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La falta de ética en internet: un iceberg que transforma la humanidad

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A modo de reflexión.

Hace 27 años, en una entrevista con la BBC, David Bowie advertía sobre el poder disruptivo de internet: «No creo que hayamos visto ni la punta del iceberg. Creo que el potencial de lo que internet va a hacer a la sociedad, tanto bueno como malo, es inimaginable». En 2026, esas palabras resuenan con claridad profética. Internet, ese vasto océano digital sin filtros éticos inherentes, ha moldeado nuestra humanidad de formas inimaginables. No es un defecto técnico, sino una elección colectiva que amplifica lo mejor y lo peor de nosotros, impactando la psique colectiva, las relaciones humanas y la verdad misma.

El daño es especialmente grave en niños y jóvenes en formación. En Chile, más del 50% de los adolescentes reporta distress emocional por redes sociales, y cerca del 30% muestra síntomas de depresión o ansiedad con más de 3 horas diarias en plataformas, según la Universidad de Chile. Casi la mitad de los niños de 9-19 años accede a internet varias veces al día, fomentando adicciones, ciberacoso y exposición a contenidos tóxicos. Trágicamente, los suicidios adolescentes han aumentado —alrededor de 5.800 casos entre 2000-2018, con ~80% en el grupo de 15-19 años—, en parte vinculados al acoso online. Esta distorsión cognitiva y emocional se agrava por la falta de regulación, dejando a menores expuestos a chantaje o reclutamiento extremista.

El núcleo del problema son los filtros éticos ausentes: plataformas diseñadas para maximizar engagement priorizan clics sobre veracidad o bienestar. Algoritmos, que premian lo sensacionalista, impulsan la desinformación. Durante la pandemia de COVID-19, conspiraciones se viralizaron más rápido que hechos científicos, contribuyendo a la hesitación vacunal y muertes evitables, según la OMS. Este «efecto cámara de eco» polariza sociedades: en elecciones como las de EE.UU. 2020 o Brasil 2022, la manipulación sin ética derivó en violencia real, desde el asalto al Capitolio hasta disturbios callejeros.

Pero el daño trasciende la política; erosiona la empatía humana. El ciberacoso anónimo destruye vidas: en Chile, numerosos casos de adolescentes —principalmente entre 14 y 17 años— han culminado en suicidios tras campañas de bullying masivo y exposición a contenidos autodestructivos recomendados por algoritmos de Instagram y TikTok, un problema profundo que exige acción inmediata. La pornografía ilimitada y deepfakes redefinen intimidad y consentimiento. En un mundo donde la IA genera imágenes falsas de figuras públicas, la confianza en lo real se desvanece. Bowie tenía razón: lo «malo» es inimaginable porque ataca nuestra identidad. Jóvenes expuestos a influencers tóxicos desarrollan ansiedades crónicas; adultos, adicciones que consumen hasta el 25% de su tiempo despierto en pantallas.

La ética como brújula esencial

La ética debe ser el eje rector: un conjunto de principios morales que guíen decisiones individuales, empresariales y regulatorias

Para sobrellevar el mal uso de internet, la ética debe ser el eje rector: un conjunto de principios morales que guíen decisiones individuales, empresariales y regulatorias. No se trata solo de reglas punitivas, sino de un marco proactivo basado en empatía, transparencia y responsabilidad compartida. Por ejemplo, el principio de «no maleficencia» —no hacer daño— obligaría a algoritmos a filtrar contenidos tóxicos antes de viralizarlos, como propone la Carta Ética de IA de la UNESCO (2021, actualizada 2026). En Chile, la Ley 21.643 de Ciberseguridad (2025) exige a plataformas reportar abusos contra menores, pero necesita fortalecerse con educación ética obligatoria en colegios, similar al modelo finlandés que reduce desinformación en un 40% entre jóvenes. Empresas como Meta ya prueban «nudges éticos» —alertas que pausan scrolls adictivos—, demostrando que priorizar el bienestar genera lealtad a largo plazo. Individualmente, cultivemos «alfabetización ética»: verificar fuentes, empatizar antes de compartir y desconectarnos conscientemente. Solo así transformamos el iceberg en un faro.

El potencial «bueno» de internet coexiste, pero exige filtros éticos proactivos y una acción colectiva inmediata. Regulaciones como el DSA (Digital Services Act) en Europa ya obligan a plataformas a transparentar algoritmos, eliminar odio rápido y proteger menores con verificaciones de edad. En Chile, programas como «Escuelas Conectadas» del Mineduc integran educación digital desde primaria, enseñando a detectar fake news y gestionar emociones online, con resultados prometedores en pilotajes 2025. Además, diseños de plataformas innovadores —como límites diarios automáticos para menores en TikTok o penalizaciones por deepfakes en X— priorizan el bienestar sobre ganancias. A 27 años de la visión de Bowie, no reflexionemos con fatalismo, sino con urgencia constructiva: ¿seguiremos navegando a ciegas este iceberg, o forjaremos una ética digital compartida —entre gobiernos, empresas y familias— que preserve nuestra humanidad y libere su verdadero potencial transformador?.

FUENTES: 
UNICEF: Impacto de la tecnología en la infancia (2025).
UChile: Redes en niños y adolescentes (2025).
Maipo Salud: Exceso tecnología en niños.
SciELO: Suicidios adolescentes Chile.
MINSAL: Ciberacoso y suicidios juveniles en Chile (2022-2026).
Mineduc: Escuelas Conectadas.
UNESCO: Carta Ética IA (2026).
Ley Chile 21.643 + Estudio Finlandia.

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