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La soledad del cosmos: la filosofía más allá de Artemis II

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La misión Artemis II no es solo un triunfo de la ingeniería y astronomía. Es, ante todo, un recordatorio de nuestra existencia-en-el-cosmos. Mientras cuatro astronautas orbitaban la luna, extendiendo el terreno del conocimiento científico, el resto de nosotros observamos que nuestra existencia se siente cada vez más aislada. Existe una tensión poética en el hecho de que, cuanto más lejos llegan nuestros telescopios y naves, más huérfanos de compañía parecemos estar.

La mayoría de la comunidad científica coincide en que, estadísticamente, es casi imposible que seamos la única manifestación de vida en un universo de miles de millones de galaxias. Pero, al mismo tiempo, las distancias en el espacio son insalvables. El profesor José Masa suele recordarnos que, incluso si enviáramos una nave a la velocidad de la luz —un límite físico hoy infranqueable—, tardaríamos siglos en llegar a cualquier lugar mínimamente interesante. Estamos lejos, estamos solos.

Lo que hace esta apreciación aún más dramática es la teoría de la expansión acelerada del universo. No solo estamos lejos de otras posibles civilizaciones, sino que nos vamos alejando de ellas a cada segundo. El tejido del espacio —por decirlo de algún modo— se estira, empujando a las demás galaxias fuera de nuestro horizonte divisable. Si el destino del universo es este, el futuro no es un encuentro de culturas galácticas, sino un alejamiento eterno hacia la incomunicabilidad. Esta es la paradoja a la que asistimos.

Visto así, el (nuestro) destino físico es el aislamiento; sin embargo, es precisamente en este escenario de soledad donde la filosófica reclama su lugar más alto.

Para comprender nuestra situación, volver a leer a Martin Heidegger es imperativo. El pensador alemán nos enseñó que el ser humano no es un objeto que «está» en el espacio, o que posee tal o cual condición, sino que se vivencia como un ser-en-situación. De esta manera, toda nuestra actualidad está inmersa en este cosmos mudo y expansivo. La soledad que experimentamos ante las imágenes de la misión Artemis no es simplemente un dato que emana de nuestros sentidos, se trata más bien de una disposición del alma que nos revela algo fundamental: somos seres que «importan». Mientras las galaxias se alejan ciegamente, el humano vivencia ese abandono en un mundo sombrío, lleno de materia oscura — y al cual no acordó con nadie su llegada pues simplemente fue arrojado— como un mundo-por-significar, lo que demuestra, curiosamente, que no pertenece del todo a la inercia de la materia. De otro modo, el vacío no angustia a las estrellas; solo angustia a quien tiene la capacidad de habitar el mundo con sentido.

No somos el centro geográfico del cosmos, pero sí somos su centro antropológico

Sin embargo, para que este pasar no sea insoportable, la teoría del personalismo de Karol Wojtyła ofrece una interpretación maravillosa. Para el otrora Papa, el ser humano no es un «qué» (un puñado de átomos o un grano de arena estadístico), sino un «quién». La dignidad de la persona radica en ser el único sujeto capaz de transformar la «soledad cósmica» en una «soledad original» que se interpela a sí misma —o, como diría Kierkegaard, una relación que se relaciona consigo misma—. En su antropología, el hombre es el centro del mundo posible porque es el único capaz de reconocer y contemplar la belleza en medio del silencio estelar.

Artemis II nos llevó de vuelta a la Luna, pero su mayor legado no será hacernos mirar afuera, sino todo lo contrario. La ciencia nos confirma, una vez más, que somos físicamente insignificantes, pero la filosofía nos recuerda que somos una excepción —entre otras posibles— que rompe el silencio del universo. No somos el centro geográfico del cosmos, pero sí somos su centro antropológico: el lugar donde el universo deja de ser solo espacio y tiempo para convertirse en historia, proyecto y dignidad. En nuestra soledad, somos el milagro que le da voz al vacío.

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