plataformas resultan tan eficaces, vale la pena volver a Hegel. Para él, la experiencia es el único acceso que tiene la conciencia a la verdad. No existe verdad sin vivencia subjetiva. En términos simples: vemos el mundo, pero nos vemos a nosotros mismos en él.
Sin embargo, Hegel no se queda en la pura subjetividad. El espíritu del pueblo —la razón universal o, en términos más actuales, nuestra conciencia social, cultural y epocal— opera como una regla que nos orienta todos los días, aunque nunca de forma total. Es esa normatividad la que se filtra en lo que hacemos, en lo que decimos, incluso en lo que soñamos y deseamos.
Nuestras acciones no son neutras: son la expresión de esa regla. En palabras de Hegel, son nuestro Concepto hecho realidad (son lo mismo). Dicho más simple: somos lo que hacemos. O, si se prefiere, los hechos hablan más que mil palabras. Incluso Bruce Wayne (Batman) lo diría sin problema: tus actos te definen. Y es precisamente esta suma de prácticas, de múltiples conciencias operando al mismo tiempo, la que configura el espíritu de una época (Marx y el trabajo social).
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cuál es el espíritu de la nuestra?
El algoritmo, en el fondo, no hace más que devolvernos a nosotros mismos
Cuando observamos un objeto, identificarlo suele ser sencillo. Lo complejo aparece cuando intentamos darle sentido. Ahí surgen las diferencias. Pero si queremos ir más allá, la cuestión es otra: ¿dónde se expresa realmente la normatividad de una época? ¿Dónde se hace visible su estructura?
Tradicionalmente, esa estructura se ha manifestado en lo tangible: calles, plazas, edificios, centros comerciales, formas de consumo, y un largo etcétera. Allí se cristalizan nuestras lógicas culturales. Sin embargo, eso es apenas una fotografía. Lo que falta es el movimiento: el despliegue de esas lógicas en acción.
Y aquí Hegel vuelve a incomodar. Lo que vemos como comienzo es, en realidad, un resultado. El inicio ya contiene su propio fin, porque lleva en sí su medida. Por eso, en nuestra vida cotidiana, solemos confundir procesos con orígenes, cuando en realidad estamos reproduciendo constantemente un resultado previo. Y, al hacerlo, lo reafirmamos una y otra vez.
Si esto es así, entonces el espíritu de nuestra época se vuelve más nítido: es el del sujeto de consumo, del individuo centrado en sí mismo, de una identidad que se construye y valida a través de lo que consume.
Cuando nos movemos en el mundo, lo hacemos desde nuestra propia medida. Consumimos aquello que calza con ella. En ese sentido, las redes sociales representan algo más que una plataforma: son una forma de conciencia que se reconoce a sí misma. Su algoritmo no es externo, sino profundamente íntimo.
Por eso, cuando algo nos incomoda o nos resulta ajeno, no es solo el mundo el que se vuelve extraño: es nuestra propia regla la que no logra reconocerse en él. Y es precisamente ahí donde las redes sociales se vuelven tan eficaces. Porque eliminan esa fricción. Permiten que la experiencia se repliegue sobre sí misma, que el inicio y el fin coincidan sin ninguna alteración. Y de haber alguna, solo pasar de un contenido a otro puede devolvernos la satisfacción.
El algoritmo, en el fondo, no hace más que devolvernos a nosotros mismos.
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