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¿De dónde proviene el fascismo?

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Me ha parecido interesante e importante poder aportar a la discusión que se ha venido formando en torno a los orígenes del fascismo. Esto, producto que constantemente se observa una distorsión de estos orígenes en RR.SS. Produciendo, una culpabilización constante y acostumbrada, realizada por adherentes de candidaturas de derecha, principalmente, ultraderecha, como lo son sectores libertarios y republicanos a sectores de izquierda, generando constantemente que tengamos que referirnos a este tema con el objetivo de retomar una verdad histórica, que por mas tergiversada que sea, es una verdad basada en hechos reales y con evidencias planteadas por medio de estudios realizados por la academia a través de los años.

Lo primero que podemos decir respecto a este fenómeno político organizado es que cuando hablamos de origen observamos el nacimiento de una política del miedo, objetivado en la nación y la obediencia. Por tanto, preguntar de dónde proviene el fascismo no es preguntar solo por Mussolini, Hitler o los uniformes negros. Es preguntar por una forma histórica de hacer política que convirtió el malestar social en culto a la nación, la inseguridad en obediencia al líder y la frustración colectiva en odio contra enemigos internos y externos.

Cuando revisamos las fuentes se nos permite sostener una tesis central: el fascismo proviene de una crisis profunda de la modernidad liberal, pero no nace simplemente como “regreso al pasado”; nace como una respuesta moderna, violenta y autoritaria frente a los conflictos del capitalismo, la democracia de masas, la guerra y el temor a la revolución.

Autores como, Sternhell, Sznajder y Asheri plantean una idea clave: antes de ser una fuerza política, el fascismo fue un fenómeno cultural. Su aparición no se entiende sin la rebelión contra la Ilustración, la Revolución francesa, el racionalismo, el liberalismo y el universalismo democrático que atravesó Europa hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX. Es en este sentido, que el fascismo no surge de la nada: se va incubando como una cultura política alternativa, comunitaria, antiindividualista y antirracionalista.

Claramente, esto nos presenta uno de los desafíos o aspectos más difíciles de comprender y, es que, el fascismo no nació como una derecha conservadora tradicional. Sus orígenes mezclan elementos de nacionalismo, sindicalismo revolucionario, crítica al parlamentarismo, rechazo del liberalismo y culto a la acción. Sternhell lo resume como una síntesis entre nacionalismo orgánico y revisión antimaterialista del marxismo: el fascismo rechaza tanto el liberalismo como el marxismo, pero toma de ambos lenguajes ciertos fragmentos para construir una alternativa total.

Esto explica, por qué el primer fascismo pudo presentarse con un lenguaje “revolucionario” y, al mismo tiempo, actuar contra el movimiento obrero organizado. No buscaba la igualdad social, sino la integración forzada de las clases dentro de una comunidad nacional jerárquica. En vez de lucha de clases, proponía unidad nacional; en vez de democracia plural, obediencia; en vez de deliberación racional, acción, mito y disciplina. Todo esto como acciones centrales de sus políticas.

En el libro “Anatomía del fascismo” (2019), observamos que el fascismo europeo no puede separarse de la Primera Guerra Mundial. Paxton recuerda que el término fascismo se consolidó en Italia después de la guerra, cuando Mussolini lo utilizó para nombrar a un pequeño grupo de ex soldados nacionalistas y sindicalistas revolucionarios partidarios de la guerra. Oficialmente, el fascismo nació en Milán el 23 de marzo de 1919, en una reunión de veteranos, sindicalistas e intelectuales futuristas que se agruparon en los Fasci di Combattimento.

Como consecuencia del periodo de la guerra, quedo algo más que muertos y ruinas: dejó generaciones acostumbradas a la violencia, al mando, a la disciplina militar y a la idea de que la nación debía ser “regenerada”. Dogliani,  muestra que muchos cuadros fascistas pertenecían a una generación marcada por la experiencia bélica; jóvenes que habían vivido la guerra como prueba de identidad, sacrificio y pertenencia. Bajo este contexto, es que el fascismo transformó la experiencia de la guerra en un modelo político: la sociedad debía funcionar como un frente de combate. La política dejó de ser discusión entre adversarios y pasó a ser guerra contra enemigos.

Entonces, la idea de enemigos internos y externos, permitió que prosperara el objetivo de convertir problemas complejos en relatos simples. La crisis económica, la frustración social, el temor al desorden, el resentimiento contra las élites y el miedo a la izquierda son traducidos en una narrativa emocional: “la nación ha sido humillada”, “hay enemigos internos”, “la democracia es débil”, “solo un líder fuerte puede restaurar el orden”.

El mismo Paxton sostiene que el fascismo no debe entenderse solo por sus discursos, sino por sus acciones: bandas violentas, enemigos del Estado, ascenso al poder mediante alianzas, uso del miedo y radicalización una vez dentro del régimen. En sus primeras expresiones, el fascismo italiano irrumpió con violencia contra el socialismo y contra la legalidad burguesa, en nombre de un supuesto interés nacional superior. Entonces, se puede observar allí una lógica que es simple y peligrosa: cuando la sociedad se siente desorientada, el fascismo ofrece una brújula emocional. Pero esa brújula apunta siempre hacia un enemigo.

Considerando el tema desde el aspecto de psicología de masas podemos ver que, Reich, quién es psiquiatra y psicoanalista, aporta una pregunta decisiva: ¿por qué las masas apoyan movimientos que pueden ir contra sus propios intereses? Para él, la ideología no es solo un conjunto de ideas; se vuelve fuerza material cuando prende en las masas y se ancla en la estructura psíquica de las personas. Considerando esta perspectiva, el fascismo no se explica únicamente por propaganda o engaño. También conecta con deseos, temores, frustraciones y necesidades de pertenencia. Reich analiza cómo el nazismo logró arraigar en sectores de la pequeña burguesía golpeados por la crisis, inseguros frente al cambio social y atraídos por una promesa de orden, prestigio y comunidad.

Nace cuando sectores de la sociedad sienten que el mundo se desordena y aceptan cambiar libertad por pertenencia, crítica por obediencia y conflicto democrático por persecución del enemigo

Para autores como Adorno, el fascismo no “inventa” de la nada a las masas autoritarias, sino que explota zonas psicológicas disponibles. Su propaganda apela a vínculos identificatorios, al deseo de someterse a una autoridad fuerte y a la descarga agresiva contra otros. El artículo académico del año 2022 sobre extrema derecha en Chile, llamado «Ascenso de los discursos de extrema derecha en Chile: una aproximación desde la teoría critica”, retoma esta idea: el fascismo opera desviando energías libidinales y agresivas hacia objetivos políticos, mediante el vínculo emocional con el líder. Entonces, observando la personalidad autoritaria, estudiada por Adorno y sus colaboradores, ayuda a comprender este terreno: la sumisión a la autoridad, el deseo de líderes fuertes, su subordinación del individuo al Estado y la tendencia a castigar a quienes aparecen como desviados del orden convencional, terminan siendo una consecuencia del ascenso de los discursos de extrema derecha que toman justamente estos elementos.

Algo que para mi por lo menos es importante de considerar a manera urgente es, que el fascismo no se conforma con ganar elecciones o controlar el gobierno. Busca transformar la sociedad, la cultura, la familia, la educación, el tiempo libre, el cuerpo y la memoria.

Dogliani por ejemplo, nos muestra que el fascismo italiano intentó crear “italianos nuevos” mediante un proyecto unitario y autoritario de transformación de la sociedad, la mentalidad, los roles de género, las generaciones y la esfera privada. Es por ello que, el fascismo no se debe ver como solo represión; también es pedagogía política autoritaria. Quiere formar sujetos obedientes, nacionalizados, disciplinados y emocionalmente ligados a su régimen. No basta con mandar: hay que producir adhesión. El autor Traverso nos entrega otro elemento que se enlaza a todo lo mencionado, y es que, el fascismo nunca se sostuvo exclusivamente en el terror; también tuvo consenso en sectores importantes de la población.

Precisamente, es de total relevancia comprender que al estudiar este fenómeno ideológico, conviene ser precisos. El mismo Traverso, advierte que llamar “fascista” a cualquier fenómeno autoritario puede oscurecer más que aclarar. Por eso propone hablar de “posfascismo” para nombrar movimientos actuales que provienen de una matriz fascista, pero que no son idénticos al fascismo clásico de entreguerras. Justamente, si observamos en la actualidad, observaremos que, algunas de sus lógicas han reaparecido bajo nuevas formas: culto al orden, construcción de enemigos, desprecio del pluralismo, nostalgia de una comunidad nacional pura, rechazo del cosmopolitismo y uso político del miedo.

Quizás, muchos podemos estar de acuerdo en que el fascismo como fenómeno ideológico que agrupa sectores ultraderechas, proviene de una combinación histórica explosiva: crisis social, humillación nacional, miedo al cambio, rechazo de la democracia liberal, odio al socialismo, culto a la violencia, deseo de comunidad y necesidad psicológica de autoridad.

No nace simplemente de la ignorancia, ni solo de la manipulación, ni solo de una élite. Nace cuando sectores de la sociedad sienten que el mundo se desordena y aceptan cambiar libertad por pertenencia, crítica por obediencia y conflicto democrático por persecución del enemigo.

Para finalizar, me parece que la pregunta por su origen puede sonar a primera vista como inocente,  pero, si analizamos bien, encontramos que no pertenece solo al pasado. También obliga a mirar el presente: cada vez que una sociedad transforma sus angustias en odio organizado, cada vez que busca salvadores antes que instituciones, cada vez que confunde comunidad con uniformidad, el viejo problema vuelve a abrirse. No necesariamente como repetición exacta, pero sí como advertencia histórica.

Es por esta razón que, me parece justificable, colocar el tema en la palestra comunicacional nuevamente.

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