La invisibilidad de la violencia simbólica y sus alcances, por lo general, no es percibida a diario, aunque existen varios estudios y estadísticas. En efecto, no entra en la inmediatez de las comunicaciones y no genera un interés competitivo; por lo mismo, es sutil y lentamente nos afecta sin darnos cuenta, tomando incluso apariencia de normalidad. La violencia simbólica en política es una forma de dominación que no actúa principalmente mediante la fuerza física, sino a través de ideas, discursos, lenguaje, imágenes, gestos, normas y representaciones que hacen parecer natural la desigualdad o la subordinación de ciertos grupos. El concepto fue desarrollado especialmente por Pierre Bourdieu (La Reproducción, 1970).
En la política, abarca todo el espectro de ideas y desarrollo de propuestas; está en todos los escenarios y así moldea y transforma la sociedad. Chile nunca ha estado exento y ahora, en su giro inesperado hacia la extrema derecha para que gobierne, en las propuestas de políticas públicas, implementación de las mismas y sus efectos, podemos identificar esta forma de violencia a casi dos meses desde la toma de mando.
Por ejemplo, el nuevo gabinete de gobierno, de gerentes que son empresarios millonarios, ingresó al Parlamento el proyecto de ley conocido informalmente como ley miscelánea, el cual ha sido denominado oficialmente por el ejecutivo como el Plan de Reconstrucción Nacional, que busca fomentar la competitividad, la inversión y el empleo, con la rebaja tributaria, disminución gradual del impuesto de Primera Categoría (de 27% a 23%) y reintegración del sistema tributario. Incentivos a la inversión con propuestas de invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones. Parecen ideas loables, pero no explican a cuántos millonarios beneficia esta ley. ¿Sabían que el 1% más rico del país concentra el 50% de la riqueza total del país? Cuántos beneficios obtendrán los ministros con fortunas impresionantes; por ejemplo, cuatro miembros del gabinete declaran ingresos que suman en total más de $240.900 mil millones, equivalentes a unos 275 millones de dólares, y obviamente serán beneficiados por esta ley, la cual no explica el conflicto de intereses.
Utilizando el lenguaje técnico (que es excluyente para entender totalmente) en los discursos, las propuestas y los proyectos de ley en curso, ejercen la violencia simbólica porque no toman en cuenta el “Costo Social Final Asociado” a esas políticas públicas, las cuales a largo plazo y en todas las áreas van a afectar a la gran mayoría de los ciudadanos porque están siendo enfocadas en el beneficio económico de unos pocos.
Se habla mucho de violencia asociada a la política cuando el conflicto entre los intervinientes ya adquirió una forma evidente, cuando socialmente la humillación es demasiado nítida y genera una explosión social. No obstante, nadie repara en la “violencia simbólica” que fue integrada y trabaja antes, la que prepara el terreno, que educa el cuerpo y la mente para aceptar la disminución, la desautorización y la invalidación emocional hasta como disciplina, todo disfrazado de consejo.
Lo verdaderamente inquietante es que esta forma de violencia también organiza la percepción. Hace que quien la recibe empiece a justificar lo injustificable. La violencia simbólica no es una rareza moral ni una anomalía del comportamiento individual, sino una tecnología social profundamente eficaz. Trabaja porque no necesita imponerse siempre por la fuerza bruta, porque consigue que muchas personas participen en su propia subordinación sin sentir necesariamente que están participando en ella.
La violencia simbólica no es una rareza moral ni una anomalía del comportamiento individual, sino una tecnología social profundamente eficaz
El Estado está para proteger a los ciudadanos y en simples cosas como el alza de los combustibles y las explicaciones absurdas entregadas se refleja la anterior descripción. No quiero con esto minimizar la terrible guerra del Medio Oriente, ni otros conflictos, pero los chilenos estamos asumiendo costos sociales evitables. Entre lenguajes y la deshumanización detrás de los recortes fiscales del régimen. ¿Cómo es posible que el hambre, el dolor y la falta de techo se transformen en simples cifras administrables? Se conoció que Hacienda propone recortes en 260 programas sociales.
Cuando el gobierno proclamó y difundió la frase «El Estado está en quiebra», frase utilizada para justificar recortes de presupuesto y seguir con la cantinela de que el país se cae a pedazos de la campaña electoral, recientemente la Contraloría General de la República criticó al gobierno por esta frase falsa y lo obliga a hacer un sumario interno para los creadores de dicha frase. Pero muchos chilenos quedaron con esa sensación, comentarios y culpas, clara señal de violencia simbólica. También la ministra de Ciencias de Chile, Ximena Lincolao, generó una fuerte polémica recientemente al afirmar: “Uno de los mejores regalos que yo tuve fue haber sido pobre”. La frase buscaba resaltar el esfuerzo personal, pero fue muy criticada. Sectores políticos y ciudadanos criticaron la romantización de la pobreza, argumentando que esta no es un «regalo», sino un limitante que genera estrés crónico y afecta el desarrollo cognitivo, otro ejemplo de violencia simbólica en un país que luchó por décadas por abandonar la pobreza.
Lamentablemente el gobierno no entiende la importancia de la política, que en democracia es fundamental; deben transferir tranquilidad a los ciudadanos. Hay mucha improvisación, comunican mal y hay un largo listado de más frases desafortunadas: “no venimos a ser populares”. Ya no estamos en campaña electoral; hoy el ejecutivo representa al Estado de Chile y a todo el país.
La violencia simbólica aparece en debates sobre: meritocracia, clasismo, tecnocracia, miedo a la delincuencia, legitimidad del modelo neoliberal; es decir, está en el corazón del análisis del Chile post dictadura. Para cerrar esta columna, te invito a detectar violencia simbólica en política: fíjate en ¿quién define el lenguaje del debate?, ¿qué voces quedan fuera?, ¿qué se presenta como “natural” o “inevitable”?, ¿qué emociones se activan (miedo, desprecio, superioridad)?.
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