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La infancia y adolescencia trasladada a una pantalla

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Ansiedad, fragilidad y la silenciosa pérdida de lo humano

Hay una escena que se repite en miles de casas, casi siempre en silencio.

Un niño entra a su pieza, deja la mochila en el suelo, cierra la puerta y se acuesta con el teléfono en la mano. No parece triste. No parece angustiado. Desde fuera, todo está “bien”. Pasa una hora. Dos. A veces tres. Nadie escucha llanto. Nadie pide ayuda. Nadie interrumpe.

Pero algo ocurre ahí dentro.

No es un evento dramático. Es más sutil: una comparación que duele, una imagen que instala inseguridad, un mensaje que no llega, una risa que no incluye, una sensación difusa de no ser suficiente. No hay palabras para eso. Solo un nudo en el pecho y una inquietud que no se va.

Al día siguiente, el niño se levanta cansado. Irritable. Distraído. Los adultos dicen: “está en la edad”, “son las hormonas”, “es flojera”. Y la vida sigue.

Esta reflexión comienza con una pregunta incómoda: ¿qué tipo de mundo emocional estamos entregando cuando la infancia aprende a sentirse observada antes de sentirse sostenida?

Durante generaciones, la infancia fue un territorio de ensayo. Un espacio donde el error no era una amenaza, sino parte del aprendizaje. El juego libre enseñaba sin discursos: a perder sin derrumbarse, a esperar turno, a negociar, a tolerar el aburrimiento, a transformar el miedo en atreverse, ser valiente. El cuerpo era el primer maestro y la experiencia directa, la principal escuela.

Hoy ese entrenamiento se ha ido perdiendo. No por falta de amor, sino por exceso de miedos, mayormente psicológicos. Menos exploración, menos riesgo físico, menos calle. A cambio, apareció una exposición constante, silenciosa y difícil de detectar: la psicológica. La comparación permanente. La evaluación continua. La sensación de estar siempre bajo mirada.

No es que las nuevas generaciones sean más frágiles. Es que el entorno dejó de fortalecerlas. Cuando el juego desaparece, no queda un vacío neutro; ese espacio se llena de ansiedad. No como defecto individual, sino como respuesta coherente a un mundo que exige demasiado y contiene poco.

La ansiedad, en este contexto, deja de ser solo un diagnóstico. Se vuelve una señal. Una alarma que indica que algo esencial no está funcionando bien. Se manifiesta en gestos cotidianos: jóvenes que no logran dormir sin revisar el teléfono, adolescentes que borran una publicación si no recibe aprobación inmediata, niños que aprenden demasiado pronto que el valor personal se mide en reacciones visibles.

Vivimos en una cultura donde la mirada del otro nunca se apaga. Donde la identidad se construye hacia afuera y el reconocimiento reemplaza al sostén. En ese escenario, sentirse ansioso no es extraño. Es predecible. Y aquí aparece una verdad incómoda: no todo malestar se resuelve trabajando solo en uno mismo. Hay sufrimientos que no nacen de la falta de herramientas personales, sino de entornos mal diseñados para la vida humana.

A esto se suma una paradoja inquietante. Nunca habíamos protegido tanto el cuerpo de los niños y nunca los habíamos dejado tan solos en su mundo interno. Evitamos que se equivoquen, que enfrenten conflictos reales, que vivan frustraciones proporcionadas. Pero les entregamos, sin mediación suficiente, sistemas que capturan atención, amplifican inseguridades y convierten la identidad en espectáculo.

Desde fuera, todo parece tranquilo. Desde dentro, muchas veces no lo es. El problema es que este daño no deja marcas visibles. No hay golpes ni gritos. Hay silencios prolongados, autoestima erosionada, cansancio temprano, dificultad para nombrar lo que se siente. Cuidar, hoy, ya no puede reducirse a evitar peligros externos. Cuidar también es proteger los procesos internos de crecimiento, incluso cuando eso incomoda al mundo adulto.

Tal vez la ansiedad que hoy vemos no sea un error que deba corregirse en los jóvenes, sino una señal que interpela a los adultos

Más allá de los síntomas, hay una pérdida aún más profunda: la del sentido. Cuando todo es inmediato, compartible y cuantificable, lo lento se vuelve irrelevante. El silencio incomoda. La espera desespera. La introspección se posterga. El dolor no se elabora; se distrae. La tristeza no se escucha; se tapa.

Muchos jóvenes no saben explicar qué les pasa. Solo sienten un cansancio que no corresponde a su edad. Una dificultad para responder preguntas básicas: quién soy, qué quiero, qué vale la pena, qué me sostiene cuando nadie mira. Esta no es solo una crisis de salud mental. Es una crisis cultural y ética que atraviesa a toda la sociedad.

Aquí aparece la pregunta que preferimos esquivar: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para sostener el mundo que construimos?

Reducir la vida digital en la infancia no es solo una decisión técnica. Implica renuncias adultas: más tiempo presente, más incomodidad, más conflicto real, menos distracción, menos control ilusorio. Implica aceptar que no todo puede ser seguro, medible o eficiente.

Las pantallas no son el enemigo. Son el síntoma más visible de una cultura que reemplazó presencia por estímulo, comunidad por conexión, y acompañamiento por vigilancia. Señalar solo a la tecnología es tranquilizador, pero insuficiente. El verdadero problema es el vacío que permitimos que ocupara.

Tal vez la ansiedad que hoy vemos no sea un error que deba corregirse en los jóvenes, sino una señal que interpela a los adultos. Un llamado de atención que recuerda que el desarrollo humano no ocurre en vitrinas ni en algoritmos, sino en vínculos reales, tiempos lentos y experiencias compartidas.

La pregunta final no es cómo adaptar a los niños al mundo actual.

La pregunta es si estamos dispuestos a transformar el mundo que les entregamos, antes de pedirles que aprendan a sobrevivir en él.

Oscar Mura

Psicólogo · Escritor | Attraversiamo

Acompaña procesos de conciencia y transformación personal. Habita el cruce entre psicología, conciencia y experiencia humana, invitando a atravesar el malestar del presente como un umbral hacia una vida más consciente del si mismo, encarnada y con sentido.

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