El tren avanzaba con un vaivén suave, casi hipnótico. Martín apoyó la frente en el vidrio y dejó que el paisaje pasara sin intentar retenerlo. No estaba cansado del viaje; estaba cansado de sí mismo. En el bolsillo, el teléfono vibraba con esa pregunta breve que, a veces, pesa más que un discurso entero: “¿Estás bien?”. Martín sabía que no era una pregunta inocente. Porque responder “sí” significaba seguir funcionando; y responder “no” implicaba abrir una puerta que llevaba años cerrada.
Había aprendido temprano a moverse con cuidado. No por timidez, sino por experiencia. Desde niño entendió —sin que nadie se lo explicara— que había gestos que dolían más que los golpes. Miradas que no se detenían. Presencias que estaban, pero no sostenían. Promesas que se decían fácil y se olvidaban rápido. Normas rígidas donde equivocarse no era aprender, sino fallar.
Así se fueron formando sus caminos internos. No se anunciaron. No pidieron permiso. Simplemente aparecieron y Martín empezó a transitarlos como si siempre hubieran sido suyos.
El rechazo fue el primero. No recuerda una escena exacta, solo una sensación persistente: no ser elegido del todo. Y cuando eso ocurre en la infancia, el cuerpo aprende antes que la mente. Aprende a esforzarse, a destacarse, a no molestar. Aprende que quizá hay algo en uno que no alcanza. Martín creció intentando ser suficiente, sin preguntarse para quién.
El abandono llegó sin estruendo. Adultos presentes, pero emocionalmente lejos. Cuerpos que estaban, miradas que no. El aprendizaje fue silencioso y profundo: el vínculo puede desaparecer. Años después, ese mensaje aparecía cada vez que alguien se alejaba un poco más de lo esperado. La ansiedad, la urgencia, el miedo a quedarse solo.
La humillación no tuvo forma de gran escena. Fue una suma de momentos pequeños: comentarios, risas ajenas, silencios incómodos. Martín aprendió a reírse de sí mismo antes de que otros lo hicieran. A minimizar lo que sentía. A decir “no pasa nada” incluso cuando algo sí pasaba.
La traición le enseñó a vigilar. Cuando la confianza se quiebra temprano, el cuerpo no descansa. Martín se volvió atento, controlador, siempre un paso adelante. Se decía precavido, pero en el fondo era miedo: miedo a volver a creer y caer.
Y la injusticia terminó de cerrar la estructura. Reglas estrictas, reconocimiento escaso, error castigado. Aprendió que el valor se ganaba a fuerza de esfuerzo. Se volvió exigente, correcto, duro consigo mismo. Una armadura que funcionaba… hasta que empezó a pesar demasiado.
Durante años, Martín creyó que eso era su carácter. Su forma de ser. No veía que muchas de sus decisiones no nacían del presente, sino de memorias emocionales antiguas que seguían activas, dirigiendo su vida sin que él lo notara.
El tren frenó de golpe en una estación intermedia. La sacudida lo sacó de sus pensamientos. En ese momento, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez no era un mensaje: era una llamada. El nombre en la pantalla lo tensó. Dudó unos segundos. Atendió.
—¿Por qué no respondes nunca cuando te necesito?
Martín abrió la boca para explicarse, para justificarse, para decir lo correcto. Sintió el impulso automático de calmar, de arreglar, de cargar con algo que no sabía si le correspondía. Se escuchó decir “perdón” antes incluso de entender de qué se disculpaba. Colgó. El silencio posterior fue más ruidoso que la llamada.
Ahí apareció algo nuevo: no una respuesta, sino una incomodidad. Una grieta. Por primera vez, Martín no pasó de largo esa sensación. Se dio cuenta de que no había reaccionado a esa llamada; había reaccionado a muchas otras anteriores, a muchas escenas viejas que seguían pidiendo lo mismo: no te vayas, no falles, no incomodes, no te equivoques.
Muchas de sus respuestas no eran decisiones, eran reflejos
Bajó del tren y empezó a caminar sin rumbo fijo. Pensó en cuántas veces había dicho “sí” cuando quería decir “no”. En cuántas veces había sostenido vínculos por miedo, no por elección. Entendió algo simple y difícil a la vez: muchas de sus respuestas no eran decisiones, eran reflejos.
Recordó entonces un libro que había leído hacía un tiempo: Attraversiamo. No lo había leído de una sola vez. Lo había subrayado, cerrado, vuelto a abrir. En sus páginas había una idea que ahora le resonaba con fuerza: atravesar no es huir ni quedarse atrapado; atravesar es atreverse a cruzar.
El texto hablaba de un cruce sostenido en tres movimientos claros. Primero, la consciencia: darse cuenta del patrón justo cuando se activa, reconocer la herida sin pelear con ella. Luego, la coherencia: empezar a alinear lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace, aunque eso incomode. Y finalmente, ser consecuente: hacerse cargo de lo que implica elegir distinto, sostener la decisión incluso cuando el miedo vuelve a golpear.
El teléfono volvió a vibrar. El mismo mensaje seguía ahí. Martín escribió una respuesta, la borró. Escribió otra, la volvió a borrar. Respiró. Esta vez no buscó quedar bien. Escribió lo que era verdadero: “No sé si estoy bien, pero quiero hablarlo contigo”. No era una frase perfecta. Era una frase coherente. Y eso, para él, ya era un acto nuevo.
Las heridas seguían ahí. No se habían ido. Pero algo había cambiado: ya no estaban al mando. Ahora eran parte de su historia, no su destino.
Martín siguió caminando.
No hacia una vida perfecta, sino hacia una vida elegida.
Atravesar, comprendió, es dar el paso.
Cruzar hacia el cambio.
Cruzar, por primera vez, a tu propia decisión de vida.
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Amanda
Buenisima lectura!
Me llevó a situaciones de mi infancia y que emocionan aún. Un proceso que se debe atravesar ,arriesgarse como se indica.
Emociones a flor de piel.
Gracias.
Marta Muñoz
Mientras leía sentí que yo era Martín. Me reconocí en como las heridas pueden volverse una forma de vivir desde el miedo inconsciente, pero también si estamos dispuestos tenemos la posibilidad de empezar a elegir la vida que realmente queremos.
Leí el libro Attraversiamo de Oscar Mura y habla justamente de ese cruce interno y como podemos comenzar a elegir con más autenticidad.
Patricia Carranza
Es de los más valioso haber leído este Libro De Oscar Mura , para mí fue atravesar esa realidad que no quería ver y aceptar, para una coherencia sana