Las banderas de colores que la izquierda colgó con tanta soberbia en los balcones de La Moneda nunca fueron un escudo; fueron una cortina de humo. Hoy, con los datos de la Encuesta Web Diversidades del INE sobre la mesa, el progresismo chileno se quedó sin narrativa. Ese relato buenista de la «conquista de derechos» se desmorona ante una realidad brutal: el 85,4% de la población LGBTIQA+ en Chile declara haber sido discriminada, un 74,2% ha sido víctima de violencia psicológica y más de la mitad (50,7%) ha sufrido agresiones en los mismos colegios y liceos que el Estado debía proteger.
Pero lo más indignante no son las cifras, sino la cobardía metodológica que el propio INE confiesa: el estudio es una encuesta web, voluntaria y no probabilística. Es decir, en pleno 2026, tras años de retórica inclusiva y ministerios con perspectiva de género, el Estado chileno sigue siendo incapaz de contar a las diversidades en el Censo o en la Casen. Las sigue tratando como un gueto estadístico, un grupo de nicho que debe autoidentificarse en un link de internet porque el progresismo gobernante no tuvo los pantalones para institucionalizar su existencia.
Este desastre tiene nombres y apellidos. Es la consecuencia directa de una izquierda de cafetín que prefirió la comodidad del eslogan y la complacencia discursiva antes que dar las peleas estructurales. Mientras fueron gobierno, se dedicaron a administrar la ilusión del avance cultural, tomándose selfis en las marchas del Orgullo mientras dejaban la Ley Zamudio convertida en un adorno inútil, costoso y reactivo. Evitaron reformar la educación con una Ley de Educación Sexual Integral (ESI) robusta para no ganarse problemas con la Iglesia y los sectores conservadores, apostando a que el matrimonio igualitario bastaba para tapar el sol con un dedo.
Esa indolencia, disfrazada de moderación estratégica, pavimentó el escenario de terror que enfrentamos hoy. La izquierda asumió que el piso civil estaba asegurado y dejó el flanco totalmente abierto. ¿El resultado? Un colectivo históricamente vulnerado que hoy se encuentra completamente desamparado y a merced de la agenda neoconservadora del Partido Republicano.
Hoy la cancha legislativa la maneja una extrema derecha que viene a desmantelar los pocos programas de acompañamiento de género existentes, secundada por el Partido de la Gente (PDG) y los sectores bisagra de la política nacional. Para estas colectividades populistas, desprovistas de cualquier convicción en derechos humanos, la dignidad de una persona trans o el derecho a no ser agredido de una lesbiana o un gay no son principios; son monedas de cambio. Son el botín de negociación que le entregan a la derecha dura a cambio de un voto en seguridad o una reforma tributaria.
La encuesta del INE no es un logro que el oficialismo pueda colgarse en su balance de gestión; es la autopsia de su fracaso. Mientras la izquierda se conformó con el aplauso fácil de las redes sociales, la periferia real siguió poniendo los muertos, los intentos de suicidio y el trauma de la violencia familiar (60,2%). Entregaron las banderas sin haber peleado el territorio, y hoy, con el conservadurismo golpeando la puerta, la población LGBTIQA+ en Chile confirma la peor de las sospechas: que para el progresismo, sus vidas solo fueron útiles mientras sirvieron para la campaña electoral.
La encuesta del INE no es un logro que el oficialismo pueda colgarse en su balance de gestión; es la autopsia de su fracaso
Frente a este panorama desolador, esperar que los mismos partidos que administraron la desidia vengan hoy a salvarnos es, además de ingenuo, una condena al fracaso. La respuesta al avance neoconservador no va a salir de una oficina en Providencia, ni de un documento de bancada, ni de las negociaciones de pasillo de un Congreso entregado al cálculo transaccional. Si la institucionalidad nos dejó a la intemperie, la única salida posible es volver al origen.
Es el momento de activar un llamado de alerta y unidad, pero uno real, libre del virus de la complacencia partidaria. Necesitamos una articulación que nazca desde las bases, desde las organizaciones territoriales, de las asambleas de la periferia, de las colectividades trans que levantan ollas comunes y de los espacios autogestionados que sí saben lo que es protegerse cuando el Estado apaga la luz.
La resistencia al veto de Republicanos y al oportunismo del PDG se construye tejiendo redes de apoyo mutuo en las poblaciones, en los liceos y en los lugares de trabajo. Si el INE tuvo que depender de la autogestión web de miles de personas para visibilizar la violencia, usemos esa misma fuerza para blindarnos colectivamente.
Ya no nos quedan ilusiones institucionales que perder, pero nos queda la calle, la memoria y la comunidad. Ante un poder político que nos usó como moneda de cambio y una extrema derecha que nos quiere de vuelta en el clóset, la única garantía de supervivencia es que nos encuentren organizados, de pie y en la base. El orgullo se defiende peleando, no negociando.
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