“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo, estoy aquí, resucitando”. La canción de la Cigarra parece escrita para explicar la historia reciente de la Democracia Cristiana. Un partido que, pese a las derrotas, las fracturas internas y las renuncias de sus liderazgos, sigue resistiendo y reapareciendo en la escena política nacional.
La DC sobrevivió a la última elección parlamentaria logrando ocho diputados, apoyando a la candidata de la izquierda e ingresando brevemente a la coalición de gobierno. Fue, en esos cuatro años, la expresión de la ambigüedad: no siendo parte plena del oficialismo, pero pagando los costos de sus decisiones, desangrándose en militantes y enfrentando expulsiones dolorosas.
El domingo pasado se realizaron elecciones territoriales con baja participación. Allí, Rodrigo Albornoz, el dirigente más crítico de la actual mesa, fue derrotado por apenas seis votos. Poco después, el presidente nacional, senador Francisco Huenchumilla —nuestro verdadero “panzer”, artífice de la negociación parlamentaria que permitió la sobrevivencia de la DC y evitó que corriera la misma suerte de partidos históricos como el Radical— decidió renunciar. Su salida, acompañada por la dimisión de varios vicepresidentes, abrió un escenario complejo y de incertidumbre.
Una vez más, la Democracia Cristiana se expone en vitrina por su práctica de antropofagia partidaria, especialmente hacia sus liderazgos. Le ocurrió a Carolina Goic, a Claudio Orrego, a Alberto Undurraga. La historia interna parece repetirse: figuras que emergen con fuerza, pero que terminan devoradas por la dinámica interna. Sin embargo, como tantas veces se ha dicho, la historia no se escribe solo con votos. También se construye con coherencia, responsabilidad y la capacidad de mirar más allá del corto plazo.
Hoy, más que nunca, debemos dejar atrás las ambigüedades y volver a nuestro espacio natural: el centro político. No un centro pasivo, sino un centro de vanguardia, capaz de impulsar políticas públicas transformadoras como lo hicimos en el pasado. La reforma agraria, que dio dignidad al campesino; la promoción popular, que articuló organizaciones de la sociedad civil; la capacidad de ser puente entre mundos distintos. Ese es el legado que no podemos olvidar.
Volver al centro no significa renunciar a nuestras convicciones, sino reafirmarlas. Volver a Galilea no es nostalgia, es un llamado a la raíz ética y política que nos dio sentido
Ignacio Walker lo expresó en su libro El futuro de la Democracia Cristiana: “Volver a Galilea”, volver a nuestras raíces. El futuro de la democracia chilena depende, en gran medida, de que la DC sea capaz de hacerse cargo de los desafíos de la sociedad emergente. Una sociedad marcada por la irrupción de una derecha extrema, sin tapujos autoritarios, que avanza con paso firme, y por una izquierda que, en muchos casos, se ha mostrado mediocre, atrapada en discursos identitarios sin capacidad de ofrecer un proyecto nacional inclusivo.
En este contexto, la fraternidad no puede ser solo una palabra vacía. Debe practicarse en lo cotidiano: perdonarnos, cuidarnos, reconstruir confianzas. La DC no puede seguir siendo un partido que se devora a sí mismo. Debe recuperar su vocación de centro, su capacidad de tender puentes, de articular mayorías y de ofrecer un proyecto que combine justicia social con responsabilidad democrática.
Volver al centro no significa renunciar a nuestras convicciones, sino reafirmarlas. Volver a Galilea no es nostalgia, es un llamado a la raíz ética y política que nos dio sentido. La Democracia Cristiana tiene la oportunidad de resucitar, como la Cigarra, tantas veces como sea necesario. Pero para hacerlo debe dejar atrás la ambigüedad, superar la fragmentación y volver a ser lo que alguna vez fue: un partido capaz de transformar Chile desde la fraternidad, la justicia y la esperanza.
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Resucitar indefinidamente no es posible… La Biblia nos enseña eso, y alguien de la “D Cristiana” debiera saberlo… Y ustedes han muerto ya dos veces; el día que apoyaron a Allende fue una vez, y ahora cuando apoyaron a Jara fue la segunda vez… No se puede morir más de dos veces… No hay resurrección luego de una segunda muerte, como da a entender la Biblia, ya que si te mueres por segunda vez tu destino es la densa oscuridad de las tinieblas…
Y allí están ustedes, queriendo parecer vivos en tierra de muertos; queriendo parecer patriotas, en tierra de traidores… Quieren parecer ser algo, pero, ya dejaron de ser… Si es por fraternidad, ustedes fraternizaron con las tinieblas de una izquierda malhechora…
… Mejor se refundan en otra cosa, como por ejemplo, podrían llamarse el partido de los que se dicen cristianos pero, son la sinagoga de los terroristas del príncipe de las tinieblas, el padre de las mentiras y de los asesinatos…
abechtold
La democracia cristiana es un engendro de la segunda guerra mundial, que buscaba ser una alternativa a la ola socialista de ese entonces. Pero en Latinoamerica se convirtió en un partido de centroizquierda, que , por lo mismo, lucha por los votantes que consideran al Estado como el santo grial. En un momento histórico en que esa vertiente está mostrando mucha debilidad, la DC se vuelve un partido anacrónico y sin liderazgo, pues no tiene la claridad PS respecto al Estado, y no es capaz de permear hacia los sectores conservadores/libertarios, pues su identificación con causas izquierdistas lo bloquean. Asi que, al igual que los radicales, seguramente van camino a ser la intrascendencia misma.