Tanto quienes nos dedicamos a la defensa de los derechos humanos como quienes sufrimos los horrores de la dictadura, ya sea en primera persona o a través de un ser querido, a menudo nos enfrentamos a frases como “hay que pasar página” o “hay que dejar el pasado atrás”. Y, la verdad, hay veces que nos gustaría poder hacerlo.
Pero nada de esto ocurre solo por voluntad. Para procesar cualquier tipo de trauma y perdonar, primero es necesario saber a quién. La verdad es una condición mínima e imprescindible en un proceso así.
Además, necesitamos saber qué pasó con nuestros amados y amadas que, de un día para otro, dejaron de estar. Necesitamos poder sepultarles y realizar duelos completos.
Necesitamos también que quienes estuvieron a cargo de perpetrar esas detenciones, torturas, secuestros, desapariciones, actos de violencia sexual y asesinatos —todos actos indiscutiblemente criminales— abandonen sus pactos de silencio y enfrenten la justicia. Eso es otro mínimo: nada ilógico, nada exagerado.
Por último, necesitamos poder vivir con la tranquilidad de que nuestro país aprendió su lección. Que aprendió que la vida de los seres humanos nunca puede ser una moneda de cambio político; que la violencia nunca puede ser una vía legítima contra quienes piensan diferente; que quienes han sido juzgados y cumplen condena por violaciones a los derechos humanos no pueden ser indultados; que la democracia no puede volver a quebrarse y, sobre todo, que debe defenderse siempre, desde los primeros atisbos autoritarios. Porque ya sabemos hasta dónde puede llegar el horror cuando no se ataja a tiempo.
Cualquier ser humano debiera ser capaz de comprender, entonces, por qué, sin verdad, sin justicia, sin reparación y sin garantías de no repetición, es absolutamente imposible “pasar página”. Exigirlo a quienes han sufrido durante décadas debiera dar vergüenza.
Sin verdad, sin justicia, sin reparación y sin garantías de no repetición, es absolutamente imposible ‘pasar página’
Pero, incluso si nuestro país hubiese cumplido con todas estas condiciones, la verdad es que “pasar página” y “dejar el horror atrás”, tampoco es posible ni deseable. Un país que olvida está condenado a repetir su historia. Y hoy Chile ya está sufriendo las consecuencias de ese olvido forzado: diversas iniciativas autoritarias y antiderechos se han vuelto pan de cada día.
Por esto es tan fundamental que cada 11 de septiembre hagamos memoria para no repetir la historia. Porque, aunque a veces quisiéramos “pasar página” y olvidar el dolor, nuestro país sigue en deuda con esos mínimos imprescindibles. Y porque, incluso cuando esa deuda sea saldada, la memoria seguirá siendo necesaria. Si olvidamos, persistirá el riesgo de la repetición.
Por Rodrigo Bustos Bottai, director ejecutivo, y Daniela Watson Ferrer, directora de Comunicaciones de Amnistía Internacional Chile.
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