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Adam Smith: El Descubridor del Capitalismo y la Sombra del Interés Personal Propio

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Para conocer aceptablemente bien el capitalismo, hay que comenzar por leer La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Pero para comprender a Adam Smith hay que leer Teoría de los sentimientos morales, el primer libro de este filósofo, antes que su obra de economía. Y una vez que comprendamos a Smith, comprenderemos la naturaleza del capitalismo.

Durante siglos, hemos convertido a Adam Smith en un profeta de la codicia, un icono de un capitalismo salvaje que justifica el egoísmo bajo la mágica promesa de la «mano invisible». Pero esta caricatura es una traición a su legado. Smith no fue un inventor que creara el capitalismo de la nada, ni un fundador que lo estableciera como una doctrina sagrada. Fue algo mucho más profundo y de mayor responsabilidad: fue quien lo descubrió; fue el descubridor del capitalismo.

El capitalismo, en su esencia, ya existía desde antes, tal como existía la gravedad antes de que Newton la descubriera. Todos sus elementos ya existían. El comercio, el dinero, la búsqueda de ganancia y los mercados existían desde la antigüedad. De hecho, la esclavitud fue, y es, una expresión extrema del capitalismo. Lo que Smith hizo, con la mirada de un naturalista de la Ilustración, fue observar un fenómeno que ya estaba ocurriendo de forma incipiente y caótica, y descifrar sus leyes ocultas. Descubrió cómo la división del trabajo multiplicaba la productividad, cómo se formaban los precios reales y cómo el interés individual podía, bajo ciertas condiciones, coordinar la actividad de centenares de personas sin que nadie lo planificara centralmente. No inventó la máquina; fue el primero en entender su mecánica.

Pero un verdadero descubridor no solo describe el motor; también identifica sus puntos de quiebre. Y aquí es donde Smith reveló su genialidad más incómoda: al descubrir el capitalismo, también descubrió la malicia inherente que puede convertirse en su conductor y director. Entendió que al ser humano le es inherente ganar y ganar más, lo más posible, lo que ahora se conoce como el objetivo de maximizar el beneficio. El humano tiene una tendencia natural y, por lo tanto, predecible, a cruzar cualquier línea. El economista no pontificaba sobre monjes en un mercado de santos; conocía la cruda realidad de los mercaderes. Con gran lucidez, advirtió que «la gente del mismo oficio rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, sin que la conversación derive en una conspiración contra el público o en alguna artimaña para elevar los precios».

Esta advertencia, que se encuentra colocada en el corazón mismo de su análisis económico (en la sección sobre salarios y beneficios del Libro I, párrafo 84), no apela a una contradicción del sistema; es la justificación indispensable para las reglas que hacen al capitalismo sostenible y viable. Smith sabía que el instinto de supervivencia y de dominación, propio del reino animal al que pertenecemos, late en el corazón de los hoy conocidos como empresarios, generadores de monopolios y, en muchos casos, confabuladores. El interés propio, componente de nuestro ego, si no se vigila, no produce armonía automática: produce abuso organizado. El interés propio está en un escalón inferior al interés colectivo en lo humano y un escalón superior en lo animal.

Por eso, su sistema no era un llamado al caos, sino una invitación a construir una jaula gentil pero férrea para esa bestia. La «mano invisible» solo funciona si hay una «mano visible» que trace las reglas del juego: la ley. Smith comprendió que un capitalismo desprovisto de moral y, peor aún, ajeno a la justicia degenera rápidamente en abuso y explotación. Sin instituciones que lo sometan, el impulso de maximizar utilidades se desata y desconoce los límites, y su última frontera es la esclavitud, con salarios de miseria, si es que los hay, apenas de subsistencia. Se normaliza la opresión del más débil, lo que precipita inevitablemente a un caos autogenerado. La libertad económica, para Smith, era imposible sin un Estado que administrara justicia y protegiera a los vulnerables de la avaricia de los poderosos.

El descubridor del capitalismo, que nos mostró su poder, también nos dejó el mapa de sus peligros

Siguiendo su propia tendencia natural, reforzada por sus estudios de filosofía, en el fondo del pensamiento de Smith yacía la convicción de que somos seres sociales, capaces de mirar nuestras acciones a través de los ojos de lo que él llamó un «espectador imparcial», que no es sino la voz de la conciencia objetiva dentro de nosotros mismos. Este espectador imparcial es la primera línea de defensa (la moral interna). Pero como esa defensa es voluntaria y puede ser desactivada por la malicia humana, se vuelve absolutamente vital la segunda línea de defensa, que es la ley, la regulación y la desconfianza institucional (el freno externo). Para Smith, la moral no es un adorno; es el adhesivo que impide que la sociedad colapse bajo el peso de su propia ambición y demás primitivismos. También sabía que cuando la moral interna falla, cuando el individuo inmoral oculta su vileza y actúa con alevosía, la desconfianza no es un pecado, sino un imperativo de supervivencia. Ante la incertidumbre y la malicia humana, la desconfianza debe constituirse en una herramienta natural para defenderse de aquellos que carecen de ese espectador interior. No es una mera opción moral; es un imperativo de supervivencia, una verdadera ley natural.

En definitiva, Adam Smith no nos legó la justificación del capitalismo depredador, sino las herramientas filosóficas para criticarlo y limitarlo. Su verdadera genialidad no estuvo en descubrir que el ser humano busca su propio interés, sino en revelar que ese interés, domesticado por la ley, la justicia y la empatía, puede servir al bien común. Pero también nos advirtió, con la claridad de quien conoce a fondo la bestia que acaba de describir, que, sin esos diques de contención, la riqueza de las naciones se construye, inevitablemente, sobre la ruina de sus ciudadanos.

Recordar esto hoy es urgente: parafraseando al filósofo y estadista inglés del siglo XVII, Francis Bacon, el mercado puede ser un excelente sirviente, pero es un pésimo amo y un socio traicionero. El descubridor del capitalismo, que nos mostró su poder, también nos dejó el mapa de sus peligros. El capitalismo no es inocuo ni inocente, debe ser dominado y controlado. Esa es, precisamente, una de las funciones del Estado.

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