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Plan Andinia: la vieja conspiración antisemita que volvió a las redes

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El llamado Plan Andinia sostiene que existe un supuesto proyecto judío o sionista destinado a apoderarse de territorios de la Patagonia argentina y chilena para establecer allí un segundo Estado judío. No existe evidencia documental que demuestre ese proyecto. Su permanencia durante décadas revela una función más profunda: mantener vigente la idea de que los judíos constituyen un poder oculto capaz de controlar territorios, gobiernos y acontecimientos.

La genealogía de esta teoría está documentada. Sus antecedentes aparecen en los años sesenta dentro de ambientes nacionalistas y neonazis argentinos y posteriormente fue difundida por Walter Beveraggi Allende. En Chile, Miguel Serrano, conocido por sus posiciones antisemitas y negacionistas del Holocausto, desarrolló la idea de una supuesta operación para arrebatar la Patagonia a Argentina y Chile. Una de las estrategias para mantener el mito consiste en tomar un hecho verdadero y convertirlo en prueba de una conclusión falsa. Theodor Herzl sí mencionó Argentina en 1896 como una posibilidad para establecer un territorio donde los judíos perseguidos de Europa pudieran encontrar un hogar. Pero esa referencia no demuestra un proyecto secreto para conquistar la Patagonia. En el Congreso Sionista de Basilea de 1897, el movimiento estableció como objetivo la creación de un hogar para el pueblo judío en Palestina.

La versión contemporánea ha incorporado a jóvenes israelíes que recorren Sudamérica después de cumplir su servicio militar. Según la teoría, no serían turistas, sino soldados realizando tareas de reconocimiento para una futura ocupación. Durante los incendios de la Patagonia en 2026, las redes volvieron a utilizar esa narrativa para vincular a israelíes y al supuesto plan con los siniestros. Que algunos incendios hayan podido ser provocados es un asunto de investigación criminal; eso no demuestra una conspiración judía. El mecanismo recuerda una historia más antigua: durante siglos, los judíos fueron utilizados como explicación de epidemias, crisis económicas y transformaciones sociales. El antisemitismo moderno convirtió esas acusaciones en discursos políticos, nacionalistas y raciales, hasta alcanzar su expresión genocida bajo el nazismo.

Hoy el prejuicio puede aparecer bajo palabras como “sionista” o “Israel”. Criticar las políticas del Gobierno israelí o las decisiones de Benjamin Netanyahu no constituye por sí mismo antisemitismo. El problema aparece cuando la crítica recupera estereotipos sobre los judíos como colectivo, les atribuye responsabilidad por las acciones de un gobierno, los presenta como parte de una conspiración mundial o niega exclusivamente al pueblo judío un derecho que reconoce a otros pueblos. No toda persona que se define como antisionista es antisemita; pero cuando “sionista” comienza a utilizarse como sinónimo de “judío” y reaparecen las acusaciones sobre dinero, poder y dominación mundial, el lenguaje político simplemente está actualizando el prejuicio.

La mentira no necesita desaparecer para sobrevivir: necesita cambiar de lenguaje

Aquí Hannah Arendt aporta una herramienta de análisis. En Eichmann en Jerusalén, desarrolló el concepto de la “banalidad del mal” al estudiar cómo Adolf Eichmann podía participar en una maquinaria criminal refugiándose en órdenes y lugares comunes, sin ejercer un juicio crítico sobre aquello que hacía. No se trata de comparar a un usuario de redes con un criminal nazi, sino de preguntarnos qué ocurre cuando la repetición sustituye al pensamiento. Una persona puede leer que hay israelíes en Patagonia, después que compran tierras, luego que existen incendios y finalmente que todo forma parte del Plan Andinia. La repetición produce una apariencia de corroboración aunque ninguna publicación demuestre la conspiración.

El Plan Andinia importa porque muestra cómo una vieja estructura de odio puede adaptarse al lenguaje político y tecnológico del presente. Una teoría nacida en ambientes antisemitas puede regresar como supuesto análisis geopolítico; un turista israelí puede convertirse en supuesto agente secreto y un incendio en prueba de una conspiración. La mentira no necesita desaparecer para sobrevivir: necesita cambiar de lenguaje. Cuando una sociedad deja de preguntarse si una acusación es cierta y comienza a aceptarla porque la ha visto repetida miles de veces, la conspiración ya ha convertido el prejuicio en una forma aparentemente normal de interpretar la realidad.

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