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Importancia del espacio geográfico en los conflictos internacionales: Ormuz, solo un ejemplo

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Desde la geografía, el espacio geográfico constituye la base para el análisis y la comprensión de cualquier conflicto, ya sea subnacional o internacional. Es en éste dónde se encuentran las claves relevantes que explican por qué los actores emplazados en el territorio orientan su accionar en determinadas direcciones (historia, identidad, recursos naturales, comercio, otros), ya sea a través de políticas exteriores, estrategias de defensa y seguridad, organismos internacionales (en su dimensión institucional) o decisiones discrecionales (especialmente, cuando los mecanismos institucionales existentes no logran cumplir los objetivos propuestos). Todo ello se encuentra mediado por modelos de desarrollo capitalista —más o menos doctrinarios o ideológicos— que, en múltiples ocasiones, se han buscado exportar o imponer por actores hegemónicos a lo largo de la historia.

El espacio geográfico es, por definición, dinámico y heterogéneo. Esta condición deriva tanto de sus componentes físicos como humanos, los cuales implican la existencia de densidades valóricas, jurídicas y políticas sedimentadas en el tiempo. Esta heterogeneidad y dinamismo reflejan su carácter de producto social en permanente reconfiguración, en función de las correlaciones de fuerza. Dichas correlaciones no son sino la expresión de relaciones espaciales de poder diferenciadas, encarnadas en actores estatales, empresariales, sociales u otros, que interactúan —de forma combinada— en distintas escalas geográficas. Estas relaciones pueden manifestarse tanto en ámbitos lícitos (transparentes y públicos) como ilícitos (narcotráfico, tráfico de armas, trata de personas, entre otros).

En este contexto, la no neutralidad del espacio geográfico —tanto a escala global como local— permite explicar de forma importante, la emergencia de conflictos armados que, históricamente, han configurado los órdenes y códigos geopolíticos que organizan el sistema internacional en distintos momentos (entiéndase por orden, la política mundial y, por código geopolítico, la política nacional, estado por estado). El conflicto, entendido como una conducta inherente a la condición humana, puede degenerar en formas de violencia que atentan contra la dignidad humana, como se observa en los actuales escenarios de Medio Oriente y Europa. En este sentido, la valoración diferenciada del espacio geográfico por parte de los actores del sistema internacional suele ser un factor explicativo central de dicha escalada conflictual.

En la actualidad, se observa con preocupación la articulación estratégica entre Estados Unidos e Israel, donde este último actúa como plataforma de proyección geopolítica en una región clave por sus recursos energéticos. A su vez, Israel mantiene sus propias dinámicas de conflicto en territorios como Gaza, Cisjordania y el Líbano. Frente a ello, emerge una resistencia significativa por parte de Irán, cuyo fortalecimiento en capacidades estatales, políticas y culturales —desde la Revolución Islámica— ha derivado en crecientes niveles de autonomía. Si bien estas capacidades han sido reconocidas por la inteligencia occidental, es plausible sostener que, en el marco de la actual transición del orden internacional, las decisiones adoptadas por los actores involucrados asumieron costos que posiblemente no fueron plenamente prospectados.

En este escenario, la consideración del espacio geográfico resulta fundamental para comprender las posibilidades de intervención. Irán representa la sedimentación de procesos históricos, políticos, sociales y culturales que configuran un verdadero “escudo territorial” frente a presiones externas. Esta densidad histórica, asociada a su identidad persa (convenientemente usada por el relato occidental), contribuye a explicar su capacidad de resistencia frente a los objetivos estratégicos de actores hegemónicos.

El estrecho de Ormuz constituye un caso paradigmático. No es únicamente una expresión de geografía física que articula las relaciones entre Irán, Emiratos Árabes Unidos y Omán, sino que forma parte de un sistema mayor: el Golfo Pérsico. Este espacio, junto con la particular topografía iraní y su trayectoria histórica, configura una estructura geográfica compleja que opera como un “candado” geoestratégico de difícil apertura para las potencias involucradas.

El espacio geográfico constituye la base para el análisis y la comprensión de cualquier conflicto

Asimismo, el estrecho adquiere relevancia sistémica por los flujos energéticos que lo atraviesan, fundamentales para el funcionamiento del sistema productivo global, especialmente en Asia. Esta dependencia energética proyecta sus efectos a escala global, evidenciando cómo un espacio geográfico específico puede incidir en economías distantes. De este modo, su ubicación y situación geográfica —en términos clásicos de la disciplina geográfica— adquieren un carácter estratégico en el contexto de transición del orden internacional.

En consecuencia, las estrategias desplegadas por los actores en este complejo conflictual —que operan en múltiples escalas— parecen no haber calibrado plenamente el uso geoestratégico que Irán podría ejercer sobre este espacio. Esto permite hipotetizar que los procesos de desescalada dependerán, en gran medida, del control, uso y valoración del estrecho de Ormuz por parte de los actores involucrados. A ello se suma la legitimidad que el derecho internacional marítimo otorga a Irán en la gestión de este espacio, sin perjuicio de las tensiones que el mismo Irán puede provocar en su administración presente y futura.

No se trata de un determinismo geográfico, sino del reconocimiento de la relevancia ineludible del espacio geográfico —en su dimensión física y humana— como factor estructurante de los conflictos contemporáneos. En este caso, dicha complejidad se expresa en la interacción entre las condiciones geográficas y los intereses estratégicos de los actores involucrados.

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