Advertencia: Lo siguiente corresponde estrictamente a un análisis estratégico de la contingencia política nacional, y no compromete al autor con corriente de pensamiento alguna.
No estará mal usar Benchmarking en la «Gestión Política».
En el parlamento, la izquierda, y el progresismo en general, deberían usar los mismos pines, insignias y banderas chilenas de escritorio, tal como lo hace la derecha. No parecidos; no iguales, pero con alguna diferencia, como un pompón negro, para que se note el simbolismo implícito. ¡No!… Iguales. Se trata de copiar las ideas exitosas, tal como lo ha hecho siempre la derecha: la derecha se ha apropiado del lenguaje y la simbología, y hasta la moda de los movimientos vanguardistas. No se trata de un fenómeno nuevo. Durante la transición chilena, distintos sectores conservadores resignificaron símbolos nacionales hasta convertirlos en patrimonio político propio. España ofrece un caso reciente: la izquierda evitó por años la bandera nacional por su asociación con el franquismo, y desde el procès catalán de 2017 la derecha —particularmente Vox— ocupó ese espacio vacante, resignificándola como emblema de unidad frente al independentismo. La gestión política puede aprender de la gestión empresarial cuando utiliza benchmarking estratégico: identificar prácticas exitosas del adversario, comprender por qué funcionan y adaptarlas sin renunciar a los propios objetivos.
No es novedad utilizar las mismas armas y herramientas que el adversario. Y ¿por qué hacerlo? Porque resultan. Los símbolos condensan pertenencia, memoria colectiva e identidad. En política, permiten transmitir en segundos significados cuya explicación racional requeriría minutos, hasta días. En su mayoría, el chileno es chauvinista y en ocasiones excesivamente patriota, y no reconocerlo es desconocer a los compatriotas. Es desperdiciar un vector muy necesario: un vector que puede portar un mensaje altruista y reivindicativo.
Como antiguamente se decía, no sin sabiduría: «Más moscas se cazan con miel que con hiel». Y para la gran masa del pueblo chileno la bandera nacional y los símbolos patrios son miel.
Esta acción, o actitud, de retomar los símbolos patrios, debe estar fundada en un discurso fundante que sea común a todo el sector. Este discurso debe anticiparse a las eventuales críticas que se suscitarán en las filas de la derecha, las cuales atacarán esta nueva actitud en cuanto la detecten. También debe tenerse elaborada una respuesta a tales alegaciones, común para todos los parlamentarios del sector progresista.
Esa respuesta debe partir de una base difundida y compartida: los símbolos patrios son de todos los chilenos, al igual que Carabineros y las Fuerzas Armadas. Esto es una verdad lógica. Pero la política no se mueve en la lógica, sino en la afectividad; por ello, los políticos deben sentir esa pertenencia, para que la población sea impresionada por la convicción de los parlamentarios. La derecha no «cree» poseer la bandera por un argumento jurídico, sino porque ha construido una épica de la captura y la exclusión, y enfrentar esa épica con una frase de manual parlamentario es como combatir una hoguera con un rociador. Debe haber convicción, fortaleza. De ahí se desprenden dos certezas que deben repetirse sin ambigüedad: que todos somos chilenos por igual, y que no hay que justificarse por serlo.
A esta estrategia se le objetará, previsiblemente, que es un oportunismo tardío: que la izquierda solo abraza la bandera cuando le conviene electoralmente. La respuesta no debe ser defensiva, sino ofensiva: nadie acusa de oportunismo a quien recupera algo que siempre le perteneció. La cuestión no es por qué la izquierda retoma ahora los símbolos patrios, sino por qué se dejó desplazar de ellos durante tanto tiempo. Y hoy, los retoma como propios de toda la población.
La batalla simbólica no se gana solo en el parlamento, sino en la calle, en los estadios y en las festividades populares. La mise en scène del símbolo requiere gestos, no solo declaraciones.
A ese discurso debe sumarse, además, una lectura clara de las intenciones del adversario. Una parte de la derecha ha construido históricamente una relación de privilegio con las Fuerzas Armadas y de Orden, así como con la Policía de Investigaciones: quiere poseerlas para que le sean útiles. Tener capturada, por ejemplo, la simpatía de los oficiales de Carabineros le sirve para obtener de ellos un trato preferencial más adelante, y busca poseer las voluntades de las Fuerzas Armadas para mantener viva una amenaza golpista que le permita intimidar al progresismo.
La derecha también ha distraído la atención hacia el trabajador, sosteniendo que debe ser él —o ella— quien se adapte a las circunstancias laborales actuales, creadas por el propio gran empresariado, en lugar de humanizar las condiciones laborales y que sea el empresariado el que se adapte a los avances sociales. Usa este argumento como elemento distractor. Y el progresismo, hasta ahora, no lo rebate.
Disputar el símbolo es solo la mitad de la batalla. De nada sirve izar la misma bandera si, al bajar del escaño, cada sector del progresismo la explica con un relato distinto. La derecha no solo controla el símbolo: controla también el dato, o al menos su interpretación, y lo hace de manera unificada, mientras la izquierda llega dividida incluso a la hora de nombrar el problema. Ganar la calle y el estadio exige, entonces, un segundo frente, menos visible pero igual de decisivo: el de las ideas y las cifras que sostienen ese gesto. Y ahí es donde el progresismo tropieza consigo mismo antes de tropezar con el adversario.
Think-Tank
La izquierda y el progresismo deben constituir entre todos ellos un think tank común. Pero sufren de un gran impedimento: disienten en sus bases ideológicas y programáticas, a un punto que los partidos no ceden ante la evidencia si esta es presentada por lo que entre ellos denominan «contrarios» o «contrincantes», siendo en realidad sus compañeros de causas, o asociados de bloque. Se pierde con esto el norte de sus disputas, lo que tienen en común, lo que los une. Y hay divergencias mayúsculas. Está ocurriendo que algunos sectores del progresismo ceden ante las presiones conservadoras y del liberalismo económico, desgastando su potencia política, y degradándola.
Por su parte, la derecha tiene claros sus nortes: la creación y acumulación del capital, la libertad absoluta para su manejo, la eliminación de impuestos, y la desregularización administrativa (localmente, la extinción de la ‘permisología’), y la desregularización del trabajo.
Esto no significa que la derecha sea un bloque sin fisuras. Conviven en ella un ala liberal en lo económico y libertaria en lo valórico, y un ala conservadora que antepone la moral tradicional al mercado —tensión visible, por ejemplo, en las diferencias entre Renovación Nacional, Evópoli y el Partido Republicano frente a temas como el aborto o la disidencia sexual. Pero esa fractura, a diferencia de la del progresismo, no le impide votar unida cuando el capital está en juego: ahí es donde la derecha exhibe una disciplina que la izquierda no logra replicar.
Las izquierdas y el progresismo deben ser científicas, pero no para enfriar el relato, sino para blindarlo
Los sectores de izquierda y el progresismo, en cambio, desde el humanismo cristiano, la socialdemocracia, el socialismo, hasta el comunismo, se fragmentan en una multitud de visiones de la problemática y sus soluciones, con distintos énfasis y cegueras particulares, con propuestas que van desde el lenguaje inclusivo y otros aspectos civilizatorios blandos, hasta aquellas más radicales, que se hacen cargo de la problemática dura, que reivindican la persistencia de la lucha de clases, concordando en esto con el magnate Warren Buffett, quien ha declarado que «la lucha de clases existe, y la estamos ganando nosotros, los ricos».
Sin embargo, con el objetivo estratégico de desmotivar a los trabajadores, la derecha en general ha decretado que el concepto de lucha de clases se encuentra obsoleto, aunque al mismo tiempo libra con ferocidad la guerra cultural, porque sabe que el control de los significados es el blindaje del statu quo.
Como un reflejo de supervivencia, algunos sectores vanguardistas, izquierdistas y progresistas, aún buscan un concepto que reemplace a la lucha de clases, para no ‘ofender’ a la derecha, separándose de esta forma de las corrientes más duras, de orientación marxista.
La explotación capitalista se sostiene también en la opresión simbólica y cotidiana; humanizar el trabajo pasa también por humanizar el trato, el reconocimiento y la dignidad subjetiva.
El problema del progresismo consiste en escisiones que dificultan los encuentros, a pesar de que, en síntesis, son tendencias que se encuentran en la misma trinchera cultural y económica.
Una parte de la izquierda tiene un temor, respaldado en el pasado cercano, y es que, producto de nuevas exigencias sociales, se desate una cadena de violencia con apoyo de las fuerzas armadas y de orden, y que esta se torne cruenta y de consecuencias indeseadas.
Y por lo mismo, estos sectores optan por tergiversar el problema y minimizarlo, para evitar calar hondo en la podredumbre tóxica y hasta mortal del poder fáctico. Porque cuando miras el abismo, el abismo te devuelve la mirada, y mira a tu interior; y no se tratará de una mirada amistosa. Como se dijo, hay evidencia como para preocuparse al pararse frente al abismo. Nadie quiere que posteriormente este lo aceche.
Como fuere, la energía del progresismo se diluye entre diferencias de forma de percibir la historia y, por lo tanto, de visionar soluciones. Producto de este temor, parte del progresismo se desvía del análisis correcto y opta por perspectivas más aquiescentes o por posturas gatopardescas que cambian las formas para perpetuar el fondo.
Pero temer al abismo no tiene por qué nublar la visión política; el instinto de supervivencia es, en sí mismo, un dato que el estratega debe incorporar como variable central del sistema, no como ruido a descartar.
La emocionalidad de la población es el combustible, pero los datos son el timón que da la dirección. La derecha lo sabe y lo aplica: en el plebiscito de salida de 2022, supo tejer el miedo a la inestabilidad con cifras —aunque sesgadas— de inflación y delincuencia, anclando su relato en la ansiedad cotidiana. La izquierda, en cambio, suele llegar con el corazón en la mano, pero pocas veces con la estadística en el bolsillo, y su mensaje se diluye. Por eso, no se trata de elegir entre la bandera y el gráfico, sino de usar la bandera para contar los gráficos.
Un ejemplo concreto: si un parlamentario progresista asiste a un partido de fútbol en el Estadio Nacional con la insignia patria en la solapa, no debe solo exhibirla públicamente; debe tener fresco el dato de que muy probablemente un porcentaje significativo de los asistentes a ese recinto gana cerca —si no menos— del sueldo mínimo, y vincular ese orgullo compartido con la promesa concreta de un salario digno y pensiones justas. El gesto convoca; el dato convence. La emoción abre la puerta; la cifra la mantiene abierta.
Las izquierdas y el progresismo deben ser científicas, pero no para enfriar el relato, sino para blindarlo. No deben sentirse obligados a responder a cada embate de la derecha como si estuvieran en un banquillo de acusados; su coherencia debe basarse en datos reales y en aquellos derivados de métodos estadísticos y probabilísticos, que fundamenten sus soluciones, y que estas soluciones sean planteadas en función del tiempo, que contemplen plazos, y tengan como norte el bienestar del individuo.
Así, la emocionalidad no flota en el vacío: se ancla en la realidad mensurable, transformando el fervor en confianza duradera y la protesta en programa de gobierno.
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Qué crujidera tibia disfrazada, que no quiere dejar huella de la tendencia política del autor, pero, lo hace… Deja esa estela nauseabunda del empleador jodiéndose al trabajador, pero, cuando se obliga AL EMPLEADOR a pagar más cotizaciones -lo que han hecho tres gobiernos, con un chiquitito, otro, y dos chiquititos, en lenguaje velascquiano…
Y, cómo se reparte, o hacia dónde se dirigen esos %s extras que suele pedir la izquierda, Y QUE PAGA AL EMPLEADOR, pues, a … direcciones extrañas, de fines raros, que no han solucionado nada…
EN CAMBIO A ESTO, si uno imagina EL PARTIDO DE LOS TRABAJADORES, como agrupación que no necesite la defensa falsa de los partidos comunistas, socialistas, terroristas, frente amplistas, saqueadores, etcétera, y toda la manga de tibios trans como la democracia no cristiana,
Solucionamos un problema inmenso, porque parece que al autor le preocupa el sueldo de los trabajadores, entonces, como HACEMOS a los trabajadores un partido político, ellos podrán tener:
Representantes políticos y asesores, atrayendo mejores sueldos para muchos compañeros, jaja
La oportunidad de acumular riqueza, como los partidos comunista, socialista, terroristas, frente amplistas, saqueadores, etc.
Luego, la entidad de los trabajadores podrá asociarse con los chinos y … lograr tratos políticos, y empresariales para manejar los cobros de peajes en las carreteras, y las boletas de electricidad y sostener que ante cualquier cobro abusivo, diremos que fue un error del sistema…
También los trabajadores podrán levantar su candidato presidencial, como PARTIDO DE LOS TRABAJADORES, y una vez que lleguen al poder, pueden hacer una gran empresa que les lleve un montón de beneficios, o bien, podrían saquear al Estado e irse con los bolsillos y las manos llenas, y la carretilla, llena… Nadie los perseguiría, saquear al Estado no tiene consecuencias, como lo demostró el gobierno del payaso psicótico del señor don Boricito…
Cuarto, podrían hacer de Chile una gran nación, trabajando, jaja, y convirtiéndose en los más grandes empresarios de Chile como agrupación, laboral, apoyados con una organización política que llene las ubres más delgadas, para que den leche a todos los chilenos, … aunque les duela el estómago por tomar algo que fue creado para el ternero…
Quinto, ven, vuelve de ese futuro y dime si esto no es una solución a tu fantasía de unos tragadores bien remunerados..l Quizá podrías visitar el estadio y ver a trabajadores con una insignia de Chile en sus trajes y a tu amigo político zurdo pidiendo limosna, quizá, …
… Hasta aquí que estoy pensando que este amigo zurdo de la columna no quiso decir que era un zurdo $5&&(# para que nadie le tildará de un montón de epítetos epiloguescos que le rayen la pintura al carro de los honorables políticos de izquierda, … y honorablas, claro…
… OTRA SOLUCIÓN PODRÍA SER que el partido socialista y el comunista y en general todos los terroristas y desfalcadores de izquierda, … CREEN TRABAJO, … Y PAGUEN SUELDOS MUY, MUY DIGNOS, … Quizá esto ya abriría las puertas del mundo del bils y pap a sus relatos… Un mundo completo de felicidad…
Podrían crear la chapita de los políticos que crearon trabajo, siendo de izquierda, apoyados con la ciencia de la creación de trabajo… Y, van al estadio con la chapita, pegada con orgulle en el pecho…
… Yo creo que esto haría palidecer a las derechas y su orgullo por los símbolos patrios que parecen ser necesario defender cuando organizaciones criminales pretenden incendiar el país para terminar cometiendo un golpe de Estado, al que claro, siempre le temen si no han debilitado lo suficiente a la fuerza de Carabineros, última y primera defensa del Palacio de Gobierno que alberga al Presidente de una democracia que, a veces, la izquierda quiere saltarse, como un si fuera un torniquete, para ejercer cierto terrorismo incendiario narco y delictual, QUE TIENE CIFRAS, TODAS MUY CIENTÍFICAS, que demuestran la inyectividad uno a uno de izquierda es a violencia, terrorismo, desfalco al Eatado, pérdida del empleo, alejamiento del capital, Etcetérius-Etcetarius…
Entonces, más bien, CREO QUE LA IZQUIERDA YA CREÓ Y SE PUSO su propia chapita en la frente, su estrellita negra, su marca, y también la lleva en la boca, diciendo idioteces, y discutiendo idioteces, mientras se trasquilan cada bolsillo para encontrar su calculadora científica, que les provea alguna clase de ciencia que esté de su lado…
No, es que el chiste es muy bueno… Y si quieres te lo explico, jaja…
Ndduud
De todas formas, todo el zurderío podría proceder de esta forma:
Salgan a las calles y destruyan todo e incendien todo lo que encuentren a su paso, y luego griten weeyeyeyeyeeeee
Ya lo hicieron una vez y terminaron siendo gobierno y así pudieron destruir el país todo lo que pudieron con sus estupideces…
Ya tienen experiencia… No necesitan nuevas recetas, porque al final da lo mismo que puedan decir sobre qué harían si fueran gobierno, después, porque ya sabemos que vienen a dejar la cagada…
Solo dejen libres su imaginación para consumir un cóctel de drogas y licores de su predilección, junto al lumpen que puedan reunir, y … luego vayan a la calle, donde pertenecen sus cerebros narco terroristas y déjenlos que se expresen libremente… Pinten paredes, tropa de monos con navaja, con sus consignas de mala destino a la nación…
… Tal vez tú querías una receta más sofisticada, quizá científica…
Revisa los números de cuánto destruyó la izquierda y aplica ciencia de datos y pronostica qué podría suceder si la izquierda vuelve a gobernar…
abechtold
La izquierda no puede abanderizarse con datos ni ciencias. Porque no los respetan, los tuercen para sus finesl; son poco honestos con elementos que deben ser objetivos, no subjetivos. Incluso cuando toman ciertas casuisticas objetivas (P.ej cambio climático (mire usted don Fernando!)), lo tratan de llevar a que eso explica porque hay que llenar de impuestos, meter ideología de genero, venerar al Wallmapu…etc.
En suma, no se basan en la ciencia para sacar conclusiones; usan a la ciencia para impulsar sus propias conviccciones…..nada menos científico.