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“Shock and Awe” en política

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El «Shock and Awe» (Impacto y Pavor) es una doctrina militar fundamentada en el uso de una fuerza abrumadora y demostraciones de poder espectaculares para paralizar la voluntad de lucha del adversario. Esta estrategia, aplicada por Estados Unidos durante la invasión de Irak en 2003, trasciende hoy lo bélico para posicionarse como una amenaza geopolítica constante contra naciones que desafían la hegemonía occidental.

En el plano de la política interna, esta lógica resulta igualmente eficaz. La ejecución de maniobras institucionales disruptivas ante una oposición debilitada o fragmentada permite neutralizar las defensas contra los «proyectos insignia» del poder de turno. Esta táctica, al combinarse con la maniobra comunicacional «Flood the Zone» (Inundar la zona) —que satura la agenda pública con un volumen inmanejable de noticias y declaraciones—, logra desplazar el foco de atención ciudadana. El resultado es un manejo de agenda que obliga a la opinión pública a discutir una «Variable A» distractora, mientras la «Variable B» —el peligro real— avanza sin contrapesos ni fiscalización efectiva.

La convergencia de ambas estrategias alcanzó su cúspide con el ascenso de liderazgos de derecha populista, como el de Donald Trump. Aquí, el shock político se apoya en la posverdad y las fake news, herramientas diseñadas para anular la capacidad de razonamiento basado en hechos. En este escenario de confusión deliberada, la indignación emerge cuando los proyectos gubernamentales desmantelan ayudas sociales o mercantilizan derechos fundamentales, reduciendo drásticamente la calidad de vida de la población.

Ante una oposición desorganizada, la reacción natural de la ciudadanía es el copamiento del espacio público. No obstante, cuando la protesta se vuelve norma, la respuesta estatal tiende a escalar hacia la represión, emulando la crisis vivida en Chile durante el Estallido Social de 2019. En aquel entonces, la ausencia de liderazgos claros fue capitalizada por sectores conservadores para resignificar demandas legítimas bajo conceptos peyorativos como «octubrismo» o «estallido delictual», deslegitimizando el malestar de fondo.

De repetirse un escenario de indignación masiva, la respuesta institucional está hoy más preparada para la contención que para el diálogo. El Estado posee la experiencia acumulada y el marco legal para declarar Estados de Excepción Constitucional, con un Congreso mayoritariamente alineado, estas facultades permiten: restringir las libertades de reunión y locomoción, proceder a la requisición de bienes y limitar el derecho de propiedad y adoptar medidas extraordinarias de carácter administrativo para el «restablecimiento de la normalidad».

El resultado es un manejo de agenda que obliga a la opinión pública a discutir una "Variable A" distractora, mientras la "Variable B" —el peligro real— avanza sin contrapesos ni fiscalización efectiva

Este despliegue operacional, secundado por una narrativa mediática que etiqueta al manifestante como «enemigo interno» o peón de «agentes externos», busca adormecer la voluntad colectiva a través del miedo y la criminalización.

Bajo este diseño, un gobierno que busque imponer leyes controversiales, pero ideológicamente centrales tendrá vía libre para ejercer el poder. El éxito de esta fórmula radica en una masa social reprimida y catalogada como delictiva, enfrentada a una oposición que, por falta de rostros y articulación, se vuelve incapaz de defender los derechos adquiridos frente al avance del capital.

Dejando al pueblo sin derechos sociales (si no posees el dinero para ello), desorientada, sin representantes claros y con miedo de levantarse.

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