La noche de San Juan siempre fue mencionada en el campo con una mezcla de fe y miedo. Los viejos decían que esa madrugada el mundo se abría apenas un instante, como una puerta mal cerrada entre lo visible y lo que permanece oculto. Yo había escuchado esas historias toda mi vida, pero nunca las había tomado en serio. Hasta aquella noche en que corrí entre las sandías y sentí la respiración de la criatura detrás de mí. Desde entonces algo cambió.
Si aquello existía —si esa cosa era real— entonces también debía existir Dios. Esa fue la primera conclusión que me vino a la cabeza con los años. Porque el mal nunca aparece solo. Siempre arrastra detrás la sombra de su contrario. Y si Dios existía, pensé, tal vez todavía podía redimirme. Tal vez bastaba con pedir perdón por mis pecados para ser aceptado otra vez. Pero si no era así… si el mundo estaba realmente abandonado a fuerzas antiguas… entonces no tenía nada que perder.
La pobreza en el campo tiene una forma lenta de corroer la fe. No es un golpe, ni una tragedia repentina. Es algo que se instala poco a poco, como el polvo sobre los muebles viejos. Una mala cosecha, otra sequía, un invierno largo. Y un día uno se descubre pensando en cosas que antes parecían imposibles. Pensando, por ejemplo, que tal vez el diablo sí escucha cuando lo llaman.
Por eso volví a caminar hacia la higuera.
No era un árbol cualquiera. Crecía apartada de los sembradíos, cerca de una quebrada donde la tierra se volvía negra y húmeda incluso en verano. Decían que a medianoche, durante la Noche de San Juan, la higuera florecía por un instante. Una flor imposible, pequeña como una estrella, que quien lograra tomarla obtendría poder sobre su destino. Pero también decían otra cosa: que nadie que la arrancara volvería a ser el mismo.
Cuando llegué al lugar ya había gente.
No muchos. Cinco o seis figuras repartidas bajo las ramas oscuras del árbol. Nadie hablaba. Algunos miraban el suelo; otros observaban el cielo como si esperaran una señal. Todos sabíamos por qué estábamos ahí. La pobreza tiene muchas formas, pero una de ellas es el silencio compartido entre quienes ya no creen en los caminos normales.
Uno de los hombres rompió finalmente el mutismo.
—Dicen que la flor aparece justo a las doce —murmuró—. Y que solo uno puede tomarla.
Nadie respondió. Pero pude sentir algo moverse entre nosotros, algo parecido al hambre.
El viento comenzó a soplar entre las ramas de la higuera. Las hojas se agitaron con un sonido áspero, casi como si el árbol respirara. Y entonces ocurrió.
En medio de la oscuridad, entre las raíces, apareció una luz.
Era pequeña. Del tamaño de una uña. Pero brillaba con una claridad que parecía venir de otro mundo. La flor de la higuera.
Durante un segundo nadie se movió. Fue un instante suspendido, como si el tiempo se hubiera detenido. Después todos avanzaron al mismo tiempo.
Hubo empujones. Un golpe seco. Alguien cayó. Otro sacó un cuchillo. No recuerdo exactamente cómo ocurrió, solo sé que mis manos llegaron primero a la tierra húmeda. Sentí el tallo frágil de la flor entre los dedos y lo arranqué antes de que alguien pudiera detenerme.
El grito que escuché detrás de mí no era humano.
La pobreza tiene muchas formas, pero una de ellas es el silencio compartido entre quienes ya no creen en los caminos normales
Corrí.
Corrí con la flor apretada contra el pecho hasta llegar a la casa abandonada donde guardaba la caja. Era una caja pequeña, cubierta de cruces talladas y símbolos antiguos que un viejo del pueblo me había vendido años atrás. Decía que las letras estaban escritas en una lengua muy vieja, tal vez hebreo o arameo. No lo sabía con certeza, pero aseguraba que servían para contener cosas que no debían andar sueltas.
Abrí la caja. Cuando la flor tocó el interior, el aire de la habitación cambió.
No hubo explosión ni relámpago. Fue algo más sutil. Como si el mundo hubiera exhalado un aliento antiguo que llevaba siglos retenido. Sentí un frío recorrerme la espalda y, por un instante, tuve la certeza de que algo más se había abierto junto conmigo.
Esa noche soñé.
No fue un sueño común. Fue una especie de visión, un paisaje imposible donde el cielo estaba lleno de ruedas de fuego y criaturas que giraban sobre sí mismas. En medio de ese lugar apareció una figura que no era del todo humana. Tenía múltiples rostros superpuestos, como si cada uno perteneciera a una edad distinta del mundo. Sus ojos no miraban hacia afuera, sino hacia dentro de mí.
Comprendí su nombre sin que lo dijera.
San Juan.
No el santo de las estampas, ni el profeta de las iglesias. Algo más antiguo, más cercano a las visiones terribles que los hombres apenas podían describir. Una entidad de la noche que llevaba su nombre porque esa noche le pertenecía.
—La puerta ha sido abierta —dijo sin mover los labios.
Entonces vi lo que había ocurrido realmente cuando guardé la flor. No solo había tomado poder. Había liberado algo.
En el sueño observé cómo las grietas del mundo comenzaban a llenarse de criaturas que no habían caminado sobre la tierra desde hacía siglos. Seres que aguardaban en silencio bajo la piel del tiempo, esperando que alguien cometiera exactamente el error que yo había cometido.
Desperté antes de que la visión terminara. La caja seguía cerrada sobre la mesa. Pero ahora, cuando apoyé la mano sobre la madera, sentí algo que antes no estaba allí. Un latido. Lento. Profundo. Antiguo. No supe si venía de la caja… o de mí.
Y en algún lugar, muy lejos, escuché nuevamente aquella respiración que años atrás me había perseguido entre los sembradíos.
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