Cuando hablamos de educación en Chile no es solamente hablar de colegios, pruebas o resultados. Es profundizar sobre las oportunidades reales que tienen niños, niñas, adolescentes y jóvenes para desarrollarse, aprender, sentirse capaces y construir un proyecto de vida.
Desde mi mirada como psicólogo educacional, la educación no puede reducirse a la cantidad de años que una persona pasa dentro del sistema escolar. También importa cómo aprende, en qué condiciones aprende, qué apoyos recibe, cómo se siente en la escuela y qué barreras encuentra en su trayectoria.
Si observamos la trayectoria de los últimos años, Chile ha mostrado avances importantes. Según el Censo 2024, la escolaridad promedio de la población de 18 años o más llegó a 12,1 años, lo que significa que, en promedio, las personas alcanzan el nivel de escolaridad obligatoria. Este dato es relevante si se considera que en 1992 la escolaridad promedio era de 8,6 años.
Además, el Censo muestra que la brecha promedio entre hombres y mujeres en años de escolaridad se eliminó, lo que representa un avance significativo en términos de acceso educativo y un aparente cambio de paradigma (INE, 2025).
Todo esto, a primera vista, parece una muy buena noticia. Y lo es. Chile ha logrado que más personas estudien, que permanezcan más tiempo en el sistema educativo y que accedan a niveles que antes estaban reservados para grupos más reducidos. También se observa una alta alfabetización en la población joven y adulta, lo que muestra que el país ha superado una etapa básica del desarrollo educativo: la de garantizar que la mayoría de la población pueda leer y escribir.
Sin embargo, aquí aparece una pregunta fundamental: ¿basta con asistir más años a la escuela para decir que tenemos una mejor educación? La respuesta es no. La experiencia internacional, especialmente cuando Chile se compara con los países de la OCDE, muestra que el gran desafío actual no es solo estar dentro del sistema educativo, sino aprender de manera significativa dentro de él.
En cuanto a la OCDE, podemos decir que, es una organización internacional que reúne a países con distintos niveles de desarrollo y que compara sus sistemas educativos, económicos y sociales. Cuando Chile se compara con la OCDE, aparece una tensión importante: nuestro país ha avanzado en cobertura y escolaridad, pero todavía mantiene resultados más bajos en aprendizajes fundamentales.
En la prueba PISA 2022, que evalúa habilidades en matemáticas, lectura y ciencias en estudiantes de 15 años, Chile se ubicó bajo el promedio OCDE en estas áreas (OECD, 2023). Esto quiere decir que muchos estudiantes chilenos asisten a la escuela, pero no siempre logran desarrollar las competencias necesarias para comprender problemas complejos, interpretar información, argumentar o aplicar lo aprendido a situaciones de la vida cotidiana.
Esta diferencia es clave. Una cosa es estar escolarizado y otra muy distinta es aprender bien. Desde la psicología educacional, esta distinción es central, porque el aprendizaje no depende únicamente de la presencia física en la sala de clases. Aprender requiere motivación, bienestar emocional, vínculos significativos, docentes con tiempo y apoyo, familias presentes, escuelas organizadas y condiciones materiales adecuadas. Cuando alguno de estos factores falla, el aprendizaje también se ve afectado.
Otro punto relevante es la educación parvularia. La OCDE ha señalado que la educación inicial es una de las herramientas más importantes para reducir desigualdades desde los primeros años de vida. Esto es fácil de entender: mientras antes un niño o niña recibe estimulación, lenguaje, juego, socialización y apoyo educativo, mayores son sus posibilidades de llegar mejor preparado a la enseñanza básica.
En Chile ha habido avances en este nivel, pero todavía existe una brecha importante respecto de los estándares OCDE. Esto preocupa porque las desigualdades que no se abordan en la infancia suelen arrastrarse durante toda la trayectoria escolar (OECD, 2024).
Las brechas educativas existen y no afectan a todos por igual. El Censo 2024 muestra diferencias importantes entre personas con y sin discapacidad, entre regiones del país y entre distintos grupos de la población. Por ejemplo, las personas con discapacidad presentan menos años promedio de escolaridad que quienes no tienen discapacidad. También existen diferencias territoriales: no es lo mismo estudiar en una gran ciudad que en una zona rural o en una región con menos recursos educativos disponibles (INE, 2025).
Esto nos coloca el desafío de mirar la educación chilena no solo como un problema de rendimiento, sino también como un problema de justicia social. Cuando un estudiante aprende menos, muchas veces no es porque “no quiera” o porque “no se esfuerce”, sino porque su contexto le ofrece menos oportunidades, menos apoyo o más obstáculos. La desigualdad educativa no nace en la sala de clases, pero se expresa con mucha fuerza dentro de ella.
Chile ya no enfrenta solo el desafío de escolarizar, sino el desafío de enseñar mejor, incluir mejor y cuidar mejor
Desde nuestro rol de psicólogo educacional, este punto es fundamental. En las escuelas se observan diariamente las consecuencias emocionales de estas brechas: estudiantes que se frustran, que sienten que no son capaces, que se desconectan del aprendizaje, que presentan ansiedad frente a las evaluaciones o que abandonan progresivamente la confianza en sí mismos.
Por eso, hablar de educación también es hablar de salud mental, autoestima académica, convivencia escolar, inclusión y sentido de pertenencia.
Un sistema educativo no solo debe enseñar contenidos. También debe ayudar a que los estudiantes se sientan parte de una comunidad, desarrollen confianza en sus capacidades y encuentren sentido en lo que aprenden. Cuando la escuela se transforma únicamente en presión, calificaciones y resultados, pierde una parte esencial de su función formativa. Y cuando un país mide la educación solo por cobertura, corre el riesgo de no ver lo más importante, y es ¿Qué está pasando realmente con los aprendizajes y con la experiencia escolar de sus estudiantes?
También es necesario mirar las condiciones docentes. La evidencia internacional muestra que los profesores y profesoras son una pieza central para mejorar los aprendizajes. Sin embargo, la docencia enfrenta desafíos importantes: sobrecarga laboral, exceso de tareas administrativas, falta de tiempo para planificar, desgaste emocional y dificultades para sostener procesos de acompañamiento individualizado.
La UNESCO ha advertido que la escasez y el desgaste docente son problemas globales que afectan la calidad educativa y el bienestar de las comunidades escolares (UNESCO & Equipo Especial Internacional sobre Docentes para la Educación 2030, 2025).
Chile ha implementado políticas para mejorar la carrera docente y aumentar el tiempo no lectivo, es decir, el tiempo que los profesores pueden dedicar a preparar clases, evaluar, coordinarse con otros profesionales y desarrollar trabajo pedagógico. Pero el desafío es que ese tiempo sea realmente protegido y usado para mejorar la enseñanza, no solo para resolver urgencias del sistema escolar.
En definitiva, Chile ha avanzado, pero todavía enfrenta un desarrollo educativo incompleto. Hemos logrado que más personas estudien y permanezcan más años en el sistema, pero aún falta asegurar que ese paso por la escuela se traduzca en aprendizajes sólidos, bienestar emocional, inclusión real y oportunidades justas para todos los estudiantes.
La comparación con la OCDE permite ver con mayor claridad este punto. Chile ya no enfrenta solo el desafío de escolarizar, sino el desafío de enseñar mejor, incluir mejor y cuidar mejor. La pregunta de fondo ya no es únicamente cuántos años estudian las personas, sino qué tipo de experiencia educativa estamos ofreciendo y qué país queremos construir a partir de ella.
Desde la psicología educacional, el llamado es a mirar la educación de manera integral. No basta con mejorar puntajes si no mejoramos también las condiciones emocionales, sociales y pedagógicas del aprendizaje. Tampoco basta con ampliar el acceso si no reducimos las barreras que afectan a estudiantes con discapacidad, estudiantes de sectores vulnerables, pueblos originarios, zonas rurales o comunidades con menos recursos.
Una educación de calidad no es solo aquella que enseña más contenidos. Es aquella que permite que cada estudiante pueda aprender, participar, sentirse reconocido y proyectar un futuro posible. Ese es, probablemente, el gran desafío de la educación chilena actual.
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