Como una cuestión previa tenemos el deber de señalar que la fundación Defendamos la Ciudad está denunciando públicamente el desorden en el manejo de la urbe, siempre proponiendo soluciones realistas, las que, sin embargo, nunca han sido implementadas. Pues bien, el reciente aluvión que golpeó a San Carlos de Apoquindo y la precordillera de Santiago dejó postales devastadoras: calles convertidas en ríos de barro, casas inundadas y el sector paralizado por un corto tiempo. La respuesta oficial suele repetirse como un libreto gastado: «un evento meteorológico inédito» o «la furia del clima». Nos están mintiendo. Lo ocurrido no es un accidente fortuito, sino el resultado predecible de un modelo urbano desregulado que prioriza la especulación inmobiliaria por sobre la seguridad humana y la ciencia.
El origen del problema: 1979 y el abandono de la planificación
Para entender por qué se construye en laderas inestables y quebradas peligrosas, hay que ir al origen de la tragedia: la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 1979, plena dictadura. Fue en este hito histórico cuando el Estado chileno declaró que el suelo urbano dejaba de ser un bien común planificado para convertirse en una simple mercancía regida por la ley de la oferta y la demanda.
Bajo la premisa de la «libertad de mercado», se desmantelaron los criterios de prevención y regulación, tal como se opera en los países civilizados del primer mundo. Desde entonces, el modelo ha funcionado con una lógica perversa:
La anatomía del desastre: De la cabecera a la ciudad
Un aluvión no nace en la calle; se incuba en la cabecera de la cuenca:
Captura regulatoria: Ganancias privadas, pérdidas públicas
El conocimiento sobre riesgos geológicos en Chile existe desde hace décadas. Tras las tragedias de Antofagasta (1991) y Macul (1993), organismos técnicos como Sernageomin y las universidades mapearon en detalle las zonas de peligro. Sin embargo, este conocimiento choca sistemáticamente contra el poder económico local.
Las Direcciones de Obras Municipales (DOM) han carecido de autonomía o capacidad técnica para enfrentarse a los grandes grupos económicos, autorizando construcciones en áreas no aptas. El resultado es una asimetría indignante: las inmobiliarias privatizan las ganancias vendiendo sus inmuebles en la montaña y, cuando la naturaleza reclama su cauce, las pérdidas se socializan. El Estado y las familias deben pagar las emergencias y las costosas reparaciones.
La herramienta olvidada: Distritos de Conservación desde 1962
Lo más trágico de esta crisis es que Chile no necesita reinventar la rueda. Hace más de 60 años, la Ley N° 15.020 de 1962, gobierno de Jorge Alessandri, impulsada junto a la cooperación técnica internacional, creó en su Artículo 55° la figura de los «Distritos de Conservación de Suelos, Bosques y Aguas». La disposición facultaba expresamente al Estado para declarar estas zonas en predios con riesgo inminente de erosión o deterioro hidrológico. Décadas más tarde, la Ley N° 18.378 mantiene vigente esta atribución.
Lo ocurrido no es un accidente fortuito, sino el resultado predecible de un modelo urbano desregulado que prioriza la especulación inmobiliaria por sobre la seguridad humana y la ciencia
Sin embargo, esta figura legal es inoperante, en la práctica, por una omisión técnica: la falta de promulgación de un Reglamento específico que defina su aplicación operativa, sus mecanismos de delimitación y sus atribuciones fiscalizadoras. Entendemos que quienes ejercen el poder político no han tenido el tiempo suficiente para adentrarse en la materia. Al carecer de una reglamentación detallada, la herramienta ha permanecido como una mera declaración de principios en el papel, dejando desprotegidas las cabeceras de cuenca ante el vendaval desregulador que desde 1979 buscó no entorpecer el negocio inmobiliario en la precordillera.
Soluciones de fondo para el territorio
Para transformar de fondo esta realidad, debemos rescatar y actualizar estas soluciones estructurales:
Exigencia pública y el deber ineludible del Estado
Es el momento propicio para que nosotros le hablemos con absoluta claridad al país y le exijamos a nuestras autoridades para que, finalmente, se pongan serias y que eviten justificar la ocurrencia de este desastre, atribuyéndolo exclusivamente a fenómenos climáticos
El Estado tiene el deber constitucional insoslayable de garantizar el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación, velar por el bien común y proteger la vida e integridad física de las personas. Las autoridades existen para servir verdaderamente al conjunto de los chilenos, no para congraciarse con los especuladores ni para refugiarse en “sesudos” diagnósticos complacientes.
La solución no requiere milagros ni discursos vacíos; la herramienta legal existe desde hace 64 largos años y las actuales autoridades tienen la solución en sus manos. Convocar de inmediato al trabajo de los especialistas forestales, hidrólogos y ambientalistas del país para redactar y promulgar el Reglamento de los Distritos de Conservación de Suelos, Aguas y Bosques que dotará a Chile de una herramienta efectiva y de largo plazo.
Saldar esta deuda histórica con una adecuada reglamentación de uso del suelo precordillerano y planificar nuestras ciudades con criterio de cuenca, es la única garantía para proteger la vida y el patrimonio de nuestras comunidades.
Patricio Herman y Mauricio Montecinos
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