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La infraestructura del alma: Del Malleco al GAM

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Recuerdo que hace algunos años —junto a mis amigos Reinaldo Moreno y Claudio Verdugo—, cuando decidimos crear y montar el emblemático e inolvidable bar “Casa Madero” en el barrio Lastarria, una de las razones que nos sedujo y motivó para elegir su ubicación fue que estábamos inmediatamente al lado del proyecto GAM (el Centro Cultural Gabriela Mistral, en ese entonces y aún en construcción). Es decir, no solo estaríamos jugando en la “liga mayor” de los barrios de bares, sino que, además, estaríamos a las puertas de un centro cultural de tamaño mundial.

Las obras para terminar este gran centro cultural del país han sido complejas y lentas, pero han avanzado… hasta ahora. El gobierno de Kast ha decidido interrumpir —vaya uno a saber hasta cuándo— la finalización de una obra majestuosa que hasta este momento había trascendido gobiernos e ideologías, que es lo que ocurre con cualquier proyecto nacional y republicano de envergadura.

Permítame usted mencionar un ejemplo que me encanta.

Hubo una vez —hace más de 150 años— un Chile que soñó y pensó en un tren que conectara la capital con el sur. Fue el presidente Manuel Montt, quien gobernó entre 1851 y 1861, el que inició la hazaña. ¿El objetivo? Construir más de mil kilómetros de línea férrea que conectaran el centro con el sur de Chile, hasta Puerto Montt. Impensado hasta ese momento.

El presidente Manuel Montt inauguró el tramo inicial, que humildemente llegaba desde la Alameda hasta San Bernardo. Pero el sueño era más grande. Solo se había dado el primer paso.

Sucesivos gobiernos y administraciones continuaron la obra, sin interrupción, porque todos entendían —pese a guerras y situaciones financieras desfavorables— que tener una gran vía que conectara el centro y el sur de Chile era invaluable para el país. ¿Fue fácil? Para nada. Para algunos era imposible. La obra tardó más o menos 60 años en concretarse. Llegar a Temuco era lo complejo: había que cruzar el río Malleco, el que corre por una quebrada profunda de unos 100 metros. La solución para ese desafío geográfico era un puente de acero que nunca se había visto en Chile. El encargado de diseñar el puente (hoy mundialmente conocido como el «Viaducto del Malleco») fue el ingeniero chileno Aurelio Lastarria, hijo de José Victorino Lastarria, cuyo nombre identifica el barrio bohemio y cultural donde tantas veces me he embriagado hasta la saciedad.

Vuelvo al punto importante: cruzar el río Malleco era “casi” imposible en esos años. Montar toneladas de acero —que no teníamos en Chile y que había que importar— a 100 metros de altura por un tramo de casi 350 metros era como proponerse un viaje a la Luna. Pero el sueño y el objetivo existían. Había que hacerlo, sin importar los obstáculos. Y se pudo. En 1890, 45 años después de inaugurar el humilde tramo Alameda-San Bernardo, el tren cruzaba el Viaducto del Malleco, la obra más monumental que Chile había construido en toda su historia. El viaducto requirió no solo recursos económicos e ingenieriles, sino que también la voluntad de soñar y pensar en grande, en un Chile para las siguientes generaciones y no en las siguientes elecciones.

En 1912, tras casi 61 años del puntapié inicial, se concretó el sueño. El tren llegó a Puerto Montt.

Para concretar esa hazaña que narré se necesitó la voluntad de 12 sucesivos presidentes de la República (desde Manuel Montt hasta Ramón Barros Luco), todos de distinta ideología política y todos cruzando severas crisis nacionales e internacionales, políticas y económicas. Construir este tren al sur fue, para todas y todos los chilenos de esa época, un acto de fe. Sabían, sin ningún espacio a dudas, que lo que hacían era para las generaciones futuras y por su bien, y que las obras no debían paralizarse.

Al postergar esta obra, Chile pierde soberanía cultural

Luego de narrarles esta historia que me encanta (obras que trascienden a un gobierno de turno), volvamos al tema que inspiró sentarme a escribirles esta reflexión: la interrupción de las obras del centro cultural GAM que acaba de decidir el gobierno de Kast.

Lo que hoy se ha detenido no es un simple ítem presupuestario; es la construcción de la Gran Sala de Espectáculos, una pieza de ingeniería diseñada para albergar a 2.500 espectadores. Hablamos de un escenario de 900 metros cuadrados y una torre de escenarios de más de 30 metros de altura, dotado de tecnología acústica variable que permitiría montajes de ópera, ballet y conciertos sinfónicos de gran escala que hoy, sencillamente, no tienen cabida en nuestra infraestructura pública, y por lejos superior al Teatro Municipal de Santiago.

Al postergar esta obra, Chile pierde soberanía cultural. Quedamos supeditados a recintos privados o estadios cuya acústica nunca fue diseñada para el arte, alejando la excelencia del acceso ciudadano. Peor aún, desde la lógica de la eficiencia que tanto pregona este gobierno ultraderechista, la parálisis es un verdadero despilfarro: una estructura de hormigón abandonada se degrada ante la intemperie y el costo de reactivarla en unos años será significativamente mayor al «ahorro» que hoy se pretende exhibir, como lo ha señalado con lucidez el gobernador de la Región Metropolitana, Claudio Orrego, y como seguramente mi amigo Claudio Verdugo confirmaría, dado su notable conocimiento en estos temas. La austeridad mal entendida termina siendo el negocio más caro para los chilenos.

Si el Estado chileno de finales del siglo XIX hubiese tenido la miopía de hoy, el tren se habría detenido en Collipulli ante el abismo del río Malleco, y Temuco jamás habría visto llegar la locomotora en 1893. Aurelio Lastarria no habría podido desplegar su ingenio y el barrio Lastarria —donde varias veces hice salud y me emborraché en el “Casa Madero” o en el “Café Escondido”— no sería el epicentro de identidad que es hoy.

Estamos usando herramientas del siglo XXI para defender valores que aprendimos en el siglo XIX, tratando de salvar una obra que pertenece al siglo XXII. En el contexto del “tren al sur”, que nos recuerda permanentemente el genio Jorge González con su bella canción, el «Viaducto del Malleco» sigue firme tras 135 años porque hubo una generación que no tuvo miedo a la profundidad del abismo. Es hora de que los actuales habitantes de La Moneda —que están ahí no con mi voto— levanten la vista del libro de cuentas y comprendan que un país sin espacios para su cultura es un país que, aunque logre cuadrar la caja, habrá perdido su propósito.

Por favor, terminemos el GAM. Hagámoslo por respeto al linaje de los Lastarria, por la memoria de quienes soñaron el tren al sur y, por sobre todo, para que las generaciones futuras nos recuerden como aquellos que, en tiempos de mezquindad, decidieron proteger el legado de su historia y el brillo de su porvenir.

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