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Chiguayante al límite: cuando el asfalto pesa más que la vida

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Las cifras ya no admiten eufemismos ni lecturas complacientes: más de cien accidentes de tránsito y seis vidas segadas en lo que va del año convierten a las avenidas de Chiguayante en un escenario de riesgo permanente. Manuel Rodríguez, 8 Oriente y las Costaneras se han transformado en un corredor donde la velocidad imprudente y la falta de convivencia vial cobran una cuota humana inaceptable. Sin embargo, más allá de la estadística fría, el problema de fondo revela una falla estructural en cómo asumimos la gestión de la ciudad y el valor de quienes la habitan.

Chiguayante padece una condición geográfica compleja: una franja encajonada entre el río Biobío y el cerro Manquimávida que actúa como un cuello de botella cotidiano. Pero el verdadero drama no radica únicamente en su diseño urbano, sino en la respuesta institucional y social ante la crisis. Hemos caído en la trampa de un modelo reactivo e insostenible, donde los recursos públicos se dilapidan mes a mes en un ciclo estéril de reposición de mobiliario urbano. Reparar semáforos destruidos, reemplazar barreras de contención o reinstalar señalética tras cada impacto absorbe presupuestos considerables; fondos que terminan enterrados en el asfalto sin salvar una sola vida a futuro.

¿Hasta cuándo priorizaremos la reparación del cemento por sobre la prevención humana? La ecuación económica y social es clara: reponer infraestructura dañada es un pozo sin fondo; invertir en educación vial, tecnología de control y diseño urbano seguro es una apuesta con retorno en vidas salvadas. Continuar gastando en parches de metal y hormigón sin abordar la raíz de la imprudencia es una negligencia estratégica.

La solución exige abandonar la inercia y avanzar hacia una estrategia integral y decidida. Necesitamos fotorradares y fiscalización estricta que frenen los excesos en los puntos negros ya identificados; requerimos ingeniería vial táctica que proteja al peatón y garantice vías despejadas para la respuesta de emergencia de Bomberos y ambulancias; pero, por sobre todo, urge un Programa Comunal de Cultura Vial estructurado. La educación no puede ser un taller marginal, sino una política local permanente que llegue a cada junta de vecinos, aula escolar y organización comunitaria.

Es hora de detener la sangría en nuestras avenidas y construir, de una vez por todas, una comuna donde la vida esté por encima de la prisa

La crisis vial de Chiguayante no se resolverá pintando pasos de cebra cada cierto tiempo ni lamentando la siguiente tragedia en los medios. Se resolverá cuando entendamos que la seguridad en las calles no es un costo operativo, sino una inversión en el derecho básico a regresar a casa a salvo. Es hora de detener la sangría en nuestras avenidas y construir, de una vez por todas, una comuna donde la vida esté por encima de la prisa.

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1 Comentario

Juan Carlos Vargas Araneda

En las Escuelas formar peatones conscientes, para que sean conductores con formación comunitaria.
Qué pasó con las brigadas escolares?
No hay necesidades de seguridad vial en las inmediaciones de los establecimientos educacionales.?