Todos llevamos huellas. No solo de lo que nos ha ocurrido, sino de cómo fuimos tratados cuando todavía no sabíamos explicarnos. La infancia no es un recuerdo lejano: es un período en el que aprendemos, sin palabras, cómo funciona el mundo y cuál es nuestro lugar en él. En ese aprendizaje temprano también se transmiten historias que no empezaron con nosotros: miedos, carencias y formas de sobrevivir heredadas de generaciones anteriores. Reconocer esas huellas no significa quedar atrapados en el pasado, sino comprender cómo se organizó nuestra manera de estar en la vida. Desde ahí, el autoconocimiento deja de ser una consigna abstracta y se transforma en una posibilidad concreta de cambio y sanación.
A las cinco de la mañana, antes de que suene el despertador, abre los ojos. No hay ruido en la casa. Nadie llama. Nada ocurre. Y, sin embargo, el cuerpo ya está despierto, tenso, como si hubiera llegado tarde a algo importante. Permanece inmóvil unos segundos, midiendo la respiración, escuchando el propio pulso. No recuerda haber tenido una pesadilla. Solo sabe que el descanso fue liviano, fragmentado, como casi siempre. Afuera aún es de noche. Adentro, la alarma ya está encendida.
Se levanta, revisa el teléfono, anticipa el día. Lo hace rápido, casi sin darse cuenta. Es una forma de estar preparado. De no ser sorprendido. Con el tiempo, esa forma de vivir se volvió normal. Productiva, incluso. Desde afuera, nadie diría que algo anda mal. Cumple, responde, avanza. Pero el cuerpo no olvida tan fácilmente. El cuerpo sigue actuando como si el peligro fuera inminente, aunque ya no haya un motivo visible.
Durante mucho tiempo se repitió una idea tranquilizadora: que la infancia pasa, que queda atrás, que lo vivido temprano se supera con los años o con voluntad. El problema es que el cuerpo nunca estuvo de acuerdo con esa afirmación. Porque el cuerpo no opera con consignas ni con frases que buscan cerrar etapas. Opera con aprendizajes. Y aquello que se aprende cuando se es pequeño —especialmente en entornos impredecibles, amenazantes o emocionalmente solitarios— no se archiva como un recuerdo: se incorpora como una forma de funcionamiento.
Cuando un niño crece sin una sensación suficiente de seguridad, su organismo no extrae una lección moral, sino biológica. Aprende a estar atento. A anticipar. A no relajarse del todo. El sistema nervioso se organiza para sobrevivir. Esa organización no es consciente ni elegida; es adaptativa. El problema no es que ocurra, sino que permanezca activa cuando el peligro ya no está.
Con los años, esa alarma sostenida se vuelve un idioma interno. Un idioma que el cuerpo habla incluso cuando la mente no entiende qué está diciendo. Aparece como inflamación persistente, ansiedad sin causa clara, dificultad para regular emociones, conductas de control, problemas para descansar o confiar. Desde afuera, la vida puede parecer estable. Desde adentro, algo sigue interpretando el mundo como una amenaza latente. No porque la persona esté dañada, sino porque su organismo continúa respondiendo a un aprendizaje antiguo.
La cultura actual, lejos de ayudar a desactivar esa alarma, muchas veces la refuerza. Vivimos en una época que exige rapidez, exposición, rendimiento constante. Todo empuja a hacer más, responder antes, no fallar. Para quien aprendió temprano a estar alerta, el mundo contemporáneo parece confirmar una intuición profunda: bajar la guardia no es seguro. Así, la tensión se vuelve crónica. El cansancio se normaliza. Y la persona empieza a creer que la vida es, simplemente, así.
Hasta que algo se quiebra. A veces es una crisis, una enfermedad, un duelo. Otras veces es un agotamiento silencioso que ya no se puede ignorar. Y entonces aparece una pregunta distinta, incómoda pero honesta. No “¿qué me pasa?”, sino “¿qué me pasó?”. No para quedarse atrapado en el pasado, sino para comprender cómo se construyó esta forma de estar en el presente.
Muchas de las conductas que hoy generan sufrimiento fueron, en su origen, soluciones. El ‘soy así’ empieza a transformarse en un ‘aprendí a ser así’
Ahí ocurre un giro decisivo. Muchas de las conductas que hoy generan sufrimiento fueron, en su origen, soluciones. El control protegió. La autoexigencia sostuvo. La desconexión emocional evitó un daño mayor. Comprender esto no romantiza el dolor, pero lo vuelve inteligible. Ya no se trata de defectos personales, sino de adaptaciones antiguas que siguen operando en un contexto distinto. El “soy así” empieza a transformarse en un “aprendí a ser así”.
Y si el cuerpo aprendió, también puede aprender de nuevo. No por fuerza de voluntad ni por pensamiento positivo. Porque, del mismo modo que no respondió a consignas cuando era niño, tampoco lo hará ahora. El cuerpo cambia a través de experiencias nuevas, sostenidas y seguras. La atención consciente introduce pausas donde antes solo había reacción. La respiración profunda envía señales de calma a un sistema acostumbrado al peligro. Observar pensamientos y emociones sin obedecerlos de inmediato abre un espacio mínimo, pero real, de elección. No se trata de eliminar el miedo, sino de dejar de vivir gobernado por él.
Nada de esto ocurre en aislamiento. La regulación más profunda no es solo interna: es relacional. Un vínculo seguro, una presencia que no apura ni exige, puede enseñarle al cuerpo algo que no aprendió a tiempo: que ahora hay sostén. Que no todo depende de estar alerta. Que descansar no es un riesgo. La seguridad, cuando se vive en relación, reorganiza tanto la biología como la biografía.
Con el tiempo, la búsqueda deja de girar en torno a la idea abstracta de felicidad. Se vuelve más concreta y más humana: vivir con sentido. Alinear lo que se hace con lo que se valora. Dar espacio al silencio. Reconocer límites. Dejar de confundir valor con rendimiento. El equilibrio entre hacer y ser deja de ser un ideal lejano y se convierte en una necesidad vital.
Entonces, la historia completa se revela sin dramatismo, pero con verdad. No somos adultos rotos por sentirnos cansados, ansiosos o en tensión. Somos personas que aprendieron a sobrevivir y que hoy viven en un mundo que reactiva esos aprendizajes una y otra vez. Comprender esto no borra la historia, pero cambia la relación con ella. Y cuando la relación cambia, algo se afloja.
Tal vez vivir mejor no consista en apagar para siempre la alarma, sino en aprender a reconocer cuándo ya no es necesaria. Tal vez la vida no pida borrar las disonancias, sino integrarlas. Porque una vida que deja de tocarse desde la supervivencia no se vuelve perfecta, pero sí más habitable. Y a veces, eso es suficiente: que el cuerpo empiece a notar, casi con desconfianza, que ya no todo es urgencia; que también puede haber pausa, silencio, respiro. Que por primera vez, vivir no sea reaccionar… sino estar.
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Maria Cristina Schneider
Este articulo me recordó como fue evolucionando mi existencia, como fui transmutando a la par de lo que la vida me ponía en el camino. Y no lo hice tan mal, puedo decir que no reacciono sino que acciono, que vivo mis dias dándoles tiempo al tiempo. No necesito de alarmas, hablo directo con mi cuerpo y mi alma.
Ana María
Muy interesante..cuesta asumir las dificultades de la infancia..vuelven y vuelven … no sé si es reconocer lo que pasó , que fue en un contexto diferente y ahora que yo soy el que lo controla ..igual cuesta ..a mí paso e incluso sentí molestia de por ejemplo de que mis hermanos se quedaron con los papás, que suerte dije alguna vez , yo fui entregada a mi abuela …y así crecí sin entender …hasta muy adulta …porque yo. No otro hermano..cuesta asumirlo.. mi madre no supo explicarlo, o yo no entendí. ahora me miro donde estoy en realidad tengo mucho que agradecer…y hay seguir ..la vida es una …una y nada más …saludos
Ps. Lilian Brito Parra
Como psicóloga, valoro la reflexión que plantea Oscar Mura, especialmente por acercar al público general la comprensión de que muchas respuestas emocionales y corporales no corresponden a “debilidades personales”, sino a adaptaciones del sistema nervioso frente a experiencias tempranas de estrés. Este tipo de divulgación contribuye a disminuir el juicio hacia el malestar psicológico y facilita que las personas se acerquen a procesos terapéuticos con mayor apertura.
Al mismo tiempo, resulta relevante seguir profundizando —en el trabajo clínico— en la integración entre memoria implícita, regulación emocional y experiencias relacionales correctivas, ya que la transformación de estos patrones no ocurre solo a nivel comprensivo, sino a través de procesos terapéuticos sostenidos que permitan vivenciar nuevas experiencias de seguridad. Sin duda, columnas como esta aportan a instalar una mirada más humana, clínica y esperanzadora sobre el sufrimiento psicológico.
Feru
Gracias. Siempre por los espacios de conciencia que habitas