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Tarjeta roja para la democracia en el mundo

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Hace pocos días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que se eliminara la tarjeta roja que el jugador estadounidense Folarin Balogun obtuvo en el partido contra Bosnia y Herzegovina. La FIFA, para sorpresa del mundo, aceptó la solicitud del mandatario. 

“¡Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia! Presidente DONALD J. TRUMP”, publicó el presidente en su perfil de la red social Truth Social el domingo.

No es el acto más grave del mandatario, estamos hablando de la misma persona que intentó anular elecciones, que desplegó al ICE para detener personas migrantes en campos de concentración y que ha desmantelado sistemáticamente instituciones democráticas. Pero este episodio tiene algo que lo hace especialmente revelador: ocurrió frente a los ojos del mundo entero, en un evento global, con una regla que todos conocen. El presidente de un país poderoso levantó el teléfono y de repente, la tarjeta roja –castigo básico e incuestionable del fútbol– dejó de aplicarse. Si el autoritarismo puede doblar las reglas incluso aquí, en el escenario más visible del planeta, ¿qué nos dice eso sobre lo que ocurre donde nadie mira?

Y también, ¿cómo se explica enarbolar discursos de “mano dura” pero a la vez pedir excepciones con los amigos, con los cercanos, con los familiares, con “la gente como uno”?¿Cuántos otros ejemplos de la misma estructura conocemos, donde las personas poderosas se sienten tan intocables que creen que pueden hacer cualquier cosa ya que nadie puede enfrentarles?¿Somos capaces de dimensionar la gravedad de acostumbrarnos a estas “anécdotas”?

Hace pocos días, leíamos en las noticias sobre el caso de un hombre, amigo de poderosos, que fue captado conduciendo a más de 200 km/h pero salió libre de inmediato y con licencia en mano. 

Hace algunos años se creó de forma exprés una ley que permite a carabineros abusar de su poder y saltarse las normas, asumiendo que siempre actúan con legitimidad y trasladando la responsabilidad de probar lo contrario a las víctimas o a las familias de estas, en los casos de las personas asesinadas. Se trata de la Ley Naín Retamal.

Quienes defendemos la justicia y los derechos humanos nos enfrentamos a este tipo de situaciones a diario, los ejemplos lamentablemente nos sobran. 

Hoy vivimos en un país que cae en lo mismo: habla incansablemente de la “mano dura” pero esquiva las reglas según su interés. Un país donde se propone quitar beneficios sociales si rayas una pared pero ofrece indultos si matas, violas y torturas como cómplice de una dictadura. Un país que, por cierto, se acerca a una tendencia autoritaria regional y mundial. 

Las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Se erosionan lentamente, excepción tras excepción

No importa si es que la justicia se tuerce en el deporte, en la economía o en la política: lo que preocupa, por un lado, es la señal de impunidad de la que gozan las personas más poderosas, que paradójicamente son las mismas que se llenan la boca hablando de seguridad, de mano dura contra la delincuencia, de zanjas y de registros de vándalos y, por otro lado, que anécdota a anécdota, anuncio a anuncio, nos vayamos acostumbrando a la injusticia y a la impunidad, normalizando los privilegios. 

Las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Se erosionan lentamente, excepción tras excepción. Cada privilegio concedido a un poderoso parece menor cuando se observa de manera aislada. Pero la suma de esas excepciones termina destruyendo la idea más importante de todas: que todos debiéramos ser iguales ante la ley.

Por eso vale la pena prestar atención incluso a episodios como este que, a primera vista, podrían parecer anecdóticos. Cuando una regla deja de ser una regla porque alguien suficientemente poderoso consigue modificarla, lo que está en juego nunca es solo esa decisión puntual. Lo que está en juego es el principio mismo de igualdad.

Resistir el avance del autoritarismo consiste precisamente en impedir que los poderosos puedan cambiar las reglas a su antojo y, de paso, afectar nuestras libertades. Defender una tarjeta roja, una sentencia judicial o una regla administrativa puede parecer un gesto pequeño pero, en realidad, es defender la idea de que ninguna persona está por encima de las normas que rigen nuestras sociedades. 

Por Rodrigo Bustos Bottai, director ejecutivo de Amnistía Internacional Chile

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1 Comentario

Tehehd9ik

Esto es una muestra de cómo funcionan las cosas…

Quien tiene poder lo usa a su supuesta conveniencia…

Así lo hacen también organismos de derechos que defienden a los asesinos de dictaduras comunisto-desfalcadoras del Estado, o creadoras de pobreza, o que pretenden destruir la prosperidad de los países y quieren hacer de ellos unas tumbas del neoliberalismo, para lo que destruyen el empleo cargando de impuestos a quien paga a un trabajador, añadiendo jueces que imponen para defender las cosas malas que hacen y a los malos que las hacen…

… HOY POR HOY ESTAMOS VIVIENDO UN SO GREIT TÈMPORAL, justo el día en que se celebra a una forma imaginaria de adoración que tiene mucha arraigo en la población chilena, y esa es la adoración a imágenes que Dios prohibió construir y adorar…

Parecemos una nación castigada, de difícil supervivencia… Otros están peor, como Venezuela y sus propias imágenes y brujerías; peor que ellos Haití, más brujos, más hechos que destruyen a la nación…

Hace poco fuimos castigados por unos zurdos desfalcadores que admiran a esas personas extranjeras que adoran imágenes y usan brujería, y resultan malos, resultan desfalcadores, ladrones, mentirosos, corruptos, algunos con tarjeta roja por antidemócratas, tal como el Comandante Maduro de Camila Vallejo a quien le agradeció su ayuda para hacer mierda a Chile el 18 diez…

La mayoría de la comandancia de los países es corrupta, algunos como el INDH por ejemplo defienden malos y los auxilian; otros como Bachelet defienden a los 50 mil presos que provocó Bukele diciendo que allí se violaban derechos humanos, pero, ella nunca reclamó por los miles de asesinados por esos «jóvenes” asesinos y corruptos con otra tarjeta roja…

Usted gobierna y se roba el dinero de los pobres y también se ganó su tarjeta roja…

Usted defiende a los malos y se ganó su tarjeta roja…

Usted adora imágenes y hace toda clase mal, ya se ganó su tarjeta roja…

No solo la pendejada de las democracias que se inventa el señor de la columna merece una tarjeta roja…

Le recomiendo al autor revisar si merece una tarjeta roja la institución que representa, y su propia persona…

Y no es que esté lanzando la primera piedra, pero, acabo de ver volar una con tarjeta roja…