Chile necesita renovar la manera de mirar su propia economía. Necesita situarse en un paradigma nuevo, apoyado en una visión ética que movilice el trabajo y el esfuerzo colectivo. Esa visión ética territorial tiene raíces antiguas y nombres diversos en los pueblos que habitan el territorio: los buenos vivires. Para que ese paradigma sea operativo y nos permita repensar y transfomar nuestra economía estándar, necesitamos dos herramientas conceptuales que articulen su crítica y su propuesta. La primera es la economía ecológica, que permite entender por qué la economía estándar —la que aplicamos hoy— está estructuralmente incapacitada para diagnosticar los problemas que padecemos. La segunda es la bioregión o el bio-regionalismo, una unidad territorial definida por límites naturales y por las culturas humanas que se desarrollan con esos límites, que devuelve a la economía su escala apropiada: la del territorio habitado. El siguiente artículo recorre estas dos herramientas resumiendo algunas de sus propuestas, y las aplica al caso chileno a partir de un análisis de un catastro no exhaustivo de los problemas ecológicos del país, y una propuesta discursiva de bio-regionalización para activar nuestra imaginación. Se cierra con una invitación a imaginar una economía ecológica local, articulada a un bioregionalismo situado, capaz de reconciliar a quienes habitan el territorio de Chile consigo mismo y con la biosfera que los sostiene.
La economía ecológica: una herramienta transdisciplinaria para repensar la economía
La economía ecológica no es una variante «más verde» de la economía convencional. Es, en palabras de Froger et al., otra economía, construida sobre una visión preanalítica distinta: la idea de que la economía es un subsistema abierto e integrado en la biosfera, del que depende para su supervivencia. Esta modificación del orden conceptual no es trivial: mientras la economía estándar imagina un sistema cerrado (el flujo circular de rentas y productos entre familias y empresas), la economía ecológica imagina un sistema atravesado permanentemente por flujos de materia y energía de baja entropía —recursos que entran desde el sol, los suelos, los acuíferos, los bosques, por ejemplo— y por flujos de alta entropía que salen en forma de residuos, basura, calor y contaminación (Froger et al., 2016, p. 12).
Hay cuatro principios de la economía ecológica que nos permiten repensar los flujos y las transacciones económicas:
(i) Hay un metabolismo económico y social. Heredera de la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen y de la noción marxista de metabolismo, la economía ecológica estudia los flujos físicos (energía, materiales, agua, nutrientes) que el sistema económico extrae, transforma y devuelve a la biosfera. Comprender el metabolismo de una economía nacional —o una empresa, o un estilo de vida— exige medir esos flujos, no solo los monetarios. Esto se aplica en diversas herramientas que ya hemos visto en el mundo empresarial, pero aisladas de su paradigma, que podemo nombrar como la contabilidad de flujos de materiales, el análisis del ciclo de vida, o en la medida de la huella ecológica o a huella de carbono (Froger et al., 2016).
(ii) La aceptación de la finitud del mundo, de los recursos que hay en ese mundo. Georgescu-Roegen, Boulding —quien opuso la economía del «cow-boy o vaquero» (la colonización de un mundo sin límite) a la economía del «astronauta» (humanidad embarcada en el «la nave planeta tierra» con recursos limitados)— y Daly, con su distinción entre «mundo vacío» y «mundo lleno», articulan un argumento central: hemos pasado de un planeta con capacidad ociosa a un planeta saturado, donde el factor limitante del bienestar humano ya no es el capital producido por el hombre, sino el capital natural crítico —agua dulce, suelo fértil, biodiversidad, estabilidad climática—. La economía ecológica defiende por tanto una sostenibilidad fuerte, o como yo prefiero llamarle, una ecoresponsabilidad fuerte: hay un conjunto de activos naturales insustituibles cuyo stock debe mantenerse intergeneracionalmente, y no es admisible compensar su destrucción con más capital artificial (Froger et al., 2016).
(iii) La incommensurabilidad de los valores. La economía estándar pretende traducir todas las dimensiones de la vida a una única unidad —el precio— para poder agregarlas en un análisis coste-beneficio. La economía ecológica sostiene que esa traducción es éticamente problemática y técnicamente imposible para muchos bienes (la biodiversidad, los paisajes, los modos de vida, los vínculos comunitarios, por ejemplo). Propone por ello evaluaciones multicriterio y deliberación plural, no el reduccionismo monetario (Froger et al., 2016).
(iv) La transdisciplinariedad y la justicia. La economía ecológica incorpora la termodinámica, la ecología sistémica, las ciencias políticas, la sociología, el derecho, la historia y los saberes de los pueblos que habitan los territorios. No reduce lo social a lo económico ni lo económico a lo monetario. Y, especialmente en su rama latinoamericana vinculada a Martínez-Alier y al ecologismo de los pobres, incorpora como eje estructural la distribución del poder, los conflictos socioambientales y la equidad inter e intrageneracional (Froger et al., 2016, p. 20).
La bio-región: el territorio de la economía
Si la economía ecológica pone en cuestión el marco conceptual de la economía estándar, la bioregión le ofrece un lugar. Mathias Rollot (2018), en un artículo sobre los orígenes del concepto, recuerda que los ecólogos fundadores Peter Berg y Raymond Dasmann acuñaron el término en 1977 para «hacer referencia al contexto geográfico tanto como al contexto cognitivo — tanto a un lugar como a las ideas que han sido desarrolladas a propósito de las maneras de vivir en ese lugar». El paysajista Robert Thayer (2003) lo sintetizó así: una bioregión es un life-place, un lugar de vida o un lugar habitable, una región única definible por límites naturales (más que políticos o administrativos), que posee un conjunto de características geográficas, climáticas, hidrológicas y ecológicas capaces de acoger comunidades humanas y no humanas únicas, y donde se desarrollan culturas humanas congruentes con esos límites y potenciales naturales.
La bioregión no es, por tanto, un nuevo límite administrativo, ni una unidad puramente ecológica. Es, en el sentido más fuerte, la escala a la que resulta pensable reconciliar las actividades humanas con los ciclos y límites naturales que las sostienen. Como recuerda el propio Rollot, los biorregionalistas italianos como Giuseppe Moretti lo expresan de manera radical: «nosotros formamos parte de la naturaleza», y por eso «el concepto de biorregión nos informa sobre las maneras más apropiadas de estar en el territorio: dónde sembrar, dónde construir, qué vestimentas confeccionar, qué técnicas utilizar, o cómo dar gracias a la Montaña, al Río, al Bosque, a la Llano fértil, al Mar» (Moretti, 1998, citado por Rollot, 2018).
Esa diversidad no es un obstáculo a una nueva economía ecológica en Chile: es su materia prima
Chile es un caso emblemático para la mirada bioregional. Su extensión de más de 4.300 km de largo y apenas 200 km de promedio de ancho da lugar a una variedad biogeográfica excepcional: desde los salares altoandinos hasta los fiordos patagónicos, pasando por el desierto costero hiperárido, la estepa patagónica, el matorral mediterráneo central y el bosque templado valdiviano. Cada uno de estos sistemas podría constituir, en el sentido de Berg, Dasmann y Thayer, una bio-región con sus límites naturales, sus fuentes de energía, sus ciclos de regeneración, su ecosistema característico y su cultura humana asociada.
Pero Chile no es solo un mosaico biogeográfico: es también un mosaico cultural en el que conviven pueblos originarios con tradiciones éticas propias, con el campesinado mestizo con saberes heredados, con comunidades pesqueras con vínculos territoriales y un mundo urbano crecientemente de grandes urbes desconectadas de los ciclos biofísicos. Esa diversidad no es un obstáculo a una nueva economía ecológica en Chile: es su materia prima. Una economía ecológica chilena, en serio, no puede ser una sola receta aplicada en todo el territorio; tiene que articularse bioregionalmente y las bio-regiones articularse con las otras.
Articular bio-región y buenos vivires
La articulación entre bioregión y buen vivir no es un artificio teórico y puede ser el motor ético de una transformación democrática. La noción de «buenos vivires» —en plural, como propone la literatura latinoamericana reciente— se refiere a un conjunto de concepciones éticas y políticas propias de pueblos originarios y comunidades campesinas de América Latina, que ponen en el centro la vida (no el crecimiento económico), la comunidad (no el individuo aislado), la reciprocidad con la naturaleza (no su dominio) y la complementariedad de los opuestos (no su reducción a categorías dicotómicas) (Ver Torres-Solís y Ramírez-Valverde, 2019).
Los problemas de la economía chilena: ¿hacia un catastro bioregionalmente situado?
Una vez que tenemos las herramientas (economía ecológica) y el lugar (bioregión articulada a buenos vivires), podemos volver al problema de fondo con ojos renovados. Chile no solo enfrenta problemas económicos en abstracto (reparticion de la riqueza o un PIB poco dinámico o un problema de crecimiento reducido como dirían en el Ministerio de Economía o los candidatos a la presidencia): enfrenta problemas ecológico-económicos concretos, anclados a bioregiones específicas, cuya comprensión requiere precisamente las herramientas que hemos presentado.
Lo que muestra un simple catastro de problemas ecológico-económicos basado en los medios es que cuatro patrones saltan a la vista:
La economía estándar no está aumentando la conflictividad social ni el autoritarismo por accidente: fue diseñada para un planeta que ya no existe y necesita imponerse. Sin embargo, las herramientas para repensar nuestra economía ya están disponibles. La economía ecológica, en su sentido transdisciplinario, nos ofrece un marco conceptual potente: una economía re-situada dentro de la biosfera, pensada en términos de flujos físicos y sostenibilidad fuerte, basada en evaluaciones multicriterio y deliberación plural, con objetivos éticos y no solo productivos. La bioregión, en su sentido riguroso, nos ofrece herramientas para repensar el espacio de esa economía: la escala a la que resulta pensable la reconciliación entre las actividades humanas y los ciclos que las sostienen, y a la que los saberes indígenas y campesinos pueden entrar en diálogo fecundo con la ciencia contemporánea. Los buenos vivires, en plural, ofrecen la visión ética nuestra y que se ajusta a nuestros territorios, y que podría movilizar el trabajo y el esfuerzo colectivo: el horizonte de una vida que no se mide por la cantidad de bienes acumulados, sino por la calidad de las relaciones tejidas con el territorio, con la comunidad del presente y con las generaciones que vendrán.
Una versión extensa del artículo con las referencias puede leerse en esta web.
Los contenidos publicados en elquintopoder.cl son de exclusiva responsabilidad de sus respectivos autores.
Te invitamos a conocer nuestras Reglas de Comunidad