La noche está helada, más que nunca, y estoy congelado, aun llevando tres prendas bajo el pesado y húmedo chaquetón. El frío vaho que emano se confunde y entrelaza con la niebla que baja del bosque haciendo que mi visión no abarque más allá de pocos metros.
¿Y si algún saboteador se protege tras esta cortina invernal y dispara contra mí? Él no tendría por qué saber que no comulgo con esta causa, aunque con casco, fornituras y cargando un gran fusil ametralladora cruzado sobre mi pecho, a la distancia no cabe duda para nadie: soy parte del conjunto de sátrapas que han derrocado al presidente y asesinado por decenas a pobladores.
Custodio la línea férrea por donde llegan y se van los obreros de la maestranza naval, aquella que provee piezas de repuesto a las vetustas naves que a duras penas navegan por el bravo Pacífico, y si algún grupo quisiera sabotear el tren, sin duda yo sería el primer objetivo para sus propósitos, pues soy su vigilante.
Cada veinte pasos o el largo de un carro, me inclino para ver si hay alguien agazapado a la espera de caer sobre mí, aunque en esta noche de tinieblas quizás no sería necesario esconderse tras una estructura, pues la neblina forma una enorme guarida donde cualquiera pasaría inadvertido hasta estar a tres metros sin yo notarlo. Tampoco sería necesario que me atacaran con un disparo que alertara a todos: un buen puñal haría un trabajo silencioso.
Tengo 19 años. Me gusta y conozco la Historia, y sé que no sería el primer joven que muere a temprana edad, millones lo han hecho por una causa, buena o mala, pero esta no es mi causa, ni mi “guerra contra el comunismo”, como la llaman los descerebrados que nos gobiernan.
Estoy solo de paso en este lío, no soy de carrera, solo un conscripto que vino a “servir” por 10 meses y deberá quedarse por 24, y solo por estar mi buque en reparaciones debo hacer estas guardias en tierra.
Pero seré honesto: los meses antes del golpe de septiembre fueron buenos, casi maravillosos. Me encantaba mi uniforme de marinero resaltando (modestia aparte) mi aspecto, muy diferente al “común de la marinería”. Navegando desde Arica a Corral, recalando en cada uno de ellos, incluso fondeando en balnearios como Bahía Inglesa, Tongoy o Papudo. Buenos meses.
¡Y caigo en la cuenta!: lo que se acabó fue la buena convivencia entre esos trabajadores y lo que yo represento, a aquellos que pueden pisotear a la sociedad civil cuando se les antoje
Hoy, sin embargo, al menos una vez a la semana un oficial de baja estatura y nivel intelectual, curco y de aspecto siniestro viene a la unidad a dar charlas sobre la “lucha contra el marxismo”, a enseñarnos sobre el “monstruo Stalin y el no menos monstruo Beria” (como si el tiempo no se encargara de dejar a ambos como niños de pecho frente a Pinochet y Contreras). Escucho con contenida risa, y claro, pues ¿cómo reaccionaría ese que repite cada semana un pobre libreto, si supiera que hace tan solo un año atrás yo escuchaba en mítines a Miguel Enríquez?
Pero en fin, sigo recorriendo mi tren hasta ver un taller funcionando a toda capacidad a las 2 de la madrugada. Sonriente me acerco a los operarios que toman un descanso en torno a una marmita llena de café, desde mis alforjas saco mi jarro y les pido que lo llenen:
—“Se acabó el café” —responden, mientras anticipadamente finalizan su descanso regresando a sus tornos y fresadoras.
“Se acabó el café”… “se acabó”… Sigo caminando y la frase “se acabó el café” retumba en mi mente haciéndome olvidar incluso el frío y el temor a un ataque que me ha perseguido durante toda la guardia… ¡y caigo en la cuenta!: lo que se acabó fue la buena convivencia entre esos trabajadores y lo que yo represento, a aquellos que pueden pisotear a la sociedad civil cuando se les antoje.
Continúo mi vigilancia por dos horas más, hasta las 4 de la madrugada. Seguramente, otro joven decepcionado me relevará y a quien también, en una fría noche de invierno de 1974, se le negará un café.
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