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Robert F. Kennedy Jr y la paradoja sanitaria: miedo a las vacunas, cero miedo a los gérmenes

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El actual secretario de Salud de Estados Unidos ha construido una carrera sembrando desconfianza hacia la vacunación. Pero una confesión sobre su pasado revela una contradicción inquietante: ¿qué entiende realmente por riesgo sanitario?

La política contemporánea está llena de contradicciones, pero pocas resultan tan simbólicas —y tan peligrosas— como la que hoy rodea a Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos. Kennedy, figura pública conocida durante años por su retórica antivacunas y sus teorías conspirativas sobre la medicina moderna, volvió a colocarse en el centro del debate tras una declaración inesperada sobre su pasado.

En una entrevista reciente, habló de su antigua adicción y confesó que llegó a esnifar cocaína desde asientos de inodoro, una imagen asociada inevitablemente a entornos de riesgo biológico extremo. La frase fue pronunciada en un contexto de recuperación personal, pero se volvió viral por razones evidentes. No por el morbo, sino por la paradoja que encierra: un funcionario que dirige la salud pública afirmando no temerle a los gérmenes, mientras al mismo tiempo ha dedicado años a sembrar sospechas sobre las vacunas.

No se trata de juzgar una adicción

Conviene decirlo con claridad: esto no es un ataque moral contra alguien que enfrentó una dependencia. La adicción es una enfermedad real, y quien logra salir de ella merece respeto. El problema no es el pasado personal de Kennedy, sino el lugar institucional que hoy ocupa y el tipo de discursos que ha promovido desde una posición de poder.

Kennedy no es un ciudadano anónimo contando una historia de juventud. Es el secretario de Salud de Estados Unidos. Sus palabras no se quedan en lo anecdótico: influyen en políticas, campañas, percepciones sociales y decisiones médicas que afectan a millones.

El hombre que teme a las vacunas

Durante años, Kennedy ha sido una de las figuras más visibles del movimiento antivacunas en Estados Unidos. Ha repetido teorías desacreditadas, como la insinuación de que ciertas vacunas estarían vinculadas al autismo, una idea refutada por décadas de evidencia científica. También ha alimentado una narrativa constante: que la vacunación masiva es un negocio oscuro, una conspiración farmacéutica o una amenaza encubierta.

En otras palabras, ha contribuido a erosionar la confianza pública en una de las herramientas sanitarias más efectivas de la historia moderna. La vacunación no es un capricho ideológico: es una estrategia comprobada que ha evitado epidemias y reducido drásticamente la mortalidad infantil en todo el mundo.

El riesgo visto al revés

Aquí aparece la contradicción que vuelve tan inquietante su confesión. Un baño público no es una metáfora abstracta: es un espacio donde circulan bacterias, virus, superficies contaminadas y riesgos biológicos evidentes. Cualquier persona entiende que ahí se extreman medidas básicas de higiene. Lavarse las manos no es una teoría conspirativa, es una necesidad elemental.

Revela una trivialización del riesgo real frente a una obsesión con amenazas imaginarias. Temor a una vacuna, pero desprecio por la biología evidente

Kennedy utilizó ese recuerdo para afirmar que no le tiene miedo a los microbios. Sin embargo, su carrera pública se ha basado precisamente en promover miedo hacia las vacunas. Es decir, desconfía de una de las herramientas médicas más estudiadas, mientras trivializa el riesgo biológico más cotidiano y tangible.

La paradoja no es menor: miedo a una vacuna desarrollada con protocolos rigurosos, pero despreocupación frente a la contaminación real de un entorno público.

Cuando la conspiración se vuelve política pública

El asunto se vuelve más grave porque Kennedy no es un comentarista marginal de internet. No es un influencer conspirativo más. Su discurso ya no es solo opinión: puede transformarse en política pública, en orientación institucional, en decisiones que afectan campañas de inmunización.

Esto ocurre en un contexto delicado. Estados Unidos ha visto en los últimos años el resurgimiento de enfermedades prevenibles, como el sarampión, precisamente en comunidades donde la vacunación infantil ha disminuido por desinformación y sospechas infundadas. El sarampión no es un debate cultural: es un virus altamente contagioso que puede matar.

Cuando un funcionario de alto nivel sugiere que la vacunación es peligrosa sin evidencia sólida, no está ejerciendo simple libertad de expresión. Está debilitando la confianza pública en un sistema que salva vidas.

Una incoherencia peligrosa

La confesión del baño no importa como escándalo personal, sino como símbolo político y sanitario. Revela una trivialización del riesgo real frente a una obsesión con amenazas imaginarias. Temor a una vacuna, pero desprecio por la biología evidente. Alarmismo frente a campañas sanitarias, pero indiferencia ante gérmenes cotidianos.

El pasado de Kennedy puede ser humano, pero su presente es institucional. Y la salud pública no puede dirigirse desde la paranoia ni desde teorías sin sustento. Porque cuando la incoherencia se instala en el poder, deja de ser un problema individual y se convierte en un riesgo colectivo que termina pagando toda la sociedad.

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