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Legados intangibles que perduran y repercuten. Las dos herencias culturales: la del sometimiento y la del humanismo

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La cultura no es únicamente el conjunto de artes, letras o costumbres de un pueblo; es, fundamentalmente, el tejido de comportamientos, valores y relaciones de poder que se transmiten de generación en generación. Partiendo de esta premisa, este artículo se basa en la idea de que tanto la cultura del sometimiento por la fuerza, del abuso y la dominación, así como la cultura del humanismo, la bonhomía y la igualdad, son patrones heredables. Ambas corrientes no desaparecen con el paso del tiempo, sino que se perpetúan a través de mecanismos psicológicos, sociales e institucionales, configurando el destino de las sociedades.

La herencia del abuso y la dominación

Históricamente, la imposición por la fuerza deja una cicatriz estructural. Cuando un sistema se funda sobre la usurpación, la tortura y la cosificación del «otro» —como ocurrió durante la conquista y colonización de América—, esa violencia no se extingue con la firma de las actas de independencia. Se hereda. Es una corriente que se resiste a desaparecer. Operan primitivos mecanismos psicológicos y sociológicos que impelen al individuo a perseverar y justificar sus acciones. Y, al estar justificadas ante sí mismo o ante sus pares, es perfectamente dable, incluso esperable, que eduquen a sus descendencias con sus mismos estereotipos de pensamiento.

El mecanismo de esta transmisión es la propagación, la institucionalización y finalmente la normalización. Las leyes, la tenencia de la tierra (el latifundio) y las jerarquías sociales se diseñan para proteger al opresor. Pero el mecanismo más profundo es la socialización: el niño que crece en un entorno donde el abuso de poder es la norma, donde el terrateniente o el patrón ejerce un dominio omnímodo, asimila que la violencia es una herramienta legítima de resolución de conflictos y que la sumisión es el estado natural del subordinado. Y los hijos del poderoso adoptan las conductas de sus progenitores. Es la herencia psicológica que les legan. Así, la cultura del vasallaje se replica en las haciendas, en las fábricas y en las oficinas modernas, mutando de forma, pero conservando su esencia ominosa. En casos extremos, el vasallaje puede ser asolador y extraordinariamente cruel, hasta la sevicia.

La herencia del humanismo y la bonhomía

La herencia del abuso se perpetúa cuando se mantiene en la inconsciencia y se protege mediante estructuras de privilegio

Sin embargo, la cultura no es monolítica. En paralelo a la herencia de la diferencia, con sus consecuencias en el abuso hasta incluso la crueldad, existe una transmisión intergeneracional de la empatía, la ética y el humanismo. Así como hubo conquistadores que normalizaron el abuso, hubo frailes, pensadores, educadores y ciudadanos que documentaron el horror y lucharon por la dignidad humana. ¿Cómo se hereda la bondad? A través de la educación emancipadora, el ejemplo moral y la construcción de una institución protectora. La cultura de la igualdad se transmite cuando se enseña el pensamiento crítico, el uso de la razón, cuando se modela la compasión en el núcleo familiar y cuando se crean redes de solidaridad, o se la practica de forma espontánea. El humanismo se hereda en la tribu, en la convivencia, en la memoria histórica de quienes resistieron o sobrevivieron a la barbarie, en la documentación, y en la formulación de las leyes de derechos humanos o de contenidos humanizadores. Es una herencia que requiere un esfuerzo permanente y consciente, ya que, mientras la violencia se impone por la inercia del poder, la bonhomía se cultiva por la decisión ética. Para que imperen los conceptos de la igualdad y la humanidad, se les debe resguardar con celo, ya que la tendencia opuesta no dejará de existir ni de actuar por sí sola.

La cultura, principalmente la occidental, es un campo de batalla. Hoy se reconoce la existencia de una “guerra cultural”, que no es otra cosa que una batalla apenas declarada por la mente del hombre, por su forma de pensar, sobre qué aceptar y qué rechazar. Actualmente se reniega de los términos “izquierda” y “derecha”, y se les declara obsoletos. Sin embargo, subsisten bandos. Tan reales como sus acciones. Algunos llaman “antifas”, “woke” o “zurdos” a otros, mientras que los otros llaman “fachos”, “momios”, o “reaccionarios” a los primeros. Y cuando hay enfrentamientos armados en el globo, las personas comunes, que no están en esos conflictos, en una cantidad significativa, toman partidos, y muchas veces no de forma pacífica, sino que airada, violenta, hasta la confrontación física. Surgen espontáneamente los partidismos y las polarizaciones. Así que probablemente los términos derecha e izquierda ya sean obsoletos, pero las divisiones permanecen. Salta la pregunta: ¿de qué otra forma se podría definir a los distintos gobiernos de América?

Las sociedades no están condenadas a repetir los traumas de sus fundadores, pero no están exentas de caer en ellos. La herencia del abuso se perpetúa cuando se mantiene en la inconsciencia y se protege mediante estructuras de privilegio. La herencia del humanismo sobrevive cuando se abraza como un proyecto colectivo, consciente y un trabajo permanente. Reconocer que tanto la crueldad como la bondad son legados heredables, es el primer paso para asumir la responsabilidad histórica: elegir qué parte de nuestro legado cultural vamos a nutrir y cuál vamos a erradicar. Y de qué forma se erradicaría.

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2 Comentarios

Jejejmsks

Se nota el daño psicológico que te ha producido el comunismo terrorista incendiario y narco desfalcador de estados y descuartizador de Ojedas…

Parece que quieres pasar un sombrerito para recibir monedas para los culturistas culturizadores de las fundaciones pro cultura de izquierda, humanistas sin duda, incendiarios pero, humanistas; socios de narco descuartizadores, pero, humanistas los cabros que no tienen nada que perder; desfalcadores de estados, pero, humanistas … la banda de ladrones…

abechtold

abechtold

Siempre comento que la gente de izquierda (no los políticos, si los comentaristas…) creen que vivimos en el año 3000, donde las cosas no hay que producirlas sino que están, y con eso elaboran una teoría marxista, en la que hay un grupo maligno que se apropia de lo que les corresponde a los otros. Y con esa cantinela, elaboran sofisticadas teorías sociales.
Pero el caso es que, al preguntarse («cuando se jodió el Perú») de que sucedió para que haya tanta gente creyendo en estas teorías, una conclusión posible (y calza con los hechos históricos posteriores) es el advenimiento de la Revolución Industrial. Antes de eso, la vida de casi cualquier persona se trataba de sobrevivir; todo el mundo hacía labores para poder comer el día siguiente. En particular , había una cultura de producción: las personas tenían que saber sembrar, saber cosechar, moler el grano, cocinar el pan; o criar un animal, alimentarlo , sanarlo, para luego sacrificarlo y poder comer. En suma, las personas entendían muy bien la relación entre producir y consumir; y, en particular, el ahorro aparecía como un pequeño diferencial que se generaba cuando la capacidad de producir sobrepasaba el consumo. En suma, en esa precariedad, se construía una formación que hacía entender el mundo desde la perspectiva de que nada está dado, y que pequeñas habilidades podían hacer algunas diferencias que en el futuro serían relevantes.
Esto se quiebra con la revolución industrial (curiosamente rechazada por los de la epoca); ahí se divide la sociedad entre productores y consumidores. El despegue de los consumidores generó una clase social con muchas frustraciones, pues ya no pensaba en producir, sino en consumir; y , a través de habiles políticos, se constituyó en una fuerza que buscó institucionalizar el poder de consumo. En suma, la izquierda.
Pero el caso es que no estamos en el año 3000. Y hay una delicada brecha entre el abastecimiento eterno con la pobreza continua (Venezuela como ejemplo).
Entonces, este tipo de antropocentrismos que son en realidad tratar de dejar fijados parámetros de consumo (vivienda, educación, salud, comida, etc) son falacias que son invocadas por los políticos de izquierda, porque saben que ahí hay anhelos, y no hay nada mas provechoso políticamente que cultivar relaciones de dependencia hacia los políticos.
Triste, pero cierto.