Durante los días 3 y 4 de septiembre último, se llevó a cabo en Santiago de Chile el denominado V Foro de Madrid, organizado por el partido Vox de España.
El discurso de apertura estuvo a cargo del presidente de Argentina, Javier Milei, quien se refirió al derrocado presidente como “el comunista Allende”, lo cual constituye una vulgar y malintencionada mentira reduccionista, con la pretensión bajuna de juntar en un saco llamado “comunismo”, a todos los que difieran de sus ideas ultraderechistas. Allende militaba en el Partido Socialista de Chile, y no en el Comunista.
Continuó mencionando de forma incoherente que Chile es emblemático, pues a pesar de haber conocido los frutos de la libertad, cayó en la farsa del socialismo (no dijo comunismo). Es difícil interpretar estas palabras. Él habla de libertad y crecimiento; mientras que para los chilenos la libertad es haber salido de la dictadura cívico-militar, para él, precisamente es al contrario, ese fue el tiempo en que nuestro país fue libre. Por cierto que millones concuerdan con él, si no, sólo se trataría de los desvaríos de un demente aislado. Aunque poco a poco, y bajo el peso de las evidencias, la realidad de la dictadura se ha ido imponiendo incluso en sectores antes negacionistas.
Si vamos a las cifras, el gobierno militar (el período de libertad, según él), tuvo como resultado final un crecimiento de 2,65% de promedio geométrico anual, con un acumulado de 55,97%, mientras que en democracia (el período socialista y tirano, según su creencia), el crecimiento alcanzó un promedio geométrico del 4,07% anual en tanto que el acumulado es de 320,87%. Los promedios aritméticos anuales fueron 2,9% durante la dictadura y 4,13% posdictadura.
La diferencia radica en que, mientras la dictadura avanzó con un ciclo de «serrucho» (fuertes caídas seguidas de fuertes recuperaciones), los gobiernos democráticos —particularmente en los años 1990 y 2000— encadenaron casi tres décadas de crecimiento positivo ininterrumpido (salvo breves contracciones menores en 1999, 2009 y 2020), logrando un efecto acumulativo exponencial en el PIB del país.
Pareciera que se crece mejor y más sostenidamente en democracia que en dictadura.
Otro tanto ocurre con la pobreza. Aunque la pobreza heredada del gobierno de la Unidad Popular rondaba el 20%, en 1987 alcanzó el 45,1% (por factores que no es oportuno citar aquí). Como fuera, para 1990 la pobreza alcanzaba un 38,6%. Es decir que aumentó alrededor de 18,6 puntos porcentuales en 17 años. Esto es, un aumento promedio de 1,1% anual. En cambio, durante el período de la democracia, entre 1990 y 2022, la pobreza disminuyó desde el 38,6% al 6,5%, es decir, un 32,1%, lo que en términos anuales llegó al 1,0% de disminución. Parece que, en este caso, también la democracia es más propicia para erradicar la pobreza.
Por otro lado, la desigualdad de ingresos se mide de manera oficial e internacional a través del Coeficiente de Gini, el cual oscila entre 0 (igualdad absoluta) y 100 o 1 (máxima desigualdad).
Analicemos ahora la evolución del Coeficiente de Gini en Chile durante los últimos 52 años.
Durante la dictadura, la desigualdad aumentó progresivamente y alcanzó sus máximos históricos justo en la transición a la democracia (1990). A partir de los gobiernos de la Concertación y los periodos presidenciales posteriores, el índice inició un descenso paulatino y sostenido, consolidando su nivel más bajo en los registros recientes. En ese período, este coeficiente, tras un alza sostenida, se estancó en la cúspide de la desigualdad, con un valor entre 56,2% y 57,2%, mientras que durante el período democrático se mantuvo en un descenso sostenido hasta alcanzar el valor de 43% para el gobierno de Gabriel Boric. Sólo hubo una excepción, ocurrida durante el gobierno de Piñera II, que tuvo un valor de 47%, lo que es atribuible al estallido social y a la pandemia (2020).
Desde entonces, la gente acepta sin recelo a la mentira disfrazada de verdad, pero se horroriza ante la verdad desnuda
Parece que, para combatir la pobreza y distribuir mejor la riqueza, también conviene más un régimen democrático que uno dictatorial.
Milei lanzó consignas interpretativas y antojadizas sobre las realidades de nuestra economía y nuestra sociedad. Dentro de su limitante maniqueísmo, hizo un juego de roles arbitrario, llamando, caprichosamente, buenos a unos y malos a otros, sin aportar pruebas ni cifras. Además, para cualquier mente sensata y madura, los términos “bueno” y “malo” son relativos; para su uso, debe acordarse primeramente sus definiciones, cosa que él, como economista, político y docente, debería saber perfectamente.
Las palabras de Milei conformaron, sin duda, un discurso elaborado, pero ¿por quién? Recuerda a una antigua parábola popular sobre la verdad y la mentira, que versa así:
“Un día caluroso, la Verdad y la Mentira se encontraron a orillas de un río. La Mentira, persuasiva, elogió la belleza del día y la frescura del agua, e invitó a la Verdad a bañarse. La Verdad confió y entró al agua.
La Mentira salió primero, tomó las vestiduras de la Verdad, se las puso y se marchó. Cuando la Verdad emergió y descubrió el engaño, se negó a cubrirse con las ropas de la Mentira y caminó desnuda por el mundo.
Desde entonces, la gente acepta sin recelo a la mentira disfrazada de verdad, pero se horroriza ante la verdad desnuda.”
La derecha toma las fórmulas del progresismo y las convierte en cantos de sirena para su beneficio, de modo que cuando la gente llega a la verdad, ya es tarde. Ese es el mayor peligro que atraviesa nuestra sociedad actualmente, manifestándose en discursos torcidos, granjas de bots y leyes engañosas. Los partidos progresistas deben tener muy presente este peligro para adelantarse a su materialización.
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