La lluvia no ha parado en días, y eso me sirve. El barro cubre los rastros y el olor mantiene alejadas a algunas de las cosas pequeñas, las que todavía se arrastran como si no terminaran de decidir en qué convertirse. Me instalé en esta casa hace semanas, si es que todavía se le puede llamar casa. El techo filtra, las paredes están hinchadas de humedad y el aire adentro tiene ese peso de lo que ya no se ventila nunca más.
El gato se mueve mejor que yo en este lugar. Lo dejo hacer. A veces le tiro ratones vivos que encuentro en las trampas del sótano, y lo observo mientras juega con ellos antes de matarlos. No lo hace por hambre. Lo hace porque puede. Yo tampoco intervengo. Hace tiempo dejé de pensar en esas cosas como algo que deba corregirse.
Han pasado diez años desde la higuera. Diez años desde que abrí algo que no entendía y que nunca debí tocar. Al principio creí que podía limpiar todo, que bastaba con quedarme y enfrentar lo que saliera. Me tomó tres años darme cuenta de que lo que había cruzado no era una sola cosa, ni un grupo, ni una plaga común. Eran fragmentos de algo más grande, pedazos de un lugar que no debería tocar este mundo, pero que ahora lo hace, a ratos, en zonas donde la realidad se afloja.
Lo que maté en el campo no era el final. Era lo que alcanzó a pasar primero.
La daga me tomó casi el mismo tiempo. No fue algo que planeara desde el inicio; fue necesidad. El tronco de la higuera no se pudría como el resto de la madera. Lo corté cuando todo ya estaba perdido y lo fui trabajando poco a poco, sin herramientas adecuadas, sin saber realmente si iba a servir para algo. Pero el material respondió distinto. No cedía como la madera común, y cuando finalmente logré darle forma, supe que no era solo un objeto.
Con esa cosa sí se pueden terminar.
No siempre es limpio, pero funciona.
El gato levantó la cabeza antes que yo escuchara el golpe en la puerta. No fue fuerte, apenas un roce, como si quien estuviera afuera no quisiera llamar la atención. Me quedé quieto, esperando el segundo intento. Llegó unos segundos después, igual de débil.
No pregunté quién era. Abrí.
El hombre que estaba afuera no parecía herido, pero tampoco estaba bien. Tenía los ojos demasiado abiertos y la ropa húmeda, como si llevara horas caminando bajo la lluvia sin darse cuenta. Miró primero al gato, luego a mí, y finalmente hacia el interior de la casa, como si buscara confirmar algo.
—Sé lo que hay aquí —dijo sin saludar—. Lo he visto en otros lugares.
No lo invité a pasar. Entró igual.
Se movía rápido, pero no con decisión, sino con esa urgencia de quien siente que si se detiene, algo lo alcanza. Bajó al sótano sin que yo se lo indicara, como si ya hubiera estado antes en una casa igual a esta, o en una peor. Lo seguí sin prisa, con la daga en la mano, más por costumbre que por miedo.
—No están en todas partes —empezó a decir mientras caminaba—. Se concentran. Hay zonas donde no entran, pero cada vez son menos. Yo los he visto cambiar. Al principio eran torpes, ahora no. Ahora esperan.
No respondí. No necesitaba que me explicara nada. Cuando llegamos al fondo del sótano, el gato ya estaba ahí, quieto frente a una de las paredes. No había nada visible, solo humedad y grietas, pero su postura no dejaba dudas. El hombre también lo sintió. Se quedó en silencio de golpe, como si alguien le hubiera puesto una mano en la boca.
Entonces ocurrió. La pared respiró.
Arriba, la lluvia seguía cayendo igual que antes. Y eso era lo peor de todo
No se abrió ni se rompió; simplemente cambió, como si la superficie dejara de ser sólida por un instante. De ahí salió la forma, primero como una sombra mal definida y luego como algo más concreto. La máscara apareció antes que el cuerpo: blanca, con forma de conejo, torcida en un lado, como si hubiera sido colocada a la fuerza. Debajo, lo que la sostenía no terminaba de encajar en una estructura humana.
El hombre retrocedió de inmediato.
—No… no es de los pequeños —dijo, y en su voz ya no había urgencia, sino miedo claro.
Yo no me moví hasta que el gato avanzó un paso. Fue suficiente. La cosa dejó de fluctuar y se fijó en este lado, incompleta, pero presente. Ese es el momento que hay que aprovechar. Si dudas, se va. Si se va, vuelve después peor.
No esperé a que hiciera nada.
Me acerqué directo y clavé la daga donde debería haber estado el pecho. La resistencia no fue física, fue otra cosa, como atravesar algo que no decide si es materia o recuerdo. La máscara se inclinó hacia mí, y por un segundo sentí esa cercanía que no tiene que ver con distancia, sino con invasión. No me detuve.
Empujé más. La forma se contrajo, como si algo desde dentro quisiera sostenerla, y luego cedió. No hubo sangre. No hubo sonido claro. Solo una especie de ruptura seca, como tela vieja desgarrándose, y después nada. La pared volvió a ser pared.
El hombre seguía atrás, respirando con dificultad.
—¿Ya está? —preguntó, sin acercarse.
Limpié la daga contra la madera húmeda, aunque no había nada visible en la hoja.
—Esto —le dije— es lo que alcanzó a salir.
No le expliqué más.
El gato volvió a su lugar, como si nada hubiera pasado.
Arriba, la lluvia seguía cayendo igual que antes. Y eso era lo peor de todo.
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