Cuando una experiencia vivida hace más de medio siglo se recuerda, muchas veces nos confundimos; no se tiene claro si se vivió realmente, se leyó en una novela o se vio en el cine. Vivimos aquel momento sin darle la importancia que los años se encargan de otorgarle, como si se le cubriera con una pátina que la engrandece al punto de hacerla parecer ajena. Y esto fue lo que me tocó vivir a mis 19 años, a bordo de una nave de la Armada de Chile.
Agosto de 1973. La inteligencia naval detecta que un grupo de marinos embarcados ha estado reunido con el presidente del Partido Socialista de Chile, Carlos Altamirano Orrego, en Viña del Mar y Santiago. Estos marinos quieren que el presidente Allende sepa que dentro de la oficialidad se está gestando un golpe y que ellos están dispuestos a tomar algunas naves y así apoyar al gobierno legítimo. La historia relata que Altamirano se opuso a la idea, al igual que Garretón, y solo a Miguel Enríquez, del MIR, le entusiasmó.
Ese es el contexto histórico; mi historia es esta.
Las guardias en una unidad se dividen en tres. Por ejemplo, si un barco tiene 180 tripulantes, cada guardia, o turno, tiene 60 tripulantes.
Una tarde invernal de agosto de 1973, en Valparaíso, cuando solo estábamos un tercio de la tripulación y los dos tercios restantes de franco, el capitán anuncia que zarparemos a la brevedad a Talcahuano, con solo la tercera parte de la tripulación. Se puede; todo está diseñado para navegar con esa escasa tripulación, siempre que cada uno tome su puesto y, en lo posible, el de otro. En mi caso —y esta es la parte amable que toda historia siempre tiene— quedé encargado de la amasadora y mi gran amigo hasta el día de hoy, S.P., de hornear los panes.
El inesperado zarpe no era zafarrancho: se trataba del traslado de prisioneros, marinos como nosotros. Una docena de camaradas que se habían reunido con Altamirano. Fueron llevados desde una barcaza y subidos a bordo en medio de golpes, groserías, terribles acusaciones y violencia que nunca habíamos presenciado; era un castigo por sus conductas “subversivas” y también un mensaje claro y rotundo para todos los que observábamos en temeroso silencio.
Era un castigo por sus conductas “subversivas” y también un mensaje claro y rotundo para todos los que observábamos en temeroso silencio
Y zarpamos, en medio de una mar rizada que sacaba la hélice a superficie, zarandeando hasta la última cuaderna. Pero la tormenta que hacía “cabecear” a la nave, hundiendo hasta la cubierta su filosa proa, no nos preocupaba, pues nuestra atención —y compasión— se concentraba en los gritos de aquellos marinos golpeados una noche entera en la bodega de popa, castigados por sus propios camaradas, por sus vecinos en poblaciones navales, quizás por algún “carreta”, compañeros desde la Escuela de Grumetes o compadres. Todo este inhumano castigo hasta la madrugada, cuando recalamos en Talcahuano, donde a esos pobres camaradas les esperaban infames interrogatorios y torturas que muchos de ellos se han encargado de contarnos en relatos estremecedores.
Hoy, 53 años después y, como digo al inicio de estas líneas, esa vivencia me parece extraña, ajena, algo imposible de aquilatar en su momento y en toda su dimensión por un adolescente menor de edad, pues hay que recordar que la mayoría de edad en ese tiempo era a los 21 años.
No pude dejar de contar esta historia en el Mes del Mar, donde todo se nos presenta heroicamente y color de rosa, o mejor dicho, azul marino, el azul del uniforme que vestí en tiempos convulsos en una institución que, a pesar de todo, nunca he dejado de amar, y fervorosamente desde niño hasta hoy, en la recta final de mi vida. Una institución marcada también por historias dolorosas que no deben olvidarse.
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