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La perspectiva de género post emergencia

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Cada emergencia trae consigo una prisa comprensible: volver a la normalidad. Levantar casas, restablecer servicios, despejar escombros. Pero esa normalidad que tanto añoramos suele ser, paradójicamente, parte del problema. Los desastres no caen sobre territorios neutros ni sobre sociedades iguales. Caen sobre estructuras ya desiguales y, si no se actúa con cuidado, la reconstrucción termina consolidando esas mismas brechas.

La evidencia es persistente: las emergencias afectan de manera diferenciada según género, edad y condición socioeconómica. No por razones biológicas, sino por roles sociales históricamente asignados. Tras un incendio, como el de Trinitarias que afectó a Penco, Lirquén y Tomé, muchas mujeres asumen una carga desproporcionada de cuidados, ven interrumpidos sus ingresos (frecuentemente informales) y enfrentan mayores riesgos de violencia en albergues y espacios precarios, etc. Ignorar estas realidades no acelera la reconstrucción; la vuelve frágil.

Incorporar la perspectiva de género en la reconstrucción post emergencia no debe ser un gesto simbólico. Es una decisión técnica y ética. Técnica, porque permite usar mejor los recursos públicos, diseñando soluciones que realmente funcionan en la vida cotidiana. Ética, porque reconoce que no todas las personas parten desde el mismo lugar cuando el desastre golpea.

Reconstruir viviendas no es lo mismo que reconstruir hogares. Se deben entornos seguros, iluminados, con accesos adecuados y cercanos a servicios básicos. Una calle bien iluminada no es un detalle urbano: es una política de prevención de violencia. Un baño con privacidad y condiciones dignas no es un extra: es infraestructura básica para la dignidad humana. La llamada “infraestructura social” importa tanto como el hormigón y las paredes.

La recuperación económica es otro punto crítico. Las emergencias suelen arrasar con economías locales e informales, donde muchas mujeres concentran su trabajo. Programas de empleo, subsidios y créditos que no consideran esta realidad dejan fuera a quienes más lo necesitan. Reconocer el trabajo de cuidado y apoyar las redes comunitarias no es caridad: es fortalecer la resiliencia del territorio.

Un error recurrente en los procesos post desastre es tratar a las mujeres solo como víctimas. La experiencia demuestra lo contrario. Son ellas quienes organizan ollas comunes, redes de apoyo y cuidados cuando el Estado está muchas veces recién llegando. Excluirlas de la toma de decisiones es desperdiciar el conocimiento más fino del territorio: el de lo cotidiano, lo vivido, lo que no aparece en los planos.

Reconstruir sin perspectiva de género es reconstruir sobre arena. Reconstruir con ella es apostar por comunidades más seguras, justas y preparadas para el próximo desastre

También es en la post emergencia donde aumentan los riesgos de violencia de género. El hacinamiento, la falta de iluminación y la precariedad crean condiciones peligrosas. La reconstrucción debe incorporar desde el inicio medidas de prevención, protocolos claros y acceso real a redes de apoyo. Dejar estos temas “para después” equivale a prolongar la emergencia para una parte de la población.

La reconstrucción post emergencia es una ventana de oportunidad. Es el momento de corregir errores estructurales, no de replicarlos con materiales nuevos. Reconstruir sin perspectiva de género es reconstruir sobre arena. Reconstruir con ella es apostar por comunidades más seguras, justas y preparadas para el próximo desastre, que no será una sorpresa, sino una certeza.

No estamos simplemente reconstruyendo edificios. Estamos decidiendo qué tipo de sociedad emerge después del desastre.

Cristian Pareja Díaz
Ingeniero en Administración
Diplomado en Gestión de Riesgos de Desastres Comunales

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1 Comentario

Juan Carlos Vargas Araneda

Excelente punto de vista de un profesional, señor Pareja permítame felicitarlo por un artículo que proporciona a las personas comunes una vista distinta de una tragedia además de agradecer que comparta sus conocimientos.