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¿Puede la economía afectar la salud mental de las personas?

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Lo primero a señalar es que la economía y psicología social se conectan por bienestar, expectativas, riesgo, desigualdad e instituciones. Por lo tanto, sí, la economía afecta la psicología de las personas dentro de una sociedad, pero no de forma mecánica. Más preciso sería decir: las condiciones económicas moldean expectativas, confianza, ansiedad, sentido de futuro, cooperación y percepción de justicia social.

Desde la economía se comprende que la sociedad enfrenta escasez, necesidades y decisiones sobre qué producir, cómo producir y para quién producir; por eso la economía estudia comportamientos de individuos, familias, empresas y Estado, no solo precios o dinero. En ese sentido, una crisis económica no es solo una caída del PIB: cambia las restricciones materiales y también la forma en que las personas viven su presente e interpretan su futuro.

En macroeconomía, se nos muestra que el PIB real sirve como medida de producción, pero advierte que el bienestar depende también de la distribución del ingreso y de aspectos no capturados por el PIB, como informalidad, trabajo no remunerado y externalidades negativas. Esto conecta directamente con la psicología social: una sociedad puede «crecer en desarrollo económico» y aun así sentirse insegura, frustrada o injustamente tratada.

La situación económica no determina completamente la psicología social, pero estructura el campo de posibilidades en que las personas sienten, calculan y esperan

En Chile, el Banco Central enfatiza que la estabilidad de precios reduce incertidumbre para personas y empresas, mejora las señales de precios y favorece inversión, productividad y bienestar principalmente para los ciudadanos. Esto tiene una dimensión psicológica evidente: cuando la inflación es alta o impredecible, las personas pierden referencia sobre su salario real, postergan decisiones, desconfían de contratos y sienten que el futuro es menos controlable.

Además, los expertos en esta área destacan que las expectativas de las personas responden a las políticas, y que la credibilidad de la autoridad monetaria es clave para reducir los costos de controlar la inflación. Dicho en lenguaje simple: una economía con expectativas desancladas produce ansiedad colectiva, lo que significa en la práctica que se produce una profunda ansiedad colectiva frente al alza del costo de la vida y la incertidumbre laboral; en cambio, una economía con instituciones creíbles tiende a producir mayor previsibilidad.
La economía también afecta la psicología social a través del empleo. El desempleo no solo reduce ingreso: altera identidad, autoestima, poder de negociación y horizonte de vida. En enfoques keynesianos, el desempleo cíclico surge por insuficiencia de demanda agregada y se combate con políticas que reactivan producción y empleo; esto muestra que el malestar individual puede tener causas macroeconómicas, no solo personales.
Desde una mirada institucionalista, las instituciones no solo restringen conductas: también moldean motivaciones, hábitos y formas de interpretar la realidad social. Por eso, sistemas económicos distintos generan subjetividades distintas: una sociedad marcada por precariedad, endeudamiento e incertidumbre tiende a producir comportamientos defensivos; inseguridad social, inestabilidad y baja movilidad lo que se traduce menor confianza interpersonal.
Lo que vamos comprendiendo en todo esto es que la economía opera como un contexto estructural que modifica estrés, expectativas, vínculos, oportunidades, identidad, sensación de control y formas colectivas de afrontamiento, en las personas.
Es por ello, que se debe observar especialmente con una mirada biopsicosocial, multinivel y sistémica: lo que nos permite analizar las variables individuales, familiares, institucionales y contextos socioculturales, no solo síntomas aislados.
Comprendamos como la economía afecta la psicología social a través de varios mecanismos:
  • Estrés y evaluación cognitiva. La precariedad, deuda, desempleo o inflación aumentan demandas ambientales. La persona interpreta esas demandas mediante pensamientos como: “no voy a poder”, “estoy fracasando”, “no hay futuro”, “si pierdo el trabajo, se acaba todo”.
  • Creencias nucleares y esquemas. Una economía inestable puede activar esquemas de vulnerabilidad, incompetencia, injusticia, desconfianza o indefensión.
  • Conductas de evitación y seguridad. Ante amenaza económica, pueden aparecer retraimiento social, sobrecontrol, consumo evitativo, endeudamiento impulsivo, hipertrabajo, abandono de autocuidado o evitación de decisiones financieras.
  • Refuerzos y castigos sociales. En contextos económicos duros, ciertas conductas se refuerzan aunque sean psicológicamente costosas: trabajar en exceso, ocultar malestar, competir, desconfiar o sacrificar descanso. La psicología reconoce la relevancia de factores biológicos, psicológicos y sociales en comportamientos y actitudes mentales que comprometen el funcionamiento personal, social, familiar y laboral.
Otra consecuencia que podemos observar es que la economía reorganiza sistemas relacionales. Una crisis económica puede alterar jerarquías familiares, roles parentales, límites, alianzas y comunicación. Por ejemplo: un padre desempleado puede perder autoridad simbólica; una madre sobrecargada puede asumir doble rol económico-afectivo; los hijos pueden quedar triangulados en tensiones financieras.
De manera sistémica se plantea que los problemas pueden generarse o mantenerse en contextos relacionales, visiones compartidas del mundo, entorno cultural y social, instituciones y discursos sociales prevalentes.
Así, la economía influye en:
  • clima emocional familiar;
  • conflicto de pareja;
  • disponibilidad parental;
  • sentimiento de pertenencia o exclusión;
  • narrativas sociales sobre éxito, fracaso, mérito y dignidad;
  • confianza o desconfianza hacia instituciones.
La psicología permite explicar cómo una persona procesa cognitivamente la presión económica: pensamientos, emociones, conductas, activación fisiológica y estrategias de afrontamiento.
La psicología sistémica permite explicar cómo esa presión circula en las relaciones: quién carga con la responsabilidad, quién se silencia, quién explota, quién cuida, quién evita, quién queda sintomático.
La economía funciona como un estresor macrocontextual que, al interactuar con creencias individuales, patrones familiares, redes de apoyo, discursos culturales e instituciones, puede aumentar vulnerabilidad psicológica o activar recursos de resiliencia.
Como consecuencia la inseguridad económica aumenta el estrés percibido, amenaza anticipatoria y sensación de pérdida de control, favoreciendo ansiedad, depresión, irritabilidad y desesperanza.
Cuando las familias o comunidades no logran distribuir la carga emocional y la práctica del estrés económico, aparecen síntomas individuales que expresan una tensión sistémica más amplia.
Como predisponentes vemos historias de pobreza, trauma, exclusión, bajo apoyo social, experiencias previas de pérdida económica.
  • Precipitantes: desempleo, deuda, inflación, pérdida de vivienda, migración laboral, crisis nacional;
  • Mantenedores: evitación, aislamiento, conflictos familiares, discursos de culpa individual, ausencia de redes, sobrecarga laboral.
  • Protectores: cohesión familiar, apoyo comunitario, regulación emocional, acceso institucional, flexibilidad de roles, sentido de agencia.
El error principal es individualizar un problema estructural: decirle a alguien que “piense positivo” cuando enfrenta desempleo, deuda o inseguridad material real. Otro error es hacer lo contrario: asumir que todo malestar psicológico se explica por la economía y descuidar historia personal, trauma, estilos de afrontamiento, vínculos, biología o comorbilidad. La lectura experta integra niveles: economía, cultura, familia, cognición, emoción, conducta y cuerpo.
Entonces, desde una mirada económica, la situación económica no determina completamente la psicología social, pero estructura el campo de posibilidades en que las personas sienten, calculan y esperan. Por eso, reducir la economía a eficiencia o crecimiento es insuficiente: una política económica también produce confianza, miedo, cooperación, resentimiento o esperanza. La economía debe entenderse como ciencia social situada: estudia asignación de recursos, pero sus efectos se expresan en vidas concretas, instituciones históricas y subjetividades colectivas.
Centrandonos en una mirada psicologica podemos decir que la economía afecta la psicología social porque modifica las condiciones reales de vida, las expectativas de futuro, la seguridad percibida, la organización familiar y los discursos culturales sobre valor personal. Desde la psicología, impacta cogniciones, emociones, conductas y aprendizaje. Además, del impacto en los vínculos, jerarquías, roles, límites, comunicación y narrativas compartidas. La formulación clínica debe ser multinivel: ni reducir el sufrimiento a “mentalidad individual”, ni negar la agencia psicológica y relacional de las personas.
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