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El treile, despojo del territorio y la memoria

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A modo de reflexión.

Recorriendo el camino por el límite entre la Sexta y Séptima Región, en medio de uno de esos senderos interiores olvidados, me topo con un treile muerto. En dos segundos, capto su posición: la cabeza pegada al pavimento, como en un gesto final de entrega hacia la tierra. El ave endémica de Chile, Vanellus chilensis, conocida como treile por su chillido agudo que rasga el aire, parece condensar en su figura una tensión mayor entre territorio, vida y despojo. Se dice que de ese grito viene su nombre, y de allí, en un eco ancestral, el del país mismo: Chile.

Este pájaro es ferozmente territorial. Pone sus huevos a ras de suelo, en nidos expuestos, y los defiende con intensidad frente a zorros, rapaces y al avance humano. Sin embargo, hoy yace inmóvil, su plumaje opaco contra el asfalto, víctima de un despojo silencioso. Carreteras que se expanden como venas de concreto, monocultivos que reemplazan humedales y urbanizaciones que fragmentan bordes silvestres erosionan su hábitat. El treile no muere solo por hambre o por depredadores; perece también por el olvido de su memoria territorial, esa sabiduría instintiva que lo ata a la tierra.

El despojo no es solo físico, sino también simbólico y cultural. Así como el treile protege su descendencia hasta el último aliento, los pueblos originarios y las comunidades rurales han custodiado estos suelos por generaciones. Hoy, el extractivismo minero, las plantaciones forestales y el cambio climático no solo depredan nidos: también alteran formas de vida, identidades y memorias colectivas. En este sentido, la pérdida ecológica no puede entenderse separada de la pérdida histórica. Como ha señalado Arturo Escobar, la crisis ambiental es también una crisis de los modos de habitar e imaginar el territorio.

La imagen del ave muerta sobre el camino es, por tanto, una escena de mayor alcance: representa la fragilidad de un país que avanza muchas veces a costa de sus propios vínculos con la tierra. Su muerte es también un lamento por la descendencia perdida: huevos pisoteados, territorios cercados, memorias pavimentadas. Y aquí la observación de Nelson Caucoto adquiere un valor crítico: “Porque, al fin y al cabo, la dictadura nos cambió todo; la percepción de la vida y la muerte, los valores, lo ético y lo moral. Nos cambió la forma de vida, la percepción del mundo, incluso la historia y el futuro del país”. Esa afirmación permite comprender que el despojo no terminó con un período histórico, sino que se prolonga en formas materiales y culturales que siguen organizando la vida social.

La lectura de Gilles Lipovetsky resulta útil para profundizar esta experiencia. En La era del vacío, el autor describe una modernidad marcada por el debilitamiento de los grandes relatos, el predominio de la individualización y una subjetividad expuesta al consumo, la dispersión y la apatía. Desde esa perspectiva, el deterioro del territorio no puede separarse de una cultura que tiende a volver invisible lo que no produce rentabilidad inmediata. El paisaje se vacía de espesor histórico y se transforma en superficie utilitaria. El ave muerta, entonces, no es solo un accidente biológico: es también el síntoma de una cultura que ha aprendido a convivir con la pérdida sin interrogar sus causas.

Zygmunt Bauman, por su parte, ofrece otra clave interpretativa con su noción de sociedad líquida, caracterizada por vínculos frágiles, instituciones inestables y una vida social cada vez más precaria. En ese contexto, el territorio deja de ser una pertenencia compartida para convertirse en un espacio disponible para la circulación del capital, la movilidad de los proyectos y la sustitución permanente. Lo que antes se entendía como comunidad se vuelve provisional; lo que era memoria común se fragmenta; y lo que era cuidado del entorno se reemplaza por una lógica de uso rápido y desecho. El treile muerto sobre el pavimento expresa precisamente esa condición: un ser territorial despojado por un orden social que ya no aprende a permanecer.

Nietzsche, en El ocaso de los ídolos, invita a desconfiar de las certezas heredadas, de las verdades petrificadas y de todo aquello que se impone como moral indiscutible sin pasar por el examen crítico. Su advertencia resulta pertinente para pensar el progreso entendido como dogma. En nombre del desarrollo, muchas veces se naturaliza la destrucción del entorno, como si la expansión vial, la producción intensiva o la urbanización fueran fines evidentes e incuestionables. Pero Nietzsche permite invertir la pregunta: ¿qué valores sostienen ese progreso y a qué costos humanos, ecológicos y simbólicos se impone? Desde esta perspectiva, la muerte del treile no es un hecho aislado, sino un índice de los ídolos contemporáneos que organizan la vida social sin admitir discusión.

Este problema exige, además, una reflexión crítica sobre la educación básica y media en Chile. Con frecuencia, la escuela continúa organizada bajo lógicas que privilegian la memorización, la obediencia y la reproducción de contenidos por sobre la formación ética, ecológica y territorial. En ese esquema, la infancia y la adolescencia aprenden poco sobre el vínculo entre vida cotidiana, paisaje y responsabilidad colectiva. La educación, que debería ofrecer herramientas para comprender el entorno y transformarlo críticamente, termina muchas veces adaptándose a un modelo que naturaliza el despojo. Así, la escuela no solo transmite conocimiento: también puede reproducir una sensibilidad que separa al sujeto de su territorio y lo vuelve incapaz de percibir la pérdida.

Esta ausencia de una formación más profunda no es menor. Cuando la escuela reduce la experiencia del territorio a contenidos aislados, priva a los estudiantes de comprender que la crisis ecológica también es una crisis de sensibilidad histórica y política. No se trata solo de aprender nombres de especies o clasificaciones biológicas, sino de entender que cada fragmento del paisaje está atravesado por relaciones de poder, por decisiones productivas y por formas de habitar que dejan huella. Sin esa comprensión, la naturaleza aparece como un fondo pasivo y no como una trama viva de vínculos, memorias y disputas.

De ahí que el despojo del treile pueda leerse también como una metáfora del país. Un país que pierde especies pierde, al mismo tiempo, lenguajes, orientaciones y modos de pertenencia. La extinción no es únicamente la desaparición de un organismo; es también la interrupción de una continuidad entre generaciones. Cuando un ave que ha habitado por siglos el mismo suelo desaparece de manera silenciosa, lo que se erosiona es la posibilidad de reconocer en el territorio una herencia común. Y cuando esa herencia se debilita, la comunidad se vuelve más vulnerable a la indiferencia y al olvido.

El ave muerta, entonces, no es solo un accidente biológico: es también el síntoma de una cultura que ha aprendido a convivir con la pérdida sin interrogar sus causas

En ese punto, la reflexión de Lipovetsky sobre la saturación del presente adquiere una resonancia particular. Si la vida contemporánea se organiza en torno a la inmediatez, el consumo rápido y la distracción permanente, entonces aquello que requiere tiempo —como el cuidado del territorio, la transmisión de memoria o la formación ética— tiende a quedar relegado. Bauman, por su parte, permite observar que la fragilidad de los vínculos no solo afecta a las personas, sino también a la relación entre sociedad y naturaleza. En una modernidad líquida, incluso el paisaje corre el riesgo de transformarse en mercancía transitoria, disponible para ser usado y luego abandonado.

Por eso, pensar en el treile no es un ejercicio romántico ni meramente naturalista. Es, ante todo, una forma de leer críticamente las consecuencias de un modelo de desarrollo que avanza sin integrar límites ecológicos ni responsabilidades históricas. Nietzsche advertía contra la obediencia a valores vacíos y contra la aceptación de verdades que se presentan como absolutas sin haber sido examinadas. Hoy esa advertencia alcanza también al discurso del progreso, tantas veces asumido como destino y no como construcción política. Preguntarse por el treile es, entonces, preguntarse por los ídolos contemporáneos que justifican el deterioro del territorio en nombre de una promesa que no siempre se cumple.

En última instancia, el treile caído junto al camino no es solo una imagen de muerte animal: es una advertencia sobre la clase de país que estamos permitiendo construir. Su cuerpo inmóvil sobre el asfalto concentra una verdad incómoda: cuando el territorio se fragmenta, cuando la memoria se debilita y cuando la educación deja de formar conciencia crítica, el despojo deja de ser una excepción y pasa a convertirse en paisaje.

Por eso, hablar del treile es hablar de nosotros mismos. De nuestra relación con la tierra, con las especies que nos acompañan y con las formas de vida que hemos ido desplazando en nombre del progreso. También es hablar de una escuela que no puede limitarse a transmitir información, sino que debe enseñar a mirar, a cuestionar y a cuidar. Si la educación básica y media no incorpora una comprensión profunda del territorio, de la ética y de la historia compartida, seguirá reproduciendo sujetos capaces de adaptarse al deterioro, pero no de resistirlo.

La imagen del ave en el camino obliga a pensar que toda pérdida ecológica es también una pérdida moral y política. No se trata únicamente de conservar una especie, sino de defender una manera de habitar el mundo donde la vida no sea subordinada por completo a la rentabilidad, la velocidad o la indiferencia. Allí donde el treile cae, cae también una advertencia sobre el tipo de civilización que estamos aceptando sin discutir.

Si queremos que el país no siga siendo pavimentado sobre sus propias memorias, necesitamos una transformación más profunda que la mera gestión ambiental. Hace falta una educación que reencante el vínculo con el territorio, una ética pública que reconozca los límites del extractivismo y una sensibilidad colectiva capaz de ver en cada cuerpo despojado una forma de violencia histórica. Solo así el silencio del treile dejará de ser un signo de derrota y podrá convertirse en una llamada urgente a recuperar lo que todavía estamos a tiempo de salvar.

Como canta Pink Floyd, “All in all, you’re just another brick in the wall”. Pero precisamente ahí reside la urgencia de romper ese muro: para que la escuela, la sociedad y el país dejen de normalizar el despojo y vuelvan a escuchar la memoria viva de su territorio.

Fuentes
Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida
Lipovetsky, Gilles. La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo.
Nietzsche, Friedrich. El ocaso de los ídolos.
Pink Floyd, “Another Brick in the Wall (Part II)”.

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1 Comentario

Veronica

Que interesante analisis desde la perspective de un ave simbolo de la parte mas vulnérable de la sociedad chilena y del mundo. Alas que ya no dan vuelo, suelo que ya no nutre, agua que ya no corre, ser vivo abandonado al borde del camino, en otras latitudes abadonado del mar o del acojo de los hombres en sociedad.