La literatura y el cine de ficción están plagados de mundos indeseables. De distopías que extreman la realidad creando sistemas sociales en que nadie quisiera vivir. Nadie de los sufrientes, seamos honestos. Porque los vencedores los habitan sin remordimiento. Vengan de donde vengan, tengan el color que tengan.
En algunos escenarios se maximiza la opresión, la uniformación y el control, estatal o corporativo, donde la tecnología juega un rol fundamental. Ahí están Blade Runner (basado en Sueñan los androides con ovejas eléctricas), 1984, Brazil.
En otros, impera anárquicamente la ley del más fuerte -violencia de por medio- luego del colapso de las instituciones. Se compite por recursos (agua, alimentos, combustible y/o energía). En este listado íconos son Mad Max, The Book of Eli, Waterworld (que aunque no es un clásico, al menos aporta al concepto).
En 2025 lanzaron Nuremberg, que relata el juicio a los jerarcas del régimen nacionalsocialista alemán. Y poco antes publicaban y emitían The Boys, sátira de un mundo semi gobernado por una gran corporación para la que trabajaba una tropa de superhéroes liderada por The Patriot, una especie de Supermán conservador, narcisista, mentiroso y sádico.
Y como guinda, El cuento de la criada. Una serie de seis temporadas que comenzó en 2017, cuyo sustento es la obra de 1985 de la canadiense Margaret Atwood. Simplificando, la trama nos habla de un Gilead (país post Estados Unidos) autoritario y conservador liderado por hombres, donde gran parte de las mujeres son usadas como sirvientas, tanto para labores domésticas como de procreación, violación institucionalizada mediante. Las que no cumplen tales roles pueden fungir de severas institutrices o, si pertenecen al estrato social superior, esposas. Y quienes no encajan (o tienen la osadía de revelarse) son sometidas a trabajos forzados. O ajusticiadas.
Una verdadera distopía.
Su autora ha dicho que su obra no es solo ficción. Que ya ha ocurrido antes. Baste leer la historia: el legitimado acoso infantil femenino, la sexualización de la mujer por el mercado, las prácticas del Bloque Soviético, lo que hoy ocurre en ciertos países islámicos como Afganistán, Irán y Arabia Saudita.
¿Y cómo estamos por casa? Bien, pero ni tanto.
Es lo que está en juego cuando hablamos de retrocesos sociales y culturales, que pavimentan el camino hacia distopías que así van ganando legitimidad
El artículo 1.749 de nuestro Código Civil instituye que cuando la pareja quiere unir sus patrimonios mediante sociedad conyugal, por defecto en ésta “el marido es jefe… y como tal administra los bienes sociales y los de su mujer”. Más adelante señala que “como administrador de la sociedad conyugal, el marido ejercerá los derechos de la mujer que siendo socia de una sociedad civil o comercial se casare”.
Desde 2008, un proyecto de reforma busca la administración igualitaria, como ocurre en el mundo económico. La iniciativa duerme el sueño de los justos. O de los injustos, más bien.
Hace treinta años se eliminó la facultad del marido de querellarse penalmente contra su mujer si esta cometía adulterio, lo que no era facultad en caso contrario. Y el derecho a voto femenino en elecciones municipales llegó en 1934, mientras que para las generales en 1949. Hace menos de 80 años.
Cambios en un puñado de generaciones. Que, por tanto, no están, necesariamente, inscritos en el ADN de la sociedad chilena.
Es lo que está en juego cuando hablamos de retrocesos sociales y culturales, que pavimentan el camino hacia distopías que así van ganando legitimidad.
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