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La pedagogía del diálogo: Las niñeces como portadores de saberes

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La presente columna rescata tres conversaciones sostenidas con niños y niñas de 9 y 14 años que participan en una escuela popular de la población Santa Olga, en la comuna de Lo Espejo. Su propósito es reivindicar el valioso acervo de la educación popular y, particularmente, de la pedagogía del diálogo. Entendida como práctica social que escarba pistas en la vida cotidiana de los sujetos con la intención de abrir procesos de aprendizaje y construir puntos de partida para enfrentar discursos hegemónicos históricamente instalados en el sentido común.

Las conversaciones que aquí se describen corresponden a situaciones e instantes surgidos durante la experiencia compartida como educadores populares. En ellas, los aprendizajes y respuestas manifestadas por las niñeces revelan una profunda capacidad reflexiva sobre su propio contexto territorial, así como también sobre temas tan trascendentales como las relaciones amorosas o el significado de seguir siendo niño. Con el fin de resguardar su anonimato, se utilizan nombres ficticios; sin embargo, las calles y lugares del territorio mantienen sus denominaciones originales, pues forman parte esencial de la experiencia narrada.

La pedagogía del diálogo: Las niñeces como portadores de saberes

Actualmente, Chile cuenta con un importante aparato jurídico e institucional orientado a consagrar y resguardar los derechos de niños, niñas y adolescentes (NNA) en todo el territorio nacional. En este marco, destaca la promulgación de la Ley Nº 21.430 sobre Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia, vigente desde 2022, creada con el propósito de contextualizar y resguardar los derechos establecidos en la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CIDN), ratificada por Chile en 1990.

Dentro de este marco normativo, el artículo Nº 2 de la Ley de Garantías establece que “es deber de la familia, de los órganos del Estado y de la sociedad, respetar, promover y proteger los derechos de los niños, niñas y adolescentes” (p. 1). De este modo, la legislación instala el principio de corresponsabilidad y el interés superior del niño como ejes fundamentales de su estructura jurídica. Asimismo, mandata el reconocimiento de las niñeces y adolescencias como sujetos plenos de derechos, capaces de participar y tomar decisiones sobre aquellos asuntos que afectan sus vidas en los distintos espacios donde se desarrollan.

No obstante, la garantía efectiva de estos derechos se juega, finalmente, en una dimensión concreta de la vida cotidiana: ¿quién escucha a las niñeces?, ¿cómo se les escucha?, ¿qué se hace con aquello que dicen? y ¿cómo la sociedad promueve y resguarda estos diálogos? Aunque puedan parecer preguntas reiterativas, mantienen una enorme vigencia política, ética y social, pues remiten a experiencias que continúan afectando la vida de NNA hasta el día de hoy.

Un punto de referencia para comprender la profundidad de estas interrogantes puede encontrarse en los planteamientos de Chiqui González (2024), quien sostiene que uno de los problemas más serios es que las niñeces no son reconocidas como creadoras ni portadoras de saber. Por el contrario, suelen ser concebidas únicamente como sujetos en formación, objetos de intervención, beneficiarios, usuarios o víctimas, invisibilizando su capacidad de ser protagonistas con voz propia. Esta mirada es sostenida y reproducida, en gran medida, por la lógica adultocéntrica arraigada históricamente en los sistemas educativos, culturales y políticos.

En este sentido, la pregunta sobre quién y cómo se escucha realmente a las niñeces la abordamos desde una perspectiva que permite problematizar la negación, subestimación e invisibilización que viven ciertos sujetos sociales respecto de su rol como artífices de la historia: la pedagogía del diálogo. Situar la reflexión en este lente implica reconocer que el diálogo ocurre entre personas portadoras de saberes, quienes intercambian conocimientos construidos a partir de sus propias experiencias de vida cotidiana. En otras palabras, el diálogo supone comprender que los sujetos elaboran reflexiones sobre el mundo desde su experiencia material y territorial, cuestión que otorga densidad política y pedagógica a sus palabras.

En relación con ello, la pedagoga popular y feminista Claudia Korol (2018) sostiene que la pedagogía del diálogo refiere, en primer lugar, a la relación creativa entre la persona educadora y la persona educanda. Cuando dicha relación no existe, se reproduce la lógica de la educación bancaria planteada por Paulo Freire: una forma de enseñanza basada en el depósito unilateral de conocimientos sobre sujetos concebidos como recipientes vacíos, destinados únicamente a acumular contenidos considerados “acabados” o “inalterables”. Bajo esta lógica, se restringe la posibilidad de creación personal y colectiva entre sujetos capaces de producir conocimientos desde sus propias vivencias.

Escuchar a las niñeces desde el sentido común moldeado por una lógica adultocéntrica y bancaria implica asumir, muchas veces, que niños y niñas solo reproducen mecánicamente las tendencias de su entorno. Así ocurre, por ejemplo, con ciertos discursos que sostienen que las niñeces únicamente imitan los mensajes presentes en el denominado “género urbano”. Del mismo modo, suele instalarse la idea de que un niño o una niña poco podrían comprender sobre el amor, el dolor o los vínculos afectivos debido a su supuesta falta de experiencia. Incluso, desde estas miradas, la conciencia sobre la propia niñez solo aparecería una vez atravesada la adultez.

Sin embargo, las conversaciones que aquí se describen muestran algo distinto. Las niñeces no ocupan una posición pasiva como simples recipientes o meros imitadores del mundo adulto. Por el contrario, elaboran interpretaciones, emociones y reflexiones sobre su realidad territorial y afectiva. En sus palabras emerge una capacidad de lectura crítica sobre aquello que viven, sienten y observan, cuestión que muchas veces permanece invisibilizada por las formas tradicionales en que la sociedad adulta decide escuchar o no escuchar a niños y niñas.

1-El video musical de Esteban, 9 años 

Durante una jornada de la escuelita surgió la idea de realizar un video musical para invitar a más niñeces a participar del espacio. Esteban, de 9 años, fue uno de los más entusiasmados, pues ya había participado anteriormente en videos de música urbana, donde incluso en uno de ellos le disparan y lo matan.

Al preguntarle qué le gustaría mostrar en el video, respondió rápidamente: “Tío, en el video tenemos que mostrar unas pistolas”, entusiasmando al resto de niños y niñas. Ningún adulto estuvo de acuerdo con la propuesta, pero en vez de limitarse a negarla, le preguntamos por qué quería incluirlas. Esteban respondió: “Porque las pistolas causan respeto, así nos vemos más choros”. Incluso, ante la negativa de los monitores, insistió: “Ya, pero tíos, aunque sea mostremos una pistola, puede ser de agua si quieren”.

Las niñeces no ocupan una posición pasiva como simples recipientes o meros imitadores del mundo adulto

Finalmente decidimos cambiar la idea del video por otras formas de difusión, como realizar actividades abiertas en la plaza. Al terminar la jornada, acompañamos a Esteban hasta su casa, caminando por calle El Durazno y luego por avenida Eduardo Frei Montalva. Durante el trayecto Esteban nos advirtió: “Tíos, tengan cuidado porque por aquí siempre están robando con pistolas”. Ante ello le respondimos: “¿Ves que las pistolas solo terminan provocando daño a las personas?”. Esteban guardó silencio y siguió caminando.

Antes de despedirse, ya en la puerta de su casa, nos dijo: “Ya sé qué podemos hacer en el video, enseñarle a las personas que las pistolas son malas, porque se usan para robar y matar”.

2- “Aún soy niño”. Jorge, 12 años. 

Dentro de la escuelita era sabido que a Yeri, una niña de 10 años, le gustaba Jorge, un niño de 12. Yeri se encargaba de comentarle a cada monitor cuánto le gustaba Jorge, aunque todavía no encontraba la confianza suficiente para decírselo en persona. Un día, durante una jornada, se acercó un poco afectada y nos dijo: “Le dije a Jorge que me gusta y él solo se rio. Creo que yo no le intereso”. Frente a ello, conversamos con ella sobre la importancia de comprender que en las relaciones de amistad y afecto, nadie está obligado a sentir lo mismo que otra persona, y que aquello no disminuía el cariño ni la amistad que ambos compartían.

Al terminar la jornada, acompañamos a Jorge hasta su casa, ubicada en calle Venus, casi llegando a Américo Vespucio. Durante la caminata le preguntamos: “Supimos que Yeri se confesó contigo, ¿cómo te sentiste después de eso?”. Jorge respondió con tranquilidad: “Sí, me lo dijo hoy día. En verdad Yeri es una niña muy bonita y me cae muy bien, pero yo no estoy listo para esas cosas del amor. Aún soy un niño y quiero preocuparme de las cosas que hacen los niños. Quiero invitar a mis amigos a jugar videojuegos, reírme de cualquier cosa, jugar básquetbol, sin pensar en otras preocupaciones, porque después ya vendrán esas cosas”. 

3- “Eso no sería amor correspondido”. Alejandro, 14 años.

Al finalizar una jornada de la escuelita, invitamos a los niños y niñas a comer completos a la feria de los sábados ubicada en calle Presidente Adolfo López Mateos. Aquella tarde fue especial porque nos visitaron dos hermanos que anteriormente habían participado del espacio: Alejandro, de 14 años, y Alondra, de 16.

Durante la conversación, Alondra comentó entre risas que nunca más le presentaría una amiga a su hermano, porque él la había rechazado. “Mi hermano ahora que es más grande se cree más guapo y cree que puede hacer lo que quiera con las mujeres”, señaló.

Ante sus palabras, le preguntamos a Alejandro qué había ocurrido realmente. Él se acomodó, dejó el completo sobre la mesa y respondió: “No le crean a mi hermana, porque ella no sabe lo que dice. Yo nunca rechacé a su amiga. Lo que pasó es que ella a mí no me gustaba, entonces no quería confundirla”.

Al notar que todos escuchábamos atentamente, continuó: “Lo que pasó es que ella a mí no me gustaba, entonces no quería confundirla. Por eso le dije que no podíamos seguir siendo amigos, porque creo que eso no sería un amor correspondido, y cuando juegan contigo, eso duele mucho”.

En resumen, la pedagogía del diálogo no solo aparece como una herramienta educativa, sino también como una práctica ética y política que reconoce a niños y niñas como portadores de saberes construidos desde sus propias experiencias de vida. Muchas veces, basta con detenerse a conversar durante una caminata por el barrio, compartir un completo en la feria o escuchar atentamente una frase dicha al pasar para descubrir la profundidad de sus pensamientos y emociones. Porque así como poner límites también es un acto de amor y cuidado, escuchar genuinamente a las niñeces constituye un acto de reconocimiento, dignidad y humanidad.

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