Como bien pueden conocer los contertulios, el nacimiento del Estado moderno concuerda con la caída de las monarquías europeas. Al menos a nivel histórico, si bien habían indicios y ejemplos bastante anteriores, en los que el concepto de que necesitábamos o no un suprapoder que nos gobierne mostraba otras vertientes. La conceptualización de Hobbes fue un avance, en que se hablaba de un Estado superpoderoso, pero al servicio de los ciudadanos, y estos con la capacidad de censurarlo. Pero, obviamente, siendo coetáneo a las monarquías absolutas, el poder omnipotente seguía siendo un eje.
Dicho esto, llegamos a todos estos años en que la función del Estado ha ido cambiando y, en particular, ha ido tomando formas según el gobernante de turno. En los últimos lustros, la cosa ya se ha decantado mucho por el lado de un Estado benefactor versus un Estado facilitador. No habiendo una preeminencia de alguno de estos a nivel político, ha habido más bien una cierta tendencia a turnarse el poder. Pero, en la pasada, van creándose instituciones que no pueden ser desmanteladas (derechos sociales, ministerios, etc.), por lo que en realidad los Estados se han ido engrosando, tomando cada vez más roles, que los políticos de turno, ingeniosos, se esfuerzan por crear y luego buscar por todos lados que los gobiernos impulsen, y luego queden enquistados. Creando, obviamente, un Frankenstein que tiene una multiplicidad de objetivos; todo basado finalmente en un sistema impositivo fuerte, que además tiene sus propios objetivos políticos, por sobre los financieros: reducir desigualdades, eliminar externalidades negativas y, muy relevante, transferir recursos a los adherentes.
Ahí nos encontramos entonces con una serie de aduladores del Estado como rector social. En particular, apelando a la ciencia, a la bondad, etc., pero, en el fondo, a usar al Estado para darles un espacio en la sociedad que no son capaces de lograr cuando todos actúan en un escenario libre. Así, los artistas que en un pasado vivían de vender sus obras, o de enamorar a un mecenas, encontraron en el Estado a un proveedor que les permite no tener que convencer a alguien; basta “postular” a ayudas y, mediante la opinión de algún “experto”, se les asignan recursos. En el fondo, les da una independencia para hacer lo que les gusta. Similar ejemplo se da a nivel de las universidades públicas; al recibir fondos basales desde el Estado, pueden disponer de estos para cosas que ellas estimen convenientes, que pueden resultar bien o mal. Y así, muchos otros ejemplos. Pero todos estos se basan en un elemento central: viven de quitarle recursos al resto, los impuestos.
Por todo ello, el sistema impositivo es el corazón del Leviatán. Por ejemplo, cuando hacemos una “vaca” para hacer un asado, todos los que queremos ir nos ponemos de acuerdo; si hay uno que come como sabañón, y hay otro vegetariano, de repente hacemos un pequeño recálculo de la cuota; si hay uno que está en premura económica, nos ponemos de acuerdo el resto para bajar o eliminar su cuota; en suma, hay un proceso de ponerse de acuerdo. Pero no generamos un sistema anónimo en que, primero, vemos quién tiene más y quién tiene menos; quién quisiera que le compren filete y quién gusta más de los choripanes; y luego ese sistema autónomo recauda de todos según su criterio, y luego viene a pagar el asado que cada uno quiere: hay una conexión directa entre lo que todos queremos y lo que aportamos. El que pone poco tiene una suerte de gratitud con los que ponen más y, por lo mismo, no llega al asado a sacar la mitad de la pieza de filete; se genera un espacio en que, si bien todos participamos, se financia entre todos, con ajustes según capacidad de pago y preferencias. Pero, cuando se hace anónimo el ente recaudador, se permite que los solicitantes cometan excesos, y algunos detecten que pueden ir a los asados sin pagar. Y, como cénit de ello, el ingenioso político genera el concepto del “derecho social”, en este caso, a los asados. Con eso se institucionaliza la muralla entre el que contribuye y el que recibe.
En ese sentido, uno empieza a ver vientos en el mundo que están despejando esto, pues la gente no es tonta. Incluso en lugares donde los políticos tratan de vender ayudas sociales (a cambio de votos), cada día hay más personas que logran ver que las cosas no son gratis y que la monserga de que “lo pague el otro” tiene resultados que en el largo plazo les afectan. La lucha de estos políticos por mantener conceptos marxistas, en los cuales hay una “bondad” en quitarle a unos para darle a otros, está siendo derrotada por la realidad; y también, hay que reconocer, por variadas personas que han tenido cierta pedagogía para hacer ver que el Rey va desnudo. La realidad no se puede dibujar continuamente en forma falaz: las cosas hay que pagarlas, entre todos, y si bien esa carga se puede repartir, es necesario que todos estén de acuerdo y no se puede vivir de que otro pague la fiesta: la fiesta se acaba cuando el que la paga ya no quiere ir a la fiesta.
La realidad no se puede dibujar continuamente en forma falaz: las cosas hay que pagarlas, entre todos
Por todo esto, y por ello escribo, me quedó gratamente impresionado la frase que dio el ministro Quiroz al diputado Manoucheri: “el crecimiento no lo hace el Estado”. Sobre todo porque el Estado tiene muchos roles; y no por falta de voluntad: el problema es que es juez y parte en todo, lo que imposibilita que lo haga en forma óptima; si tiene la capacidad de imponerse (por ley), obviamente no participa en los mercados en forma justa; su justicia se vuelve injusticia. Y, tarde o temprano, el resto, al igual que el que ya no quiere pagar el asado, se parará de la mesa.
Finalmente, ojalá la función del Estado se viera como la de un facilitador de la interrelación entre personas (seguridad, defensa); gestionador de situaciones en las que las economías de escala ameritan un fondo común; con ciertas atribuciones temporales para destrabar conflictos; con una capacidad de crecer y decrecer, como estructura, según sea la necesidad. Y, por lo mismo, que el sistema tributario dejase de ser la fuente de alimentación del Leviatán, para que se transforme en algo más parecido a un pez globo, que impone respeto, pero no es agresivo con nadie.
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