Un recuerdo que siempre vuelve es el de mi tío abuelo —el esposo de mi tía abuela— sentado en la mesa de madera de la cocina, con el vaso de vino en la mano y la mirada fija en algún punto de la pared. Juraba que había visto al diablo. Según contaba, una noche venía por el sendero que cruzaba el sembradío de sandías cuando un caballo blanco apareció entre la neblina baja del campo. Sobre el animal iba un hombre vestido completamente de negro, con un sombrero de copa tan alto que parecía cortar la luna. El desconocido se acercó sin prisa, levantó un bastón y con la punta le tocó la frente. Entonces —decía— su cuerpo se elevó del suelo como si fuera una hoja y comenzó a flotar en el aire, arrastrado por la oscuridad del camino.
Desapareció dos o tres días. Cuando volvió, mi tía abuela lo encontró tirado cerca del mismo sembradío de sandías. Él repetía que no recordaba nada más, que después del bastón todo había sido un vacío negro. Yo siempre pensé que aquello tenía más que ver con su alcoholismo que con cualquier aparición infernal. En el campo de la zona de Rancagua la noche es demasiado profunda, demasiado silenciosa; las sombras pueden hacerle creer cualquier cosa a un hombre que ha bebido demasiado. Aquí no hay luz eléctrica en los senderos ni ruido de ciudad que acompañe la madrugada. Solo alguien muy valiente —o muy tonto— camina por esos caminos cuando el sol se ha ido.
Pero yo tenía diez años, y las historias, cuando se escuchan a esa edad, se quedan como semillas en la cabeza. Con los años seguíamos oyendo relatos parecidos en la radio vieja de la panadería del pueblo, mientras comprábamos panes dulces después de la escuela. Lo extraño era que algunos vecinos juraban haber visto lo mismo: un hombre vestido de negro, un caballo claro, y sobre todo ese sombrero de copa. Ese detalle me intrigaba. En el campo, el sombrero de copa lo usaban los grandes hacendados, los dueños de los fundos. Tal vez por eso la gente imaginaba al diablo como un patrón oscuro: un hombre rico, distante, poderoso, como si la maldad tuviera siempre tierras y cercos.
Una noche, ya adolescente, me hice una pregunta que cambiaría todo: si el diablo realmente aparecía en esos caminos, ¿por qué no ir a buscarlo? Decían que los hacendados se hacían ricos porque habían pactado con él. Y yo no quería quedarme pobre en esa tierra de polvo y cosechas inciertas. Así que empecé a salir de la casa cuando todos dormían. Caminaba por los senderos del campo envuelto en la oscuridad total, escuchando apenas el ruido de los grillos y el crujido de las plantas secas. Lo hacía cada noche, como si estuviera buscando la única oportunidad de escapar de la pobreza rural.
Una de esas madrugadas avanzaba entre las sandías y los melones cuando sentí una respiración caliente en la nuca. Pensé que era un perro salvaje, tal vez un puma del monte. Pero cuando me volví, lo que vi no se parecía a ningún animal que hubiera visto en libros o dibujos. La criatura estaba cubierta de escamas oscuras, tenía cuernos retorcidos y un solo ojo enorme que brillaba en la noche. Sobre su lomo no iba un jinete como los hombres montan caballos; parecía más bien que del cuerpo del animal nacía otro cuerpo, otro ser, una figura humana deformada que se levantaba sobre él como si ambos fueran la misma cosa.
—Este sí es el diablo —murmuré.
Corrí. Corrí aplastando sandías, tropezando con las hojas húmedas de los melones, sintiendo detrás de mí el peso de la criatura. El campo entero parecía sacudirse bajo mis pies. La persecución terminó cuando llegué al borde de una acequia profunda. No tenía hacia dónde escapar. Me di vuelta, con el pecho ardiendo, y lo enfrenté.
—Quiero que cumplas mi deseo —le dije.
El ser se detuvo frente a mí. Su único ojo me observó sin parpadear. El rostro animal y el otro rostro que emergía sobre él parecían examinarme con una paciencia antigua, como si yo fuera algo pequeño, algo que apenas merecía ser recordado. Esperé una respuesta, una voz, una promesa. Pero no dijo nada.
Lo último que recuerdo es ese silencio.
Lo último que recuerdo es ese silencio
A la mañana siguiente desperté flotando en el río. El agua fría me arrastraba lentamente hacia la orilla mientras la gente del pueblo me miraba desde el puente. Salí desnudo, cubierto de barro y hojas, sin saber cómo había llegado hasta allí. Algunos se persignaron. Otros se rieron. Nadie me preguntó qué había pasado, y yo tampoco supe explicarlo.
Pero incluso hoy, cuando vuelvo a caminar por los senderos del campo en las noches más oscuras, todavía siento a veces esa respiración caliente en la nuca. Como si algo siguiera buscándome entre los sembradíos, como si aquella noche no hubiera terminado del todo.
Y cuando pienso en mi pobreza, en las cosechas perdidas, en los años que pasan iguales unos a otros, me dan ganas de intentarlo otra vez.
Tal vez hoy.
A las doce de la noche será la Noche de San Juan.
Y ahí estará la higuera.
Dicen que en esa hora exacta la tierra se abre un instante y que quien se atreve a esperar bajo sus ramas puede escuchar el idioma de Satanás.
Si logro entenderlo —si logro resistir— quizás también aparezca la flor de la higuera.
Esa que solo florece una vez en la oscuridad… y que puede cambiar la suerte de un hombre para siempre.
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