Una democracia no exige que todos pensemos igual; esa es la gracia de vivir en libertad. Pero sí exige algo básico: que no nos mientan en la cara y que compartamos la misma realidad. Cuando se destruye la verdad sobre los hechos, conversar se vuelve imposible y la política se transforma en una pelea donde lo único que importa es destruir al de al frente y engañar al votante.
1. La mentira hecha industria: El modelo Trump
Mentir en política es viejo, pero en 2016 pasó algo nuevo. En Estados Unidos, la campaña de Donald Trump descubrió que con la ayuda de las redes sociales y computadores potentes, se podía industrializar el engaño a gran escala.
Crearon miles de cuentas falsas (los famosos «troles» y bots) para simular que miles de personas reales estaban enojadas por un tema. El objetivo no era convencer con ideas, sino asustar, dar rabia y meter desconfianza en la gente. Si la gente duda de todo, termina por no creerle a nadie.
2. La receta llega a Sudamérica
Esa misma receta no tardó en llegar a nuestra región, donde casi todos usamos WhatsApp, Facebook o TikTok para informarnos. Ahí aparece el nombre de Fernando Cerimedo, un publicista argentino que convirtió el uso de estas «guerrillas digitales» en un negocio.
Cerimedo trabajó en Brasil inventando historias de fraude electoral cuando perdió Bolsonaro, y luego prestó servicios a campañas de extrema derecha en varios países. La política se convirtió, así, en un servicio de mentiras por encargo vendidas al mejor postor.
3. El caso chileno: Plebiscito y elecciones
En Chile vimos esto de cerca en el Plebiscito de 2022. Es verdad que la propuesta de la Convención Constitucional tenía fallas reales y errores que molestaron a muchísima gente de forma legítima. Pero sobre esa molestia real, se montó una máquina de mentiras organizadas.
Las democracias hoy no se destruyen con tanques en la calle ni aviones bombardeando un Palacio de Gobierno, sino quitándole la confianza a los ciudadanos, manipulando las emociones y envenenando la convivencia
A través de WhatsApp y redes sociales se difundieron historias falsas para sembrar el pánico: que te quitarían tu casa, el Estado se quedará con tus ahorros previsionales, van a cambiar el Himno y la Bandera de Chile, entre tantas mentiras que difundieron. Esa misma cancha enlodada y ese clima de miedo fue el que después le abrió paso al discurso de José Antonio Kast y su campaña presidencial. Uno de los ejemplos más claros es el ataque a la candidata Evelyn Matthei, de quien propagaron la mentira que no podía ser presidenta porque tenía Alzheimer. Esto lo hizo la gente Kast.
4. ¿Por qué esto nos daña a todos?
El problema de estas campañas sucias no es solo quién gana o quién pierde. El problema es cómo queda la convivencia en el país: para el que pierde, queda la sensación de que le hicieron trampa con engaños informáticos. Para el que gana, su triunfo queda manchado por la sospecha de la pillería.
Además, inventar una mentira toma diez segundos en el celular, pero desmentirla con pruebas toma días. Para cuando se aclara la verdad, el daño en la gente ya está hecho.
Las democracias hoy no se destruyen con tanques en la calle ni aviones bombardeando un Palacio de Gobierno, sino quitándole la confianza a los ciudadanos, manipulando las emociones y envenenando la convivencia.
Los políticos que pagan o se aprovechan de estas campañas de troles y mentiras le hacen un daño enorme al país. Ganar una elección engañando a la gente es una victoria sucia: no se puede construir una casa firme sobre los escombros de la mentira, y José Antonio Kast, no hay duda alguna, trabajó con Cerimedo. Una vez más Kast nos muestra que es un enemigo de la democracia.
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