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El protocolo de la subordinación

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Una imagen dice más que mil palabras. La fotografía del reciente encuentro entre el canciller chileno, Francisco Pérez Mackenna, y el embajador de Estados Unidos, Brandon Judd, es una de ellas. No se trata de una anécdota estética ni de un descuido de etiqueta: es la radiografía precisa sobre la posición de Chile en el tablero geopolítico.

A la izquierda de la imagen, el representante de la administración estadounidense se muestra con ambas manos en los bolsillos del pantalón, con la actitud de quien conversa en el lobby de un hotel. A la derecha, el canciller chileno mantiene las manos solemnemente entrelazadas al frente, la postura rígida y la mirada atenta del subalterno que recibe instrucciones. Detrás de ellos, los símbolos de la República y el retrato de José Miguel Carrera observan en silencio una escena donde la igualdad soberana de los Estados quedó reducida a una simple ficción decorativa.

En la diplomacia clásica, las formas son el fondo. Las reglas del protocolo diplomático no existen por simple apariencia, sino para garantizar una paridad simbólica entre naciones, independientemente de la envergadura de sus economías o de la potencia de sus ejércitos. Cuando un embajador decide dinamitar esas formas en el corazón mismo de la Cancillería chilena, no está cometiendo una distracción; está emitiendo una señal. Es el gesto de la potencia que se sabe exenta de rendir deferencia y que entiende su presencia no como una visita entre pares, sino como una inspección a un país del patio trasero.

Lo verdaderamente revelador no es la actitud del enviado de Washington —cuyo perfil refleja sin matices la prepotencia de Donald Trump—, sino la sumisión con la que el gobierno chileno asimila el gesto. Bajo la promesa de una supuesta “afinidad ideológica” y un alineamiento pragmático con la Casa Blanca, el gobierno de José Antonio Kast confundió la alianza estratégica con la tutela político-cultural.

Cuando la agenda diplomática de un país se subordina al sesgo ideológico de un gobierno de turno, el respeto se pierde en el camino

Tristemente, esta posición no se queda en la gestualidad de una foto; se traduce de inmediato en decisiones de Estado. La confirmación del retiro de Chile de las negociaciones para la Convención Marco de la ONU sobre Cooperación Fiscal Internacional es la prueba de fondo de esta misma conducta. Escudándose en la “defensa de la soberanía fiscal”, el Ejecutivo prefirió restarse de un espacio multilateral de combate ni más ni menos que a la evasión global para plegarse a la postura histórica de Washington. Es una amarga paradoja que los mismos sectores ultraderechistas chilenos que hicieron del orgullo nacional su principal bandera sean hoy los arquitectos de este alineamiento humillante con Estados Unidos: invocan la soberanía para marginarse del concierto internacional de las Naciones Unidas, pero muestran una llamativa docilidad cuando el embajador estadounidense entra al despacho con las manos en los bolsillos.

Cuando la agenda diplomática de un país se subordina al sesgo ideológico de un gobierno de turno, el respeto se pierde en el camino. Las manos en los bolsillos del embajador Judd no son más que el reflejo de una Cancillería que ha decidido guardar su propia soberanía en el bolsillo posterior.

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